jueves, 04 de mayo de 2006
INTRODUCCIÓN
SE NOTARÁ que sois discípulos míos en que os amaréis
unos a otros, dijo Cristo de forma absolutamente
inequívoca. Cristiano será, pues, el generoso sin condiciones
previas, el que se siente en radical igualdad al
lado del otro, el que usa su capacidad de trabajo para
“amorizar” la tierra, el que intenta vivir y vive en el calor
del Amor... que eso fue lo que hizo Cristo cuando estuvo
entre nosotros...
Proletario, el de la numerosa “prole”, es el situado
en el nivel más bajo de la Sociedad, el que sufre el frío
de la miseria, el que, según Carlos Marx, “no tiene otra
cosa que perder que sus cadenas”: los parados, los millones
y millones de cualquier latitud acosados por el hambre
y la miseria...
Y burgués, ¿qué es burgués? ¿El que se empeña en
vivir del trabajo del otro con la mínima contrapartida
por su parte? Parece ser que eso es lo que significa ser
burgués en la terminología al uso... pero, permítasenos
una licencia semántica: hablando de posicionamiento
social, diremos que es burgués aquel que no siempre
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obra como cristiano ni es proletario (tú y yo somos más o
menos burgueses, menos o más cristianos).
Así de simple para ir al meollo de la cuestión: a falta
sólo de la adecuada política de gestión y de una elemental
predisposición de los que se llaman (nos llamamos)
cristianos a compartir bienes y servicios, nunca fue tan
fácil lograr la producción y distribución de los recursos
suficientes para cubrir las necesidades de cuantos poblamos
el ancho mundo.
Como un insultante desafío o como el más elocuente
recordatorio de nuestra vocación cristiana, sigue
habiendo miles de millones de personas que, a pocos
metros o a miles de kilómetros, carecen de lo imprescindible
para una vida medianamente humana y que, no se
sabe en qué volumen, no tienen otra cosa que perder que
sus cadenas.
¿La solución? Larga, difícil, improbable... pero comprometedora,
principalmente para los cristianos: el pan,
que no comes, pertenece a los que tienen hambre, el vestido,
que no usas, a los que pasan frío... el dinero, que
malgastas, a los que carecen de la elemental herramienta
para desarrollar el propio e intransferible sentido de
su vida...
Grandes principios que deben apoyarse en hechos
concretos engarzados entre sí dentro de la ineludible
trama de la Realidad. Algunos de esos hechos concretos
esperan el protagonismo de ti y de mí, ciudadanos que,
bien situados en los países ricos, nos debatimos en el día
a día entre nuestra vocación cristiana y la tentación
burguesa y que, ante la palmaria evidencia de los desequilibrios
entre personas y pueblos, nos preguntamos,
nos debemos preguntar: ¿Por qué y para qué?
Quisiera el autor acertar a responder a través de las
premisas, reflexiones y propuestas siguientes.
PRIMERA PARTE
EL REALISMO CRISTIANO
I. EL AMOR COMO UNIÓN QUE DIFERENCIA
AUNQUE la certera respuesta escapa a nuestra capacidad
de entendimiento, es razonable aceptar al Átomo
como resultado de una de las primeras etapas de la Evolución.
Anteriormente al Átomo, en prodigiosa multiplicidad,
pudo existir una sustancia que los científicos no
aciertan a definir como genuinamente material pero que,
sin duda alguna, hubo de serlo en alguna proporción: es
lo que se define como “polvo cósmico” o, más propiamente,
“energía granulada” o “trama del Universo”.
El micromundo que representa el Átomo hubo de ser
el resultado de la unión de ínfimas partículas elementales
ensambladas por la Energía Exterior según un preciso
Plan de Cosmogénesis o de Arquitectura Cósmica
concebida y “diseñada” con inigualable precisión. Pudo
suceder que, en un momento del Proceso, esa Energía
Exterior, manifestación de una Voluntad Creadora, empujara
a las miríadas de átomos a la Condensación hasta
formar el núcleo o huevo del Universo que sirve de
base a la teoría del Big-Bang. Vendría luego la irrefrenable
marcha hacia el ser de innumerables cosas, de
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más en más complejas, de más en más artísticamente
conjuntadas y con clara vocación de allanar el camino a
la Vida, al Pensamiento de las más privilegiadas criaturas,
a la Libertad...
En cualquiera de las suposiciones, es razonable admitir
que fue la certera aplicación de unas específicas
corrientes de Energía lo que, a escala cósmica, produjo
la necesidad de asociación entre los gránulos de la trama
del Universo.
También es razonable admitir que, desde su propio
nacimiento y siguiendo específicas afinidades latentes
en su misma razón de ser, los átomos cubrieron un superior
estadio de evolución que fue la molécula, la cual,
a su vez y siguiendo el impulso de secretas afinidades,
se asoció a otras entidades materiales para formar la
megamolécula, paso previo a los “complejos orgánicos”,
que resultarán ser el soporte material de la Vida. Este
fantástico misterio de la Vida, presente en una simple
Célula, aun no está suficientemente clarificado por la
Ciencia; tampoco es explicable la aparición del Pensamiento,
culminación de un largo proceso en que las virtualidades
de los complejos orgánicos hubieron de conectar,
adecuadamente y en el momento preciso, con un
Plan General de Cosmogénesis.
Es obvio reconocer que en ese largo camino de la
Evolución no todas las entidades materiales alcanzan
un superior estadio de realidad; muchas de ellas pierden
el tren del Progreso tal como si se volatilizaran en lo que
los científicos conocen como Entropía o pérdida de entidad.
Solamente se hacen progresivamente diferentes
cuando encuentran la adecuada complementariedad en
la “unión que diferencia”. De esta “unión que diferencia”
(o unión que mantiene las diversas individualidades)
podría decirse que es una embrionaria forma de amor.
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Diríase, pues, que ya se da ya un remedo de amor
en la partícula más elemental que “se adapta” el Plan
General de Cosmogénesis y “participa” en la formación
de una realidad material superior; esta “participación”
ha requerido la superación de un aislamiento minimizador,
algo así como volcar hacia lo otro la propia energía
interior.
Sabemos que la partícula más elemental es una entidad
material animada por una energía interna que,
según y cómo, puede responder a una dirección precisa
de la Energía Exterior: la positiva respuesta obedece a
la universal tendencia hacia lo más perfecto por caminos
de “unión que diferencia”.
Es una UNIÓN que no implica confusión ni tampoco
difuminación de las virtualidades de cada entidad material:
cuando se observa en detalle a un átomo se descubre
que, en la unión, siguen individualizados los elementos
que lo integran: diferentes y necesitados los
unos de los otros, demuestran que, solamente unidos,
realizan la función que les es propia: diferentes y asociados
para constituir una realidad superior.
Entendemos que algo así, pero todavía más fecundo,
es un amor con reflejos a escala cósmica y con capacidad
y voluntad para transformar la Tierra en una progresiva
conquista de parcelas de una libertad tanto más efectiva
cuanto más acierta con los caminos que le abre el Plan
General de Cosmogénesis..
Hasta el Hombre, es de forma involuntaria como las
distintas realidades materiales participan en el Plan
General de Cosmogénesis. Es el Hombre el primer ser
del reino animal capaz de alterarlo. Lo hace en la medida
y en el modo con que utiliza su capacidad de amor.
Si se nos pide que, en una sola frase, definamos al
Amor, responderemos: Es la ofrenda voluntaria de lo
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mejor de uno mismo al Otro. Fuera del marco familiar,
el amor ha de traducirse en “vuelco de lo personal a lo
social”.
Este vuelco de lo personal a lo social es una de las
condiciones que ha de respetar la especie humana para
avanzar en el dominio o amaestramiento (humanización)
de la Naturaleza. Ha de ser un avance en equipo y
tanto más eficaz cuanto las respectivas funciones respondan
a las específicas facultades de cada uno.
Puede que parte de los miembros del equipo participe
de manera egoísta y que ello abra una brecha en el
camino hacia el progreso... Sucede esto porque, en uso
de su libertad, juega el hombre a situar a su conciencia
como árbitro absoluto de lo real, “se toma a sí mismo
como principio” (San Agustín) y aplica sus capacidades a
la satisfacción de un capricho o aspiración egoísta. Aun
en estos casos, la obra de ese hombre o grupo de hombres
puede traducirse en humanización de la naturaleza
y subsiguiente bien social si no falta quien ejerza un
mayor vuelco de lo personal a lo social: de ello hay sobradas
pruebas en el desarrollo de cualquier cultura,
muy particularmente, de la llamada cultura capitalista.
La Historia nos ha dejado infinitos ejemplos de la
regresión que significa la práctica del desamor: no otro
origen tienen tantas tropelías, baños de sangre, inhibiciones
egocentristas, caprichosas destrucciones de bienes
sociales, ignorancia de los derechos elementales del
Otro, descaradas prácticas de la ley del embudo...: Refiriéndose
a este rosario de hechos y de comportamientos,
no falta quien simplifique la visión de la historia presentándola
como un campo en que, sin tregua ni cuartel, el
“hombre obra como lobo para el hombre” (es el famoso
homo homini lupus de Hobbes). Otros dirán que la “guerra
es la madre de la historia” (Heráclito), que “la oposi-
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ción late en el substratum de toda realidad material o
social” (Hegel) o que “la podredumbre es el laboratorio
de la vida” (Engels), lo que sería tanto como asegurar
que LA EVOLUCIÓN SE DETIENE EN EL HOMBRE.
Cuando las apariencias nos llevan a esa creencia es
porque, en tal o cual época o lugar, ha habido determinados
responsables que, en uso de su libertad, han respondido
negativamente a las potencias del Amor. Y,
aparentemente al menos, se ha producido una regresión
a inferiores niveles de humanidad.
Aun en tales casos, es posible reemprender la marcha
del Progreso si unos pocos héroes de la acción aplican
todas sus facultades personales a desarrollar en su
ámbito la práctica del Trabajo Solidario, exclusiva forma
de proseguir la propia realización personal y, por ende,
el progreso social.
Fueron muchos los siglos en que esos héroes de la
acción estaban obligados a seguir su camino por simple
intuición: no contaban con indiscutible patrón de conducta
o clara referencia que les permitiera comprobar
cómo esa su vocación social coincidía plenamente con el
grito de la Ley Natural y la invitación del Ser que todo
lo hizo bien y que es Principio y Fin de Todas las Cosas.
II. LA MADRE TIERRA
LOS SABIOS han buceado en el magma de la Tierra y han
adelantado la hipótesis de que “ya por su propia composición
química inicial era, por sí misma y en su totalidad,
el germen increíblemente complejo de cuanto necesitamos”.
Tal como si todo estuviera dentro de un Plan
en el que entrara la plena suficiencia de recursos materiales
para el desarrollo de millones y millones de “aventuras”
personales.
Con todo el tiempo necesario por delante, esa composición
química inicial se tradujo en materia orgánica
como soporte de la Vida, multimillonaria en sus manifestaciones,
unas con otras entrelazadas hasta constituir
una comunidad de intereses.
La Vida resultó como una sinfonía magistralmente
orquestada pero necesitada de una cierta sublime nota:
la Libertad, tesoro inconcebible fuera del ámbito de la
Inteligencia, a su vez, suprema expresión de Vida.
La Tierra se ha hecho (¿era ya?) moldeable por la Inteligencia,
que, incluso, puede llegar a destruirla. Pero
la Tierra, la Madre Tierra, es fuerte y previsora tanto
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que, con el necesario tiempo por delante y con el indudable
concurso de la “Energía Exterior”, es capaz de enderezar
los renglones que tuercen sus inquilinos y demostrar
ser la suficiente despensa en recursos materiales:
no entran en sus planes ni las hambres ni las catástrofes
artificiales (las épocas de penuria pudieron haber
sido y pueden ser resueltas si el afán de acaparamiento,
torcido hijo de la Libertad, no se hubiere enseñoreado de
tal o cual época o región hasta resultar el disparate de
que menos de una décima parte de la Humanidad acapare
el ochenta por ciento de alimentos y otros recursos
materiales).
Pudiera pensarse que, paralela a la historia de la
Tierra, se acusa el efecto de una Voluntad empeñada en
que los hijos de la misma Tierra aprendan a valerse por
sí mismos en un irreversible camino de autorrealización.
Los sabios aseguran que tal proceso de autorrealización
se hace ya evidente en los diversos estadios de la
evolución química, resultado de tal particular y constructiva
reacción entre éste y aquel otro elemento. Tanto
más en la tendencia que a cumplir un preciso destino
manifiestan los seres vivos a los que, ya sin rebozo, se
les puede aceptar como protagonistas de una fantástica
y coherente intercomunicación planetaria.
III. EL HOMBRE
MILES de millones de años atrás, una ínfima parte de
polvo cósmico (?) ya tenía vocación de excepcionalidad:
contaba para ello con una misteriosísima potencialidad,
con una secreta e irrenunciable tendencia a la unión y
con todo el tiempo necesario.
¿La meta? ocupar un lugar de responsabilidad en la
armonía del Universo. ¿La tal ínfima parte de polvo cósmico
respondía así a los requerimientos de un evidente
“Plan de Cosmogénesis” con la buscada participación de
sucesivos colaboradores inteligentes? ¿Por qué no?
Créelo, si quieres; pero, si no es así, acepta, al menos,
que la realidad actual no sería tal cual sin un complejo
proceso de progresiva unión entre lo afín, sin un
empeño por ser más desde la solidaridad. Esto de la solidaridad
es un fenómeno que sufre infinitos altibajos en
la marcha de la historia y tal vez en el probado autoperfeccionamiento
de la Madre Tierra: Las partículas elementales
cobran realidad más compleja en cuanto casan
sus respectivas afinidades: es un camino que, con progresiva
autonomía, siguen los seres más evolucionados.
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Los peligros de la Entropía o de ahogarse en la Nada
llegan incluso a formar parte constructiva del Proceso:
hoy nadie duda que fue la desaparición de los dinosaurios
lo que dio paso al desarrollo de especies más modernas
y más nuestras.
Lógico capítulo de ese proceso parece ser el que nada
de lo necesario falte a los seres inteligentes de más en
más numerosos todo ello dentro de la previsora armonía
por que parece regirse la Madre Tierra, cuyos hijos, hasta
cierto momento, eran lo que tenían que ser en una
extensión solidaria: unos para otros y todos como elementos
de un complejo organismo, que vive y desarrolla
la función de superarse cada día a sí mismo.
De ser así, podría pensarse que cataclismos como los
glaciares eran especie de palpitaciones de vida que se
renueva en el propósito de construir el escenario propicio
a un acontecimiento magnífico y sin precedentes: la
manifestación natural de la Inteligencia personificada
en el Hombre.
Y resultó que en uso de su Libertad, hija natural de
la Inteligencia, el Hombre se mostró capaz de acelerar e
incluso mejorar el proceso de autoperfeccionamiento que
parece seguir el mundo material; pero también se ha
mostrado capaz de, justamente, lo contrario: de terribles
regresiones o palmarios procederes contra natura.
Destino comprometedor el del Hombre: abriendo baches
de degradación natural y en línea de infra-animalidad,
el hombre ha matado y mata por matar, come sin
hambre, derrocha por que sí, acapara o destruye al hilo
de su capricho u obliga a la Tierra a abortar monstruosos
cataclismos.
Claro que también puede mirar más allá de su inmediata
circunstancia, embridar el instinto, elaborar y
materializar proyectos para un mayor rendimiento de
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sus propias energías, amaestrar a casi todas las fuerzas
naturales, deliberar en comunidad, dominar a cualquier
otro animal, sacrificarse por igual, extraer consecuencias
de la propia y de la ajena experiencia, educar a sus
manos para que sean capaces de convertirse en cerebro
de su herramienta: Puede TRABAJAR Y AMAR o trabajar
por que ama.
En el campo del Amor y del Trabajo es en donde debía
encontrar su alimento el destino comprometedor del
Hombre. Amor simple y directo y trabajo de variadísimas
facetas, con la cabeza o con las manos, a pleno sol o
desde la mesa de un despacho, pariendo ideas o desarrollándolas.
Gran cosa para el Hombre la de vivir en TRABAJO
SOLIDARIO.
Una posibilidad al alcance de cualquiera: hombre o
mujer, negro o blanco, pobre o rico... empresario o trabajador
por cuenta ajena, sea en el Campo, en la Industria
o en los Servicios, canales necesarios para amigarse con
la Tierra y facilitar el desarrollo físico y espiritual de
toda la Comunidad Humana.
IV. REFLEXIÓN Y LIBERTAD
LA REFLEXIÓN, peculiaridad genuinamente humana,
representa una clara superación del instinto. Por la reflexión,
el ser evolucionado reacciona de forma única
frente a situaciones o acosos de la realidad dirigidos en
la misma medida a distintos individuos de su especie.
Cuando, por virtud de la Evolución, la presión de la circunstancia
motiva una respuesta personal, el individuo
ha dejado de ser elemento-masa para convertirse en
alguien.
La comunidad humana se diferencia de las otras sociedades
animales, fundamentalmente, por la capacidad
de reflexión de todos y de cada uno de cuantos la integran.
Por este hecho es posible la Historia como fenómeno
que singulariza cada época, cada grupo social y
cada proyección pública de las facultades individuales.
En el acto reflexivo, algo de uno mismo se proyecta
hacia el exterior de forma absolutamente inmaterial y
con la intención de captar cosas y fenómenos en su justa
medida para luego, en acto también absolutamente inmaterial,
analizar y decidir.
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Para el hombre, ello es tanto como manifestarse “ser
que reflexiona” o ser que, sin dejar de ser él mismo, posee
la virtud de sobrepasar el estricto ámbito del propio
ser para reflejar en sí mismo lo otro, fenómeno que, en
idea de Aristóteles, “es una forma de incluir en sí mismo
todas las cosas”.
Puesto que tal inclusión es de carácter absolutamente
inmaterial, las cosas nada pierden de su propio ser en
el acto de ser vistas o consideradas.
Contrariamente a lo que sostienen algunos llamados
materialistas, el conocimiento o “inclusión en sí mismo
de todas las cosas” no es del carácter de la imagen proyectada
por un espejo: presionan la conciencia del ser
que reflexiona el cual, en razón de tal reflexión, posee la
facultad de obrar de una u otra forma sobre las mismas
cosas o no obrar en absoluto si así lo ha recomendado la
consideración que implica el acto reflexivo o las propias
cosas resultan inasequibles a la capacidad de acción del
sujeto.
Ello se explica porque, a continuación de incluir en sí
mismo todo aquello que se presenta a su consideración,
el homínido evolucionado ejercita la capacidad de optar
por una de entre varias alternativas.
Vemos cómo, acuciado por el hambre, el animal no
racional percibe y ataca a su víctima, corteja y posee a
su hembra, se defiende de las inclemencias de su entorno...
de un modo general y de acuerdo con el orden natural
de las especies.
No sucede lo mismo en el caso del homínido evolucionado:
éste es capaz de superar cualquier llamada del
instinto merced al acto reflexivo: la realidad inmediata,
el análisis de anteriores experiencias, el recuerdo de un
ser querido, la percepción de la debilidad o fuerza del
enemigo, el conocimiento analítico de los propios recur-
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sos... le permiten la elección entre varias alternativas o,
lo que es lo mismo, trazar un plan susceptible de reducir
riesgos e incrementar ventajas.
Gracias, pues, a su poder de reflexión el hombre usa
de libertad para elegir entre varias alternativas de actuación
concreta. Por supuesto que la elección más adecuada
a su condición de hombre será aquella que mejor
responda a las exigencias de la Realidad. Y la más positiva
historia de los hombres será aquella jalonada por
capítulos que hayan respondido más cumplidamente a
la genuina vocación del Hombre: la humanización de su
entorno por medio del Trabajo solidario con la suerte de
los demás.
V. RAZÓN Y RELIGIÓN
PARA algunos ilustrados de diversas familias el hecho de
sentirse religioso ha sido presentado como una forma de
servidumbre tontorrona y fuera de época: se ha hablado
mucho y aun se habla de la “alienación religiosa”. El
término “alienación” es aceptado como contrario a la
Libertad: una especie de encadenamiento de la razón
soberana. Referida a la Religión, la alienación expresa el
fenómeno por el cual la vida y los actos de los hombres
siguen las directrices de una indemostrada idea de trascendencia
o de voluntaria servidumbre hacia un ser
“imaginado” por el propio hombre
Claro que el carácter de la propia reflexión, que sitúa
al hombre muy por encima de cualquiera entidad
simplemente material y le infiltra hambre de sintonizar
con el Principio y Fin del Universo presta sólidos argumentos
a la creencia de que esa irrenunciable aspiración
a la trascendencia, que late en el ser de todos los hombres
es una exigencia de la Realidad.
El hambre por sintonizar con el principio y fin del
Universo es una de las posibles definiciones de la Reli-
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gión. Hambre existencial que, para muchos de nosotros,
es promesa de libertad y responde a los dictados de la
Realidad. Desde esa perspectiva, la religión libera, no
esclaviza. No es eso lo que proclama y decía pensar
Nietzsche, genuino representante del llamado humanismo
ateo:
Nietzsche, rebelde e impotente, soñaba con redefinir
la Libertad. Como otros muchos genios del egocentrismo
(Voltaire, Hegel, Stirner, Spengler...) aplicaba a la Realidad
las paridas de su vanidad y, entre otras cosas, no
aceptaba personalidad histórica más excelsa que la suya.
Admirador y amigo de Wagner, no le perdona el reconocimiento
que éste hace a la Figura y Doctrina del
Crucificado: “¡Ah! ¡También tú te has derribado ante la
Cruz! También tú, también tú... ¡un vencido!”.
Más que como el descubrimiento y optimización de
las fantásticas virtualidades de lo que existe, ve a la
Progreso como una exclusiva creación del Anticristo (la
Técnica, que llamará Spengler más tarde) al que identifica
con Dionisos o Baco, voluntad de dominio desde las
fuerzas del puro instinto. El profeta y sumo sacerdote de
este nuevo eje del universo será Zaratustra, el superhombre,
al que presenta como un reflejo de sí mismo:
“Me he presentado a mí mismo (confiesa en ECCE
HOMO) con un cinismo que hará época y atacando sin
miramiento alguno al Crucificado; mi obra, rayos y
truenos contra todo lo cristiano o inficionado de cristiano,
dejará sin habla ni oído al que lo lea...”
Zaratustra, Nietzsche, traza el camino para desatar
el instinto, sublimizar el Arte y dominar a la Naturaleza.
En razón de ello ¿por qué el Hombre no ha de romper
con la vieja Moral tan estrechamente ligada al respeto
del Absoluto inasequible?
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Imagina Nietzsche al espíritu del hombre como un
sufrido camello, que, durante muchos siglos, soporta
sobre sí mismo las pesadas cargas de la Religión y de la
Moral, creadas, según él, por el entorno social y por los
caprichos de la historia.
Convertido por Zaratustra, el hombre medio acepta
la muerte de Dios y la entronización del superhombre
como rey del Universo. Es entonces cuando el espíritu
del hombre se hace “león”, voluntad ciega capaz de destruir
el edificio de todos los viejos principios.
Hecha tabla rasa de todo lo “viejo” el espíritu del
hombre se hace “niño” que es tanto como sumergirse en
la inocencia y en el olvido. Ya puede empezar, como jugando,
a crear valores partiendo de un radical sí a los
más espontáneos impulsos.
No demostró Nietzsche, ni mucho menos, que el progreso
del hombre sea posible sin una respuesta positiva
a la llamada del compromiso personal, cual es la moral
inspirada en el Cristianismo, ese “fardo” que, a pesar de
todas las divagaciones de Nietzsche, responde a las exigencias
de la propia esencia humana.
Por lo tanto, la batalla del “león” es un derroche de
energías en el vacío. En el vacío también habrá el “niño”
de establecer las bases “morales” de su nuevo mundo. Es
la de Nietzsche una escalofriante proclama de radical
soledad, justo lo que menos necesita ese hombre que, en
pensamiento y en obra, se ciñe a las exigencias de la
Realidad y, por lo mismo, se hace más hombre a través
de la amorización de su entorno.
VI. RAÍCES DE LA CULTURA OCCIDENTAL
PARA la esfera cultural de Occidente, la historia escrita
del pensamiento empieza con los griegos.
En líneas generales, la forma de pensar de los intelectuales
griegos estaba animada por la preocupación de
deducir el significado de la vida humana desde el previo
conocimiento de su entorno físico y espiritual. Era una
actitud realista (percepción y reflexión sobre la propia
reflexión) en la cual escasa cabida tenía el fantasismo
individualista que, tan cerca de nosotros, han defendido
los llamados arquitectos de ideas (los idealistas, con
Hegel a la cabeza).
Algunos de los presocráticos ya se preocuparon por
explicar en lógica natural cuanto existe: abogaban por
una especie de comunitarismo entre elementos y personas.
En esa línea ha de interpretarse el legado de un
Tales de Mileto para quien el principio creador era el
agua, del que proceden desde el ínfimo animal hasta los
propios dioses; para Anaximandro, compatriota de Tales,
el principio creador era el “apeirón” o lo infinitamente
indeterminado que adopta las diversas formas im-
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puestas por la evolución, desde una elemental partícula
hasta la propia inteligencia; en la misma línea, Anaxímenes,
discípulo de Anaximandro, identifica a la materia
prima con el aire (polvo cósmico, que podría decir
Teilhard).
Sin duda que esos primeros apuntes evolucionistas,
desde una óptica que mucho se parece a la de TODO EN
TODOS, representan un serio esfuerzo por situar al hombre
en el camino que mejor corresponde a su destino: se
mira al cielo con los pies en la tierra y teniendo enfrente
a un ser (animal político, que dirá Aristóteles), que
aprecia progresivamente su libertad.
Pero también, en la época, tuvieron su propia evasión
idealista. Una de las corrientes más destacadas del
tal idealismo viene representada por el “divino” Platón
que ve en las ideas a las madres de las cosas y, también,
por los “pitagóricos”, para quienes los “números son la
causa primera y raíz de cuanto existe”.
Era aquel una especie de “idealismo objetivo”, muy
distinto del “idealismo subjetivo” inventado por Fichte y
Hegel: para aquellos el cerebro era un simple receptor
de imágenes a dilucidar, mientras que, para éstos, la
propia conciencia resulta ser el principal proyector de la
verdad.
En su momento, volveremos al tema del “idealismo
subjetivo”, tan responsable de múltiples fracasados colectivismos.
Por ahora, bástenos reconocer lo poco que
tiene que ver con la genuina cultura mediterránea, en la
que, desde siglos atrás, la cultura española está entroncada.
La circunstancia en que se desenvolvía la acción y el
discurrir de los llamados filósofos clásicos, admitía a la
violencia como factor principal en las relaciones entre
estados, no reconocía la igualdad entre los hombres has-
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ta el punto de institucionalizar formas de avasallamiento
de por vida sin otro aval que la fuerza física o la derrota
en el campo de batalla.
Ante ello son muchos los tentados a considerar el
panorama como realidad definitiva: así parece mostrárnoslo
Heráclito, llamado el “Oscuro”, cuya es la afirmación
de que “la guerra es la madre de todas las cosas”,
que, en fatal, gigantesca y agitada rueda, se ajustan a
un ciclo de 10.800 años (nadie ha explicado aun por qué
esa cifra): parece como si pretendiera demostrar que,
hágase lo que se haga, cuanto existe terminará volviendo
a empezar después de haber bañado en sangre un
largo período de historia.
En la historia de los círculos intelectuales siempre
han existido posiciones encontradas. No es, pues, de
extrañar que el “evolucionismo circular” y extremismo
derrotista de un Heráclito (resucitado por Hegel y sus
discípulos) encontrara el polo opuesto en un Parménides,
para quien la realidad está sumida en una especie
de nirvana ocupada por un ser inmutable a cuyo conocimiento
solamente pueden acceder privilegiados como
Parménides... el resto, sumidos en crasa ignorancia,
habrá de contentarse con las simples apariencias. Desde
esa posición, resultará que la realidad total será lo que
determina el sabio (“Lo mismo es el pensamiento que
aquello que pensamos”). Sin duda que es una forma de
discurrir exageradamente racionalista, pero de un peculiar
matiz que le libera del rígido anclaje al yo cual será
el caso de eso que llamamos idealismo subjetivo.
Al margen de no pocas pedanterías y errores, en que
tan fácilmente incurren los intelectuales de profesión, a
estos primeros representantes de la cultura mediterránea
les cabe el mérito de abrir brecha en lo que podrá
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ser una fértil reflexión, en que tome carta de naturaleza
una más certera aproximación a la realidad.
Tanto mejor si ello nos viene desde un paciente y
desapasionado estudio de las cosas, de los hombres y de
cuanto ocurre en ellos y entre ellos.
Tal fue el caso del maestro Aristóteles quien se empeñó
en conciliar experiencia y razón, comprometida
ésta en la aproximación a la Realidad desde un NATURAL
PRINCIPIO DE INTUICIÓN.
Con su “Liceo” Aristóteles se esforzó por salir del
atasco en que se debatía la “Academia” de su antiguo
maestro, Platón. Frente a la cantada autonomía de las
Ideas, Aristóteles responderá perogrullescamente: “No
se puede pensar sin comer”. Cantó la libertad del hombre
frente al gregarismo de su maestro. Simultaneó la
reflexión sobre las serias preocupaciones de los hombres
con el estudio de las ciencias naturales.
Es así y a pesar de la palmaria ausencia de unos
medios imposibles en la época, apuntó la cuasi certeza
de la evolución animal, la estrecha relación entre el alma
y el cuerpo, la necesidad de una primera Fuente de
Energía, capaz de animar el proceso de “humanización”
de la Realidad.
Por otra parte y como no era para menos desde la
pagana visión del hombre, Aristóteles consideró a la
esclavitud como una imposición de la infraestructura
económica y, en razón de ello, llegó a decir que algunos
hombres eran “naturalmente” esclavos: si la Naturaleza
gusta de facilitar sus frutos a partir de un duro y continuo
trabajo, si las necesidades ordinarias requieren una
especie de mecánica dedicación... las correspondientes
tareas no pueden ser desarrolladas más que por aquellas
personas en que predomina el afán de supervivencia
sobre el afán de reflexión. Tal situación es inevitable
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hasta tanto “las lanzaderas y otras herramientas se
muevan por sí solas”.
Legó Aristóteles a su entorno mediterráneo su preocupación
por casar hombre y naturaleza, por hacer depender
al pensamiento de lo que entra por los sentidos,
por apuntar a una Realidad en la que Todos dependen
de Todo, por identificar lo sabio con el mayor conocimiento
posible de la realidad desde lo natural hasta lo
político pasando por lo fisiológico y técnico.
Es Aristóteles un personaje comprometido con el estudio
de las cosas, las cuales, mediante la capacidad
reflexiva del ser humano, pueden convertirse en ideas;
nunca al revés, como fuera el caso de Parménides o
Platón.
Por demás, dedica especial simpatía a cuanto pueda
facilitar la armonía entre los hombres y de éstos con
todo el Universo espiritual y material.
En paralelo con ese afán por encontrar sentido trascendente
a todo lo natural y humano, se desarrollan los
afanes imperialistas de Alejandro (díscolo discípulo de
Aristóteles) y de los Diadocos con la trágica secuela de
ruinas, atropellos y muertes.
Es cuando los más reflexivos de los hombres tratan
de encontrar el sentido de la propia vida dentro de sí
mismos, lo que les lleva a preocuparse por lo que se llamará
ciencia del comportamiento o ética.
Ahí también se dan posiciones encontradas: la de los
epicúreos (de Epicuro de Samos) y la de los estoicos (de
la “estoa” o pórtico ateniense decorado por Polignoto).
Los primeros, desde una concepción del mundo ramplonamente
materialista, basan la realización personal
en perseguir el placer de los sentidos; sus obligaciones
sociales se reducían al buen parecer, según el patrón
que marcó el propio Epicuro, personaje cultivado, de
31
suave trato y amigo de sus amigos; incondicional devoto
suyo fue Lucrecio Caro (96-55 a.C.), el más celebrado
panegirista del buen vivir de la dorada época romana en
que seguirían su doctrina y ejemplo la “beautiful people”
de la época con Augusto, Virgilio, Horacio, Mecenas...
como principales mentores. Es su religión estrictamente
formal y las divinidades opulentos rentistas, que viven
para sí sin la mínima preocupación por lo que ocurre en
el mundo de los humanos en donde el más sabio es aquel
que “acierta a vivir como un dios”.
Para los estoicos, en cambio, que cultivan una serena
religiosidad y el dominio de las pasiones, el auténtico
saber no es, ni más ni menos, que la ciencia de las cosas
divinas y humanas. En sus creencias van más allá de la
cosmogonía oficial y adoran a un dios “por el cual tiene
el todo su existencia viva; es santo, inabarcable, jamás
nacido, jamás muerto...”).
El moderno evolucionismo encuentra en la estoa un
precedente: son las llamadas “rationes seminales”, ínfimas
porciones de materia, que están en el principio y
origen de todas las cosas para confluir en el Todo puesto
que “Zeus crece hasta consumar de nuevo en sí todas las
cosas”.
Según ello, el hombre sería de “linaje divino” y estaría
comprometido en la inacabada obra de la Creación.
Esta perspectiva de la Estoa es celebrada por el propio
San Pablo: “Por que así han dicho algunos de vuestros
poetas, que somos de su linaje”, dice el Apóstol en Act.
17,28. Es más, no tiene reparo en identificar al Dios
Eterno de los cristianos con el Dios Desconocido al que
habían erigido los griegos un altar cave al Areópago.
Frente al epicureismo dominante, el estoicismo se
declaró abiertamente beligerante. Su más cruda batalla
tuvo lugar en Roma en que fue recibida calurosamente
32
por los personajes reputados como más ascéticos al estilo
de Escipión el Africano y el pontífice Mucio Escévola.
Es el estoicismo la doctrina que inspira la trayectoria
intelectual del gran Cicerón y de nuestro Séneca.
Lucio Anneo Séneca pasa por ser el más ilustre representante
español de esta escuela y, probablemente, el
más grande de los sabios de la Roma Imperial.
Para Séneca sabio es el que sabe conducir su vida
conforme a razón. Su filosofía o forma de pensar es
esencialmente práctica: es una forma de vida más que
un método de especulación teórica. Crítico de la corrompida
corte de los sucesivos emperadores Calígula, Claudio
y Nerón, sufrió enconadas represalias hasta ser condenado
a abrirse las venas por parte del último, de
quien había sido preceptor.
Para Séneca vivir conforme a razón es tanto una
exigencia de la propia naturaleza como la mayor prueba
de heroísmo (“El fuego prueba al oro; las vicisitudes de
la vida a los hombres fuertes”).
En el centro de la Naturaleza (“Corazón de la Materia”,
dirá Teilhard) coloca a mismo Dios: “¿Qué otra cosa
es la naturaleza sino Dios y la razón divina inserta en
todo el mundo y en cada una de sus partes? ni se da la
naturaleza sin Dios ni Dios sin la naturaleza...”
Las limitaciones de Séneca son las limitaciones de
todo el que percibe en sí mismo el hueco de Dios y no ha
percibido aun su cercanía por la gracia de Jesucristo.
Porque no es verdad que Séneca llegara a conocer a
San Pablo, quien, sin duda, le habría hablado de Jesucristo,
de Quien no encontramos ninguna referencia en
la obra de Séneca, le habría mostrado las diferencias
esenciales entre Dios y sus criaturas y, también, nuevas
posibilidades de una mayor libertad en un día a día proyectado
hacia los demás.
33
Pero, a pesar de su carácter de pensador pagano,
Séneca fue aceptado como maestro de moral por no pocos
ascetas y religiosos, hasta llegar algunos a considerarle
algo así como uno de los primeros padres de la
Iglesia.
Desde ese punto de vista, alecciona el hecho de que,
muy al contrario de lo que ha ocurrido con otras viejos
sistemas de la antigüedad, la doctrina personificada por
Séneca, el estoicismo, se desvaneciese progresivamente
ante la crecida presencia del Cristianismo, tal como si el
papel histórico que le hubiera correspondido fuera el de
precursor y los valores que defendía fueran humilde
sucedáneo de los ratificados por Jesucristo.
Sí que, a pleno derecho, habrá de ser considerado
padre de la Iglesia otro español, Isidoro de Sevilla (560-
636), para quien Dios es el eje de toda preocupación
científica y la piedra angular del edificio de todo acontecer
humano.
Auténtica enciclopedia viviente, puso de actualidad a
Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca... a la par que abrió
los caminos del Evangelio a los poderosos de la Época,
siempre con directa proyección sobre el acontecer del día
a día, la directa realidad que espera la impronta del
convertido para resultar más benévola con el hombre.
Por lo mismo huye de las zarandajas de la especulación
estéril y se centra en las aplicaciones positivas de la
ciencia de su tiempo.
Desde ahí parecen ya definidas las líneas básicas de
la llamada Civilización Occidental en la que tanta fuerza
ha tenido y tiene el paso por la Historia del Hijo de
Dios: Objetiva visión de las cosas, Fe, Tradición y Reflexión.
VII. CRISTO Y LOS CRISTIANOS
ANTES que sucediera ya estaba escrito: “Serán benditas
en Ti todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3).
“Fue suyo el señorío de la Gloria y del Imperio; todos
los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio
es eterno, que no acabará nunca y su Imperio, imperio
que nunca desaparecerá” (Dan.7-14).
“Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre las
familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel
y se afirmará con la fortaleza de Yavé... Habrá seguridad
porque su prestigio se extenderá hasta los confines
de la Tierra” (Miq. 5,2)
“Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de
sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu
de Yavé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu
de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de
temor de Yavé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá
por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre y en
equidad a los humildes de la Tierra” (Is. 11,1-5).
“Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un
Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se
35
llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno,
Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).
Son innumerables las citas que, en el Libro, hablan
de la “próxima” Venida.
Nació en Belén, ya nos dice la Historia, durante la
llamada Pax Augusta, y “fue condenado a muerte por
Poncio Pilato, procurador de Judea en el reinado de Tiberio”.
Tácito, historiador romano del siglo II) da fe ello y
lo hacen otros escritores de la época, como Luciano,
que se refiere al “sofista crucificado empeñado en
demostrar que todos los hombres son iguales y hermanos”.
Pero sobre todo... está el testimonio de cuantos lo
conocieron, pudieron decir “Todo lo hizo bien” y comprobaron
su Resurrección. A muchos de ellos tal testimonio
les costó la vida..
Claro que su prestigio ha llegado ya hasta los confines
de la Tierra. Y todo lo hizo bien por que, efectivamente,
sobre El reposa el Espíritu de Sabiduría y de
Inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu
de entendimiento y de temor de Dios. No se guía por las
apariencias, sabe leer en el fondo de los corazones y, por
lo tanto, juzga en justicia a todos los hombres.
Y sigue vivo entre nosotros como puente y testigo entre
la Eternidad y el Tiempo, como luz que rompe los
dominios de la oscuridad absoluta. Algo así han sentido
y sienten, sentimos, los creyentes: ante un cuadro de
Holbein representando a Cristo yacente, lívido y con
signos de próxima descomposición, la sensibilidad de
Dostoyeski estalló en rebeldía: si la putrefacción sugerida
por el cuadro es prueba de aniquilamiento de la carne,
Jesús de Nazareth, pudriéndose, deja de ser Cristo,
deja de ser carne, deja de ser hombre... y no puede ser
Dios si resultó incapaz de dominar a la muerte (“Si Cristo
no resucitó, vana es nuestra Fe”, diría San Pablo).
36
Es conocida la tormentosa crisis espiritual del genial
escritor ruso hasta que, en el confinamiento de Siberia y
tras la paciente y repetida lectura del Nuevo Testamento,
reencontró la genuina Personalidad de Hombre-Dios
al que necesitaba como asidero y punto de referencia
para su trayectoria vital: ve a Cristo muy próximo, pegado
a sí mismo, y, al mismo tiempo, infinitamente por
encima de todo lo humanamente concebible. Encuentra
en El al Ser capaz de dar total sentido a la vida de sus
amigos tanto que, cuando le hablan de que todo puede
ser un mito, responde: “Si alguien me demostrase que la
historia de Cristo no es verdad, me aferraría a la mentira
para estar con Cristo”.
Son muchos los que, como Dostoyeski, descubren la
apabullante lógica de perderse en Cristo para lograr la
culminación de la propia personalidad, que ha de ser
siempre a través de la proyección social de las propias
facultades, a través de la acción en equipo para “amorizar”
la Tierra.
En la vida terrena, Jesús de Nazareth situó al hombre
en su real dimensión; mostró y demostró que el
hombre, por vocación natural, no es un acaparador o
animal que defiende su “espacio vital” en razón de los
límites de su imaginación, al amparo de su fuerza o poder
y en lucha continua con sus congéneres; tampoco es
el hombre un ser obligado a derrochar las energías de su
pensamiento perdiéndose por lo insustancial o simplemente
imaginado.
Según el testimonio de Cristo, tiene el Hombre una
vocación a la que consagrar todas sus energías, tiene
una historia exclusiva que forjar, una trascendencia que
asegurar, una específica función social que cumplir en el
espacio y en el tiempo... Es decir, la trayectoria vital de
cada hombre debe resultar un bien social o, para
37
hablar en el lenguaje de los tiempos, un eslabón de progreso.
Por que es Dios, Cristo trajo con El a la Historia bastante
más que ese apunte de realismo: desde que Cristo
vivió, murió y resucitó, los hombres contamos con la
PRESENCIA HISTÓRICA DE LA GRACIA. Es la Gracia una
real proyección del favor de Dios, un valioso alimento
que desvanece angustias y da energías para mantener
con tenacidad una actitud de continua laboriosidad, de
fortaleza, de Amor y de Fe.
Por la Presencia Histórica de la Gracia y con el Trabajo
Enamorado que nace del COMPROMISO por seguir
los pasos de Cristo, se abre el camino a la más fecunda
proyección social de las propias facultades.
Coeterno con el Padre, nació de mujer y, con este natural
acto, su normal pertenencia a la sociedad de la
época, de cuyos problemas se hizo partícipe, su apasionada
práctica del Bien y una Muerte absolutamente
inmerecida pero ofrecida al Padre por todos los crímenes
y malevolencias de la Humanidad, presentó a todos los
hombres el Camino, la Verdad y la Vida en que lograr la
culminación del propio ser de cada uno.
Gracias a su Vida, Muerte y Resurrección, proyecta
sobre cuanto existe la Personalidad de un Dios que se
hizo Hombre.
Desde entonces, todos podemos incorporarnos a su
equipo para responder cumplidamente al apasionante
desafío de “amorizar la Tierra”. Habremos de hacerlo en
personal y continua expresión de Trabajo Solidario y
Enamorado; será nuestra personal forma de colaborar
en la divina tarea de culminar la Evolución, de participar
en la obra de la Creación en marcha.
Con sencillez y constancia porque...”Los buenos cristianos
no se distinguen de los demás hombres ni por su
38
tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. No habitan
en ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una
lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de
los demás..., sino que, habitando ciudades de cualquier
punto, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose
en vestido, comida y demás género de vida a los
usos y costumbres de cada país, dan muestras de un
tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión
de todos, sorprendente...
“Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el
cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está
esparcida por todos los miembros del cuerpo y cristianos
hay por todas las ciudades del mundo. Habita el alma en
el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos
habitan en el mundo, pero no son del mundo”
“El alma ama a la carne y a los miembros que la
aborrecen lo mismo que los buenos cristianos aman
también a los que les odian.
El alma está encerrada en el cuerpo al que mantiene
vivo; del mismo modo, los buenos cristianos están detenidos
en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los
que mantienen la trabazón del mundo”.
Son párrafos (tomados del Discurso a Diogneto) redactados
por un predicador anónimo del siglo II. Siguen
de actualidad ¿verdad? como lo sigue su inspiración
fundamental: “Sois la sal de la Tierra, sois la luz del
Mundo” y “puesto que sois la luz del Mundo... si no se
puede ocultar la ciudad asentada sobre un monte, ni se
enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín sino
sobre un candelero para que alumbre a cuantos hay en
la casa, vuestra luz ha de iluminar a los hombres” (Mt.
5, 13-16).
VIII. LOS CRISTIANOS Y EL DERECHO
DE PROPIEDAD
MEOLLO de la actividad económica, es el llamado DERECHO
DE PROPIEDAD.
De tal pretendido derecho ya encontramos los españoles
una definición “jurídica” en las célebres PARTIDAS
del cristiano rey Alfonso X: es el “poder que home ha en
su cosa de face della e en ella lo que quisiere segund
Dios e segund fuero”.
Si en el término “segund Dios” se ve una clara referencia
a la moral natural o ley de Dios, no así en el código
inspirador de toda la jurisprudencia actual; se trata
del Código Napoleón cuyo artículo 544 dictamina: “La
propiedad es el derecho de gozar y de disponer de las
cosas de la manera más absoluta dentro de los límites
que marquen las leyes o reglamentos”. Algo así ya se
decía en el viejo Código Romano que ve en la Propiedad
el “ius utendi atque abutendi re sua quatenus iuris ratio
patitur” (es el derecho de usar y de abusar de lo propio
hasta el límite que marca la ley).
40
Sin el claro matiz recordado oportunamente por el
Rey Sabio y dadas las abundantes situaciones no previstas
por la ley, es evidente que el Derecho de Propiedad
ha resultado y resulta un autorizado sistema de acaparamiento.
Ello debe preocupar a cuantos creen, creemos, en la
necesidad de que cada hombre disponga de lo necesario
para cumplir el fin que le es propio: desarrollar sus facultades
personales en Libertad, Trabajo y Generosidad.
En esa línea se han movido los promotores de la enseñanza
cristiana:
“Si la Naturaleza ha creado el derecho a la propiedad
común, es la violencia la que ha creado el derecho a
la propiedad privada”. Tal enseñaba San Ambrosio, Arzobispo
de Milán.
“Los propietarios, dice San Agustín, deben tener en
cuenta que han sido la iniquidad humana, sucesivos
atropellos y miserias... lo que ha privado a los pobres de
los bienes que Dios ha concedido a todos. En consecuencia,
se han de convertir en proveedores de los menos
favorecidos”.
Estos llamados Padres de la Iglesia, promotores de
la enseñanza cristiana, encontraron ilustrativas referencias
al tema en el Libro Sagrado, cuyas son las siguientes
categóricas precisiones:
“Yavé vendrá a juicio contra los ancianos y los jefes
de su pueblo porque habéis devorado la viña y los despojos
del pobre llenan vuestras casas. Porque habéis
aplastado a mi Pueblo y habéis machacado el rostro de
los pobres, dice el Señor” (Is. 3,14)
“¡Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan
campos y campos hasta acabar el término, siendo los
únicos propietarios en medio de la tierra!” (Is. 5,8)
41
“Ved como se tienden en marfileños divanes e, indolentes,
se tumban en sus lechos. Comen corderos escogidos
del rebaño y terneros criados en el establo... Gustan
del vino generoso, se ungen con óleo fino y no sienten
preocupación alguna por la ruina de José” (Am. 6,4)
“Codician heredades y las roban, casas y se apoderan
de ellas. Y violan el derecho del dueño y el de la casa, el
del amo y el de la heredad” (Miq. 2,2).
Es el propio Jesucristo quien ilustra el tema con la
siguiente parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras
le dieron una gran cosecha. Comenzó él a pensar dentro
de sí diciendo: ¿Qué haré pues no tengo en donde encerrar
mis cosechas? Ya sé lo que voy a hacer: demoleré
mis graneros y los haré más grandes, almacenaré en
ellos todo mi grano y mis bienes y diré a mi alma: alma,
tienes muchos bienes almacenados para muchos años:
descansa, come, bebe, regálate... Pero Dios le dijo: Insensato,
esta misma noche te pedirán el alma y todo lo
que has acaparado ¿para quien será? Así será el que
atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc. 12,16).
De algunos de los ricos de su época, Jesucristo
arrancó el siguiente compromiso: “Daré, Señor, la mitad
de mis bienes a los pobres. Y, si en algo defraudé a alguien,
le devolveré el cuádruplo” (Lc. 19,8). Así se expresó
Zaqueo y demostró cómo una privilegiada situación
económica puede traducirse en bendición social.
La función social del derecho de propiedad era una
de las principales preocupaciones de San Pablo, quien
recomendaba a sus discípulos: “A los ricos de este mundo
encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza
en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios
quien, abundantemente, nos provee de todo para que lo
disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos en
buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando
42
para el futuro con que alcanzar la verdadera vida” (I
Tim. 6,14).
El rico de este mundo puede serlo sin sentirse por
ello con especiales derechos sobre las personas que le
rodean; por contra, existen muchos marginados por la
fortuna material obsesionados por vivir del trabajo ajeno
y, envidiosos hasta el paroxismo, no tienen otra preocupación
que la de “atropellar a quienes les atropellan” lo
que, sin duda, les aproxima a los ricos, radicalmente
insolidarios, los mismos que prestan argumentos al
apóstol Santiago para fulminar: “Vosotros, ricos, llorad a
gritos sobre las miserias que os amenazan. Vuestra riqueza
está podrida. Vuestros vestidos consumidos por la
polilla, vuestro oro y vuestra plata comidos por el orín. Y
el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestra carne
como fuego. Habéis atesorado para los últimos días. El
jornal de los obreros, defraudados por vosotros, clama y
los gritos de los segadores han llegado a los oídos del
Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la
tierra, entregados a los placeres: os habéis cebado para
el día de la matanza” (Sn. 5,6).
Sucede que lo que yo considero mío, incluso cuando
sobre ello me reconozca la ley el derecho exclusivo al uso
y al abuso, no es más que una condición para la realización
personal, vocación truncada si al mundo que me
rodea le pongo el límite de mi propio ombligo.
Pero hemos hablado de Trabajo y de Libertad. Para
que, en libertad, el Trabajo alcance un buen grado de
fecundidad necesita suficiente motivación. Claro que
tenemos al Amor como la más noble y la más fuerte de
las posibles motivaciones; pero si el Amor como fuerza
creadora y de proyección social nace de la voluntaria
entrega al servicio de los demás, hemos de reconocer que
43
no es un factor de progreso social suficientemente generalizado.
Para que el Trabajo y la Libertad sean continuos factores
de desarrollo económico y social (es inconcebible el
último sin el primero) debe ofrecerse a los actores un
amplio abanico de motivaciones. Y sin duda que no es la
menos efectiva de las motivaciones ésta que late en el
derecho de propiedad. Así es y así ha de ser reconocido
por imperativo de la Realidad.
La estabilidad y desarrollo de la economía, en gran
medida, se apoya en el afán y preocupación de los hombres
de industria y de negocio por alcanzar esas cotas de
poder social que da el uso y disfrute de determinados
bienes o posiciones. También se apoya en la solidez jurídica
de los logros personales, desde donde, a la par que
desarrollar determinados caprichos es posible abrir nuevos
cauces a la explotación de recursos naturales y subsiguiente
creación de empresas, sin lo cual es impensable
la organización y consolidación de la vida económica.
Es deseable que lo que hemos llamado Amor esté
presente en los actos y pensamientos de todos los hombres
y mujeres; el camino está iniciado pero progresa
con agobiante lentitud. Bueno es, entre tanto, usar de
otras motivaciones cual es el ansia de poseer o apasionado
cultivo del derecho de propiedad dentro de los límites,
claro está, que marque la ley (y el aparato fiscal).
De ahí se deduce que, si el Trabajo y la Libertad, se
muestran como imprescindibles condicionamientos del
desarrollo económico, es el espíritu generoso (o Amor) la
mejor vía para que los “regalos de la fortuna” no se conviertan
en la principal trabazón del desarrollo personal
(“alcanzar la verdadera Vida”, según está escrito y testimoniado).
44
Caben ahí las puntualizaciones de Santo Tomás de
Aquino: “Si se le concede al hombre el privilegio de usar
de los bienes que posee, se le señala que no debe guardarlos
exclusivamente para sí: se considerará un administrador
con la voluntad de poner el producto de sus
bienes al servicio de los demás... porque nada de cuanto
corresponde al derecho humano debe contradecir al derecho
natural o divino; según el orden natural, las realidades
inferiores están subordinadas al hombre a fin de
que éste las utilice para cubrir sus necesidades. En consecuencia,
parte de los bienes que algunos poseen con
exceso deben llegar a los que carecen de ellos y sobre los
que detentan un derecho natural”.
Hay en esta acepción del derecho de Propiedad profundo
conocimiento de la naturaleza humana y de los
precisos resortes en que se apoya la voluntad de acción
al tiempo que una preocupación por la universalización
de los bienes naturales, cuyo descubrimiento y optimización,
lo sabemos muy bien, depende, en gran medida, de
la acción manual y reflexiva del hombre. Por ello, se ha
de tomar como rigurosamente realista.
No tan realista es la pretendida colectivización irracional
que, defendida apasionadamente por las utópicas
de estos dos últimos siglos, suponía a un hombre cómodo
y “socialmente productivo” desde la total irrelevancia
dentro de la masa. Lo aventurado de tal suposición viene
avalado por la más reciente historia: sin libertad, la
generosidad es sustituida por la apatía y el trabajo se
convierte en una carga sin sentido. De una forma u otra,
el hombre para resultar como tal, ha de aspirar a manifestarse
como persona, es decir, como ser perfectamente
diferenciado de sus congéneres: cuando no lo sea por su
derroche de generosidad, pretenderá serlo desde el libre
ascenso hasta algo que su entorno celebre.
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Tampoco es realista el redivivo sueño calvinista de
que el poder y la riqueza son muestra de predestinación
divina o que el derecho a usar y abusar de las cosas es
una imposición de la moral natural, mensaje subliminal
que parece latir en el meollo de la llamada Economía
Clásica alguno de cuyos teorizantes se han atrevido a
presentarse como voceros de la voluntad de Dios: “Digitus
Dei est hic”, escribió Bastiat al principio de sus “Armonías
Económicas”, libro presentado como pauta de
una cruzada hacia la verdad y la justicia por el camino
de la propiedad sin freno social alguno puesto que “el
interés exclusivamente personal de los privilegiados es
el instrumento de una Providencia infinitamente previsora
y sabia”. El propio Adam Smith gustaba ser considerado
como moralista: defendía el acaparamiento sin
medida como un camino hacia un mundo en que habría
abundancia para todos; los insultantes atropellos son
presentados como lógica consecuencia de la marcha
hacia el progreso y no como obra de la mala voluntad o
crasa falta de preocupación por los derechos del Otro.
Pero sí que es realista asumir la circunstancia con
ánimo de humanizarla. Hubo en el pasado artífices de
progreso cuya obra fue hija del más craso egoísmo; hay
empresarios que dan trabajo sin la mínima preocupación
por cuantos rezan en su nómina... hay descubrimientos
geniales, fruto exclusivo de la vanidad de su
autor...
Entre los obreros del progreso, hemos de reconocerlo,
son pocos, poquísimos, los que cultivan el trabajo enamorado
y muchos, muchísimos, que cumplen una función
social (desarrollan un trabajo trascendente) desde
la sed de fama, poder o dinero, en suma, desde el más
crudo egocentrismo. Para éstos como para los más generosos,
una realista visión del Progreso pide Libertad, por
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supuesto que dentro de un ley preocupada por zanjar
ancestrales discriminaciones.
Por debajo de la generosa e incondicionada preocupación
por el prójimo (eso que estamos llamando Amor)
el entorno social brinda otras motivaciones a la participación
en el Progreso: una de las más fuertes es la aspiración
tanto a disponer caprichosamente del resultado
del propio esfuerzo como a dejar constancia de ello. Por
eso resulta socialmente positiva la institucionalización
del derecho de propiedad sobre las cosas que va más allá
del simple uso y facilita la libre disposición de ellas en
operaciones de compra, venta, donación, herencia... etc.
Y habremos de dar la razón a Comte para quien “la propiedad
privada debe ser considerada una indispensable
función social destinada a formar y administrar los capitales
que permiten a cada generación preparar los trabajos
de la siguiente”.
Tomados así, los títulos de propiedad y el dinero son
positivas herramienta de trabajo.
Desde la óptica cristiana, el derecho de propiedad
implica la administración sobre las cosas de forma que
éstas puedan beneficiar al mayor número posible de
personas. Ello obliga al “propietario” a ser riguroso en el
tratamiento de los modos y medios de producción, a desarrollar
la libertad y el amor al trabajo, a valorarse y a
valorar en la justa medida a todos sus compañeros de
empresa, a procurar que ésta se ajuste a la línea de progreso
que permiten las técnicas y sus medios económicos
y, por lo mismo, alcance la mayor proyección social posible:
el llamado propietario puede y debe estar gallardamente
en ese mundo sin ser de ese mundo.
Para los cristianos el derecho de propiedad no es,
propiamente, un derecho natural pero sí una especie de
imposición de las realidades que facilitan el equilibrio y
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el progreso social: es para ellos un derecho ocasional o,
si se prefiere, un privilegio consagrado por la ley. Privilegio
que, como apunta Nicolás Bardiaef, puede enriquecerle
espiritualmente si le empuja a procurar el bien
material de los otros hombres.
IX. EL AMOR, LA GU