jueves, 04 de mayo de 2006
INTRODUCCIÓN
Tú, el otro, yo... somos mucho menos de lo que podemos
ser: más libres y más nosotros mismos. Pero seguro
que conquistaremos progresivas parcelas de Libertad,
si acertamos a sintonizar con la Realidad. Claro
que intentar escapar de la Realidad es la más estúpida
de las posibles aventuras humanas, algo que causaba
verdadero pavor a Carlos Marx, personaje que
siempre presumió de muy realista y que, nadie lo
duda, ha influido poderosamente en la historia de los
últimos cien años.
Desde sus orígenes, el Marxismo se presentó como
Ciencia de la Realidad: lo que ya se sabe frente a lo que
se imagina, el materialismo frente al idealismo, el socialismo
«científico» frente al socialismo utópico...
En su período de mayor esplendor, el propio Lenín
encontró razones para dogmatizar: «La doctrina de Marx
es omnipotente porque es exacta. Es la heredera y continuadora
de los mejor que ha creado la Humanidad en
forma de Filosofía Alemana, Socialismo Francés y Economía
Política Inglesa».
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Claro que, si eso que llamó Lenín «lo mejor que ha
creado la Humanidad» no es más que otra de tantas simples
formas de ver los fenómenos y las cosas desde unas
determinadas circunstancias histórico-geográficas en
cuanto que no corresponden con la verdadera naturaleza
del Hombre y han carecido y carecen de contundente
demostración... ¿En dónde encontraremos su base científica?
¿Qué razón de peso encierran para justificar los
retrocesos históricos y tiranías que se han producido y
se producen en el nombre del Marxismo? ¿Por qué, ciertamente,
el Marxismo sigue «calentando la cabeza y el
corazón» (Garaudy) de millones de hombres y de mujeres
y sigue alimentando el discurso de no pocos de los
«ilustrados» (el calificativo es mío) de nuestra época?
Las siguientes reflexiones nacen de la preocupación
por una mayor sintonía con la Realidad, la cual, naturalmente,
debe marcar (así lo entendemos nosotros) las
coordenadas de una mayor libertad. Son reflexiones que,
desde una óptica que consideramos avalada por la propia
Historia, parten de lo que entendemos por nuestro
origen, «función vital» y destino para entrar en el recordatorio
y análisis de las raíces, carácter y actualidad del
Marxismo.
Si el Marxismo pretende ser una ciencia exacta que
se apoya en la realidad de las cosas y de la Historia, inspira
a no pocos intelectuales, constituye la base doctrinal
de los partidos llamados de izquierdas y del poder
político de algunos estados; si, evidentemente sigue
vivo aún en la forma de obrar y de pensar de millones de
personas... bien merece la atención que vamos a dedicarle
y que lo hagamos desde la perspectiva que nos dicta
una que nos parece evidente concepción de la Realidad,
el conocimiento de la historia y nuestra propia conciencia.
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Nuestras premisas, citas y reflexiones componen un
curso de diez lecciones, que son otras tantas invitaciones
a la libre participación en un necesario camino de
mayor entendimiento.
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Lección I. UNA APROXIMACIÓN A LA REALIDAD
I.- ENERGÍA Y MATERIA
Sin Energía no es posible la realidad en ninguna de
sus formas y, mucho menos, la Vida en cualquiera de sus
manifestaciones. Se llama a la Energía el corazón de la
Materia... Sin duda que es eso y también el punto de
apoyo del Orden Universal.
Unos, los creyentes, dicen que la Energía es el canal
en que se expresa la voluntad y el poder de Dios. Para
otros, la Energía, el «movimiento», es un directo efecto
de las virtualidades de la Materia, a la que conceden la
autosuficiencia y el poder de definirse a sí misma: suponen
que Materia y Energía son coexistentes e íntimamente
complementados desde el principio... para, por
virtud del azar y de su propia forma de ser, constituir
las sucesivas realidades...
¿Cuál fue el principio, por qué las sucesivas realidades
y hacia dónde conduce todo ello? ¿Es el Caos el motor
y la razón de todo?
La certera respuesta a esas incógnitas ha resultado
un escollo imposible de salvar desde la fe materialista...
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tanto que, situándose en una radical imparcialidad, resulta
más lógico admitir la existencia de un Ser no material
capaz de crear y modular la Materia.
Si los situados en una recalcitrante fe materialista
defienden el supuesto de que «la Materia es el todo y no
necesita nada más», nos obligarán a responder: habría de
resultar científicamente demostrada la improbable autosuficiencia
de la Materia y aun faltarían respuestas a
las preguntas clave de la existencia humana:
¿ Puede todo moverse sin que haya nadie que lo
mueva o, al menos, le haya dado un primer impulso?
¿De dónde viene lo que me rodea y de que formo parte?
¿Adónde voy o puedo ir? Y... todo ello ¿por qué?
Hoy no cabe en el cerebro humano la idea del Caos o
“desorden absoluto”, que los antiguos presentaban como
entidad primigenia. Se sabe ya que Orden, Materia y
Energía son como una tríada inseparable.
Para la Ciencia más actual la Energía es de un carácter
tal que, estando en el trasfondo (o “corazón”) de
toda Realidad material, sugiere como necesaria una
dependencia extramaterial. Es decir, es en el corazón
de la propia Materia en donde se encuentra una evidente
prueba de la existencia de Dios, sin el cual no es
posible explicar esa apreciable marcha hacia la convergencia
universal de cuanto existe: ese clarísimo proceso
de evolución es como un largo y apasionante camino
entre el Principio y el Fin de Todo.
Principio y Fin que son como los polos de la Esfera
que todo lo envuelve. Dentro de esa fantástica Esfera
caben la Eternidad y el Tiempo. También cabe la lógica
que muestra como necesaria la “hominización” del Universo.
En la capacidad de interpretación de la Ciencia de
hoy entran dos muy elocuentes experiencias:
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Primera: Todo, desde el ínfimo corpúsculo a la más
compleja realidad material, acusa la presencia de la
Energía, tanto que, en el límite de lo más elemental,
Materia y una parte y forma de Energía (“interior”) están
COMPENETRADAS en un grado tal que parecen
fundirse o confundirse la una en la otra. Ya, desde esa
indisoluble compenetración, “hacen el juego” a la Energía
Exterior.
Segunda: En el campo del Espacio-Tiempo se manifiesta
constantemente la tendencia de lo simple a lo
complejo: Partiendo de una reducida serie de elementos
que, a su vez, tienen su origen en infinitesimales expresiones
de Materia-Energía, un larguísimo proceso de
“complejización” ha hecho posible la innumerable gama
de realidades físicas hasta dar lugar a la UNICA REALIDAD
FÍSICO-ESPIRITUAL terrena capaz de pensar
y de amar en libertad.
Ambas elocuentes experiencias presentan como muy
respetable la Teoría de la Evolución y como infinitamente
improbable un momento de desorden en la configuración
del Universo: el inconmensurable mar de polvo cósmico
o de partículas elementales requirió, desde el
Principio, la presencia de la Energía en cuya propia razón
de ser hubo de incluir el sentido del Orden o de
PRECISA ORIENTACIÓN HACIA ALGO.
Carece, pues, de sentido imaginar un Cosmos invadido
por una Materia absolutamente amorfa y a expensas
de que le preste un sentido el Caos, que algunos han
pintado como Azar providente.
Los materialistas, desde Demócrito hasta nuestros
agnósticos, han pretendido salvar la encrucijada presentando
a ese Azar como una especie de dios abstracto
capaz de acertar con la única salida en el laberinto de lo
inconmensurable. Hasta ahora la Ciencia no ha presta-
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do base alguna a tal aventuradísima suposición. Confluyen,
en cambio, dos creencias que antaño se presentaron
como antagónicas: la “Creation ex nihilo” y la Evolución
desde lo simple y múltiple hasta lo complejo y convergente
hacia la UNIÓN QUE DIFERENCIA.
Y, en extrapolación de lo “apuntado” por el Génesis,
cabe en la lógica más rigurosa una “historia” del Universo
al estilo de:
En principio, el Universo era expectante y vacío; las
tinieblas cubrían todo lo imaginable mientras el espíritu
de Dios aleteaba sobre la superficie de lo Inmenso.
El Espíritu de Dios es y se alimenta por el Amor.
Dios, el Ser que ama sin medida, proyecta su Amor
desde la Eternidad a través del Tiempo y del Espacio.
Producto de ese Amor fue la materia primigenia expandida
por el Universo por y entre raudales de Energía:
“Dijo Dios: haya Luz y hubo Luz”.
Es cuando tiene lugar el primero (o segundo) Acto
de la Creación: el Acto en que la materia primigenia,
ya actual o aparecida en el mismo momento, es impulsada
por una inconmensurable Energía a realizar
una fundamental etapa de su evolución: lo ínfimo y
múltiple se convierte en millones de formas precisas
y consecuentes.
Lo que había sido (si es que así fue) expresión de la
realidad física más elemental, probablemente, logra sus
primeras individualizaciones a raíz de ESO que ya han
captado los ingenios humanos de exploración cósmica:
un “momento” de Compresión-Explosión que hizo posible
la existencia de fantásticas realidades físicas inmersas
en un inconmensurable mar de “polvo cósmico” o de
“energía granulada”.
La decisiva primera etapa hubo de realizarse a una
velocidad superior, incluso, a la de la misma luz, fenó-
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meno físico que, según Einstein, produce en los cuerpos
el efecto de aumentar (y acomplejar) su masa.
Desde el primer momento de la presencia de la más
elemental forma de materia en el Universo, se abre el
camino a nuevas y cada vez más perfectas realidades
materiales. Ese proceso de imparable reconversión, de
EVOLUCIÓN, sin duda que obedece a un PLAN DE
COSMOGÉNESIS. Creación, Plan de Cosmogénesis
y Evolución desde y hacia el Amor Universal: ésa es
la Fe que liga al Cielo con la Tierra.
Se trata del PLAN de Aquel que ama infinitamente
e imprime amor a cuanto proyecta, crea y anima. Y lo
hace según una lógica y un orden que El mismo se compromete
a respetar.
En consecuencia con los respectivos caracteres, con
el estilo de acción y con las etapas y caminos que requiere
el PLAN DE COSMOGÉNESIS, superan barreras
y logran progresivas parcelas de autonomía las distintas
formas de realidad. En ese intrincado y complejísimo
proceso son precisas sucesivas uniones (¿reflejo de
ese Amor Universal que late en cuanto existe?) o elementales
expresiones de afinidad primero química, luego
física, biológica más tarde y espiritual al fin.
Desde los primeros pasos, hay en todo lo que se
mueve una tendencia natural que podría ser aceptada
como “embrión de libertad” y que se gesta en armonía y
orientación precisas hacia la cobertura de la penúltima
etapa de la Evolución, que habrá de protagonizar el
Hombre.
El HOMBRE, hijo de la Tierra y del aliento divino,
está invitado a colaborar en la inacabada Obra de la
Creación. Habrá de hacerlo en plena libertad, única situación
en que es posible corresponder al Amor que
preside todo el desarrollo de la Realidad.
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Podemos, pues, creer que son expresión de Amor
tanto la Energía que aglutina la potencialidad y evolución
de cuanto existe como los más fecundos actos en la
historia de los hombres.
Obviamente y al margen de los ríos de tinta en que
se defiende otra cosa, el carácter excepcional del hombre
cobra efectividad porque dispone de un complejo
soporte material, fruto del ENCAUZAMIENTO de las
más valiosas virtualidades de la Realidad
II.- LA UNIÓN QUE DIFERENCIA
Aunque la certera respuesta escapa a nuestra capacidad
de entendimiento, es razonable aceptar al Atomo
como resultado de una de las primeras etapas de la Evolución.
Anteriormente al Atomo, en prodigiosa multiplicidad,
pudo existir una substancia que los científicos no
aciertan a definir como genuinamente material pero que,
sin duda alguna, hubo de serlo en alguna proporción: es lo
que se define como “polvo cósmico” o, más propiamente,
“energía granulada” o “trama del Universo”.
Ese micromundo que representa el Atomo hubo de
ser el resultado de la unión de ciertas partículas elementales
empujadas a ello por la Energía Exterior según
un preciso Plan de Cosmogénesis o de Arquitectura
Cósmica a partir de lo elemental.
Pudo suceder que, tomándose millones de siglos
por delante, esa Energía Exterior, manifestación de
una Voluntad Creadora, empujara al polvo cósmico a
la Condensación hasta formar el núcleo o huevo del
Universo que sirve de base a la teoría del Big-Bang y
que en ese “proceso de condensación”, por virtud de
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lo llamado “tanteo”, fueran tomando cuerpo los Atomos...
En cualquiera de las suposiciones, es razonable admitir
que fue la certera aplicación de unas específicas
corrientes de Energía lo que, a escala cósmica, produjo
la necesidad de asociación entre los gránulos de la trama
del Universo.
También es razonable admitir que, desde su propio
nacimiento y siguiendo específicas afinidades latentes
en su misma razón de ser, los átomos cubrieron un superior
estadio de evolución que fue la molécula, la cual,
a su vez y siguiendo el impulso de secretas afinidades,
se asoció a otras entidades materiales para formar la
megamolécula, paso previo a los “complejos orgánicos”,
que resultarán ser el soporte material de la Vida.
Cómo surgió la Vida, presente en una simple Célula,
aun no está suficientemente clarificado por la Ciencia;
tampoco es explicable la aparición del Pensamiento,
culminación de un largo proceso en que las virtualidades
de los complejos orgánicos hubieron de conectar,
adecuadamente y en el momento preciso, con un Plan
General de Cosmogénesis.
Es obvio reconocer que en ese largo camino de la
Evolución no todas las entidades materiales alcanzan
un superior estadio de realidad; muchas de ellas pierden
el tren del Progreso tal como si se volatilizaran en lo
que los científicos conocen como Entropía o pérdida de
entidad.
Emprenden camino hacia una mayor Libertad, se
hacen progresivamente diferentes, cuando encuentran
la adecuada complementariedad en la “unión que diferencia”.
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III.- LA MADRE TIERRA
Los sabios han buceado en el magma de la Tierra y
han adelantado la hipótesis de que “ya por su propia
composición química inicial era, por sí misma y en su
totalidad, el germen increíblemente complejo de cuanto
necesitamos”. Tal como si todo estuviera dentro de un
Plan en el que entrara la plena suficiencia de recursos
materiales para el desarrollo de millones y millones de
“aventuras” personales.
Con todo el tiempo necesario por delante, esa composición
química inicial se tradujo en materia orgánica
como soporte de la Vida, multimillonaria en sus manifestaciones,
unas con otras entrelazadas hasta constituir
un comunidad de intereses.
La Vida resultó como una sinfonía magistralmente
orquestada pero necesitada de una cierta sublime nota:
la Libertad, tesoro inconcebible fuera del ámbito de la
Inteligencia, a su vez, suprema expresión de Vida.
La Tierra se ha hecho (¿era ya?) moldeable por la
Inteligencia, que, incluso, puede llegar a destruirla.
Pero la Tierra, la Madre Tierra, es fuerte y previsora
tanto que, con el necesario tiempo por delante, es capaz
de enderezar los renglones que tuercen sus inquilinos
y demostrar ser una despensa suficiente en recursos
materiales: no entran en sus planes ni las hambres
ni las catástrofes artificiales (las épocas de penuria
pudieron y pueden ser resueltas si el afán de acaparamiento,
torcido hijo de la Libertad, no se hubiere
enseñoreado de tal o cual época o región hasta resultar
el disparate de que menos de una décima parte de la
Humanidad acapare el ochenta por ciento de alimentos
y otros recursos materiales al servicio de todos los
hombres).
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Se nos invita a pensar que, paralela a la historia de
la Tierra, se acusa el efecto de una Voluntad empeñada
en que los hijos de la misma Tierra aprendan a valerse
por sí mismos en un irreversible camino de autorrealización.
Los sabios aseguran que tal proceso de autorrealización
se hace ya evidente en los diversos estadios de la
evolución química, resultado de tal particular y constructiva
reacción entre éste y aquel otro elemento. Tanto
más en la tendencia que a cumplir un preciso destino
manifiestan los seres vivos a los que, ya sin rebozo, se
les puede aceptar como protagonistas de una fantástica
y coherente intercomunicación planetaria.
IV.- EL HOMBRE
Miles de millones de años atrás, una ínfima parte de
polvo cósmico (?) ya tenía vocación de excepcionalidad:
contaba para ello con una misteriosísima potencialidad,
con una secreta e irrenunciable tendencia a la unión y
con todo el tiempo necesario.
¿La meta? ocupar un lugar de responsabilidad en la
armonía del Universo. ¿La tal ínfima parte de polvo cósmico
respondía así a un Plan? ¿Por qué no?
Créelo, si quieres, o cree lo contrario; pero acepta, al
menos, que la realidad actual no sería tal cual sin un
complejo proceso de progresiva unión entre lo afín, sin
un empeño por ser más desde la solidaridad. Esto de la
solidaridad es un fenómeno que sufre infinitos altibajos
en la marcha de la historia y tal vez en el probado
autoperfeccionamiento de la Madre Tierra: Las partículas
elementales cobran realidad más compleja en cuanto
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casan sus respectivas afinidades: es un camino que, con
progresiva autonomía, siguen los seres más evolucionados.
Los peligros de la Entropía o de ahogarse en la
Nada llegan incluso a formar parte constructiva del proceso:
hoy nadie duda que fue la desaparición de los
dinosaurios lo que dio paso al desarrollo de especies
más modernas y más nuestras.
Lógico capítulo de ese proceso parece ser el que
nada de lo necesario falte a los seres inteligentes de
más en más numerosos todo ello dentro de la previsora
armonía por que parece regirse la Madre Tierra,
cuyos hijos, hasta cierto momento, eran lo que tenían
que ser en una extensión solidaria: unos para otros y
todos como elementos de un complejo organismo, que
vive y desarrolla la función de superarse cada día a sí
mismo.
De ser así, podría pensarse que cataclismos como los
glaciares eran especie de palpitaciones de vida que se
renueva en el propósito de construir el escenario propicio
a un acontecimiento magnífico y sin precedentes: la
manifestación natural de la Inteligencia personificada
en el Hombre.
Y resultó que en uso de su Libertad, hija natural de la
Inteligencia, el Hombre se mostró capaz de acelerar e
incluso mejorar el proceso de autoperfeccionamiento que
parece seguir el mundo material; pero también se ha
mostrado capaz de, justamente, lo contrario: de terribles
regresiones o palmarios procederes contra natura.
Destino comprometedor el del Hombre: abriendo
baches de degradación natural y en línea de infra-animalidad,
el hombre ha matado y mata por matar, come
sin hambre, derrocha por que sí, acapara o destruye al
hilo de su capricho u obliga a la Tierra a abortar monstruosos
cataclismos.
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Claro que también puede mirar más allá de su inmediata
circunstancia, embridar el instinto, elaborar y
materializar proyectos para un mayor rendimiento de
sus propias energías, amaestrar a casi todas las fuerzas
naturales, deliberar en comunidad, dominar a cualquier
otro animal, sacrificarse por un igual, extraer consecuencias
de la propia y de la ajena experiencia, educar a
sus manos para que sean capaces de convertirse en cerebro
de su herramienta: Puede TRABAJAR Y AMAR o
trabajar por que ama.
En el campo del Amor y del Trabajo es donde debía
encontrar su alimento el destino comprometedor del
Hombre. Amor simple y directo y trabajo de variadísimas
facetas, con la cabeza o con las manos, a pleno sol o
desde la mesa de un despacho, pariendo ideas o desarrollándolas.
Gran cosa para el Hombre la de vivir en TRABAJO
SOLIDARIO. Una posibilidad al alcance de cualquiera:
hombre o mujer, negro o blanco, pobre o rico... empresario
o trabajador por cuenta ajena, sea en el Campo, en la
Industria o en los Servicios, canales necesarios para
amigarse con la Tierra y facilitar el desarrollo físico y
espiritual de toda la Comunidad Humana.
V.- REFLEXIÓN Y LIBERTAD RESPONSABILIZANTE
La reflexión, peculiaridad genuinamente humana, representa
una clara superación del instinto. Por la reflexión,
el ser evolucionado reacciona de forma única
frente a situaciones o acosos de la realidad dirigidos en
la misma medida a distintos individuos de su especie.
Cuando, por virtud de la Evolución, la presión de la cir-
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cunstancia motiva una respuesta personal, el individuo ha
dejado de ser elemento-masa para convertirse en alguien.
La comunidad humana se diferencia de las otras sociedades
animales, fundamentalmente, por la capacidad
de reflexión de todos y de cada uno de cuantos la integran.
Por este hecho es posible la Historia como fenómeno
que singulariza cada época, cada grupo social y cada
proyección pública de las facultades individuales.
En el acto reflexivo, algo de uno mismo se proyecta
hacia el exterior de forma absolutamente inmaterial y
con la intención de captar cosas y fenómenos en su justa
medida para luego, en acto también absolutamente inmaterial,
analizar y decidir.
Para el hombre, ello es tanto como manifestarse “ser
que reflexiona” o ser que, sin dejar de ser el mismo, posee
la virtud de sobrepasar el estricto ámbito del propio
ser para reflejar en sí mismo lo otro, fenómeno que, en
idea de Aristóteles, “ es una forma de incluir en sí mismo
todas las cosas”.
Puesto que tal inclusión es de carácter absolutamente
inmaterial, las cosas nada pierden de su propio ser
en el acto de ser vistas o consideradas.
Contrariamente a lo que sostienen algunos llamados
materialistas, el conocimiento o “inclusión en sí mismo
de todas las cosas” no es del carácter de la imagen proyectada
por un espejo: presionan la conciencia del ser
que reflexiona el cual, en razón de tal reflexión, posee la
facultad de obrar de una u otra forma sobre las mismas
cosas o no obrar en absoluto si así lo ha recomendado la
consideración que implica el acto reflexivo o las propias
cosas resultan inasequibles a la capacidad de acción del
sujeto.
Ello se explica porque, a continuación de incluir en
sí mismo todo aquello que se presenta a su considera-
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ción, el homínido evolucionado ejercita la capacidad de
optar por una de entre varias alternativas.
Vemos cómo, acuciado por el hambre, el animal no racional
percibe y ataca a su víctima, o, en respuesta a un
elemental instinto, corteja y posee a su hembra, se defiende
de las inclemencias de su entorno... de un modo general
y de acuerdo con el orden natural de las especies.
No sucede lo mismo en el caso del homínido evolucionado:
éste es capaz de superar cualquier llamada del instinto
merced al acto reflexivo: la realidad inmediata, el
análisis de anteriores experiencias, el recuerdo de un ser
querido, la percepción de la debilidad o fuerza del enemigo,
el conocimiento analítico de los propios recursos... le
permiten la elección entre varias alternativas o, lo que es
lo mismo, trazar un plan susceptible de reducir riesgos e
incrementar ventajas.
Gracias, pues, a su poder de reflexión, el hombre usa
de libertad para elegir entre varias alternativas de actuación
concreta. Por supuesto que la elección más adecuada
a su condición de hombre será aquella que mejor responda
a las exigencias de la Realidad. Y la más positiva historia
de los hombres será aquella jalonada por capítulos que
hayan respondido más cumplidamente a la genuina vocación
del Hombre: la humanización de su entorno por medio
del Trabajo solidario con la suerte de los demás.
VI.- RAZÓN Y RELIGIÓN
Para los “ilustrados” de diversas épocas y latitudes el
hecho de sentirse religioso ha sido presentado como una
forma de servidumbre tontorrona y fuera de época: se ha
hablado mucho y aun se habla de la “alienación religiosa”.
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El término “alienación” es aceptado como contrario
a la Libertad: una especie de encadenamiento de la razón
soberana. Referida a la Religión, la alienación expresa
el fenómeno por el cual la vida y los actos de los
hombres siguen las directrices de una indemostrada
idea de trascendencia.
Claro que el carácter de la propia reflexión, que sitúa
al hombre muy por encima de cualquiera entidad
simplemente material y le infiltra hambre de sintonizar
con el Principio y Fin del Universo, presta sólidos argumentos
a la creencia de que esa irrenunciable aspiración
a la trascendencia, que late en el ser de todos los
hombres, es una exigencia de la Realidad.
El hambre por sintonizar con el principio y fin del
Universo es una de las posibles definiciones de la Religión.
Hambre existencial que se ajusta a los dictados
de la Realidad y, por lo mismo, resulta lógico y racional.
Desde esa óptica, cabe suponer que el fiel, rigurosamente
fiel, marxista ajusta su acción diaria a principios
religiosos, lo que nos llevará a la conclusión de que el
Marxismo es una forma de Religión.
VII.- EL UNO Y TREINTA Y TRES MILLONES DE DIOSES
Dice Plutarco: “Existen ciudades salvajes que no tienen
leyes civiles ni reyes que las gobiernen. Pero no
existe ninguna que no tenga dioses, templos, oraciones,
oráculos, sacrificios y ritos expiatorios”.
El hecho de adorar resulta evidente desde las primeras
etapas de la Humanidad; infinidad de restos arqueológicos
así lo demuestra.
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Sin duda que tales exteriorizaciones respondían a
sólidas vivencias interiores porque Religión, ya lo sabemos,
va más allá de los simples signos externos o de
puras manifestaciones folklóricas: es el reflejo de un
compromiso por adecuar las actividades y los pensamientos
de cada día a un ansia de proyección personal
perdurable más allá del propio tiempo.
Dentro de cualquier culto, desde siempre han existido
individuos que hacen capilla aparte respecto al Dios
o dioses oficiales; en la mayoría de los casos representan
ejemplos de celo egocentrista que les lleva a erigirse
en divinidad suprema o centro del Universo. Para
distraer a los demás sobre el auténtico objeto de su culto
montarán estudiados discursos sobre la insolidaridad
ambiente, la tiranía de las pasiones, la injusticia del
destino, el utilitarista sentido de la propia vida, etc.,
todo ello para justificar el tomarse a sí mismos como
principal objeto de adoración.
Tal individualísima forma de entender la religión
halla la justa respuesta en los treinta y tres millones de
dioses de que habla el Libro de los Vedas.
De la misma forma que la Realidad no depende de
la idea que el hombre se haga de ella, la evidencia del
carácter religioso del Hombre no demuestra que la
creencia en tal cual dios sea certera. Pero, por encima
de todas las posibles conjeturas, se ha de aceptar que en
el Hombre existe una natural tendencia a la adoración.
Pudo suceder que el primer ser adorado fuera una
bellísima flor que despierta la aurora, o el propio sol
como imagen del principio de la Vida o el guerrero que
trajo la tranquilidad a la tribu...
Si el primer objeto de culto fue algo excepcional
como el intuido Promotor de la luz del Sol o de la energía
latente en el Universo, la población de entonces se-
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ría monoteísta, como parece desprenderse del estudio
de las religiones más antiguas: ya en el Mazdeismo se
habla de una “Primera Fuente de Poder y de Bondad”.
Si no hay rigurosa evidencia de que la primera o primeras
religiones de la Humanidad fueran monoteístas,
resulta mucho más difícil demostrar que el monoteísmo
es “una destilación de múltiples religiones politeístas”
tal como defienden algunos de nuestros autoproclamados
agnósticos.
Existen, pues, buenas razones para creer que el
Hombre se manifiesta como ser religioso en el momento
mismo en que obra como “animal de Razón”: es cuando,
para él, la “Primera Fuente de todo Poder y de toda
Bondad” se revela como principal merecedor de culto.
A partir de entonces, en uso de su libertad y con el
egoísta propósito de explotar a su favor el carácter religioso
de sus congéneres, el líder o demagogo puede inventar
dioses o erigirse a sí mismo como dios.
Es así como se puede llegar a un disparatado “ego
homini deus” o a los treinta y tres millones de dioses,
que, evidentemente, resultan demasiados.
VIII.- EL CAMELLO, EL LEÓN Y EL NIÑO
Nietzsche, rebelde e impotente, soñaba con redefinir
la Libertad. Como otros muchos genios del egocentrismo
(Voltaire, Hegel, Stirner, Spengler...) Nietzsche
aplicaba a la Realidad las paridas de su vanidad y, entre
otras cosas, no aceptaba personalidad histórica más excelsa
que la suya.
Admirador y amigo de Wagner, no le perdona el reconocimiento
que éste hace a la Figura y Doctrina del
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Crucificado: “¡Ah! ¡También tú te has derribado ante la
Cruz! También tú, también tú... ¡un vencido!”.
En su feroz inquina, Nietzsche va tan lejos que presenta
al Progreso como una exclusiva creación del
Anticristo (la Técnica, que llamará Spengler más tarde)
al que identifica con Dionisos o Baco, voluntad de dominio
desde las fuerzas del puro instinto.
“Ha muerto Dios, viva el superhombre”, grita Zaratustra
a los cuatro vientos.
¿Qué entiende Nietzsche por superhombre? Diríase
que una exagerada proyección de sí mismo: “Me he presentado
a mí mismo (confiesa en ECCE HOMO) con un
cinismo que hará época y atacando sin miramiento alguno
al Crucificado; mi obra, rayos y truenos contra todo
lo cristiano o inficionado de cristiano, dejará sin habla
ni oído al que lo lea...”
Zaratustra, Nietzsche, (quien, «desde la irreflexiva
intelectualidad», presta argumentos a no pocos de los
modernos materialistas o «marxistas de vocación») traza
el camino para desatar el instinto, perfilar una justicia
sin necesidad de que haya hombres justos, sublimar el
Arte y dominar a la Naturaleza: es una forma de correr
hacia utopías de uno u otro signo.
En razón de los supuestos del materialismo más radical
¿por qué el hombre no ha de romper con la vieja
Moral tan estrechamente ligada al respeto de un Absoluto
que se encuentra al Principio y al Final de todo?
Imaginó Nietzsche al espíritu del hombre como un
sufrido camello, que, durante muchos siglos, soporta
sobre sí mismo las pesadas cargas de la Religión y de la
Moral, creadas, según él, por el entorno social y por los
caprichos de la historia.
Convertido por Zaratustra, el hombre medio acepta
la muerte de Dios y la entronización del superhombre
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como rey del Universo. Es entonces cuando el espíritu
del hombre se hace “león”, voluntad ciega capaz de destruir
el edificio de todos los viejos principios.
Hecha tabla rasa de todo lo “viejo”, el espíritu del
hombre se hace “niño” que es tanto como sumergirse en
la inocencia y en el olvido. Ya puede empezar, como jugando,
a crear valores partiendo de un radical sí a los
más espontáneos impulsos.
No demostró Nietzsche, ni mucho menos, que el progreso
del hombre sea posible sin una respuesta positiva
a la llamada del compromiso personal, cual es la moral
inspirada en el Cristianismo, ese “fardo” que, a pesar de
todas las divagaciones de Nietzsche, responde a las exigencias
de la propia esencia humana y empuja a la ACCIÓN
SOLIDARIA POR HUMANIZAR LA TIERRA desde
la concreta aplicación de las personales energías y
virtualidades de cada hombre fiel a su propia vocación.
Por lo tanto, la batalla del “león” es un derroche de
energías en el vacío y en el vacío, también, habrá el
“niño” de establecer las bases “morales” de su nuevo
mundo.
Es la de Nietzsche una escalofriante proclama de
radical soledad, justo lo que menos necesita ese hombre
que, en pensamiento y en obra, se ciñe a las exigencias
de la Realidad y, por lo mismo, se hace más hombre a
través de la amorización de su entorno.
¿No creéis que Nietzsche, empeñado en situar a la
Historia dos mil años atrás, resulta la imagen o caricatura
de no pocos líderes de la «acción revolucionaria» hacia
la fe materialista?
26
IX.- LO REAL Y EL AMOR
Según nuestra creencia, un ser evoluciona, progresa,
cuando responde positivamente a las potencias del
Amor. Se da ya un remedo de amor en la partícula más
elemental que “se adapta” el Plan General de Cosmogénesis
y “participa” en la formación de una realidad material
superior; esta “participación” ha requerido la superación
de un aislamiento minimizador, algo así como
volcar hacia lo otro la propia energía interior.
Sabemos que la partícula más elemental es una entidad
material animada por una energía interna que, según
y cómo, puede responder a una dirección precisa de
la Energía Exterior: la positiva respuesta obedece a la
universal tendencia hacia lo más perfecto por caminos
de “unión que diferencia”.
Es una UNIÓN que no implica confusión ni tampoco
difuminación de las virtualidades de cada entidad material:
cuando se observa en detalle a un átomo se descubre
que, en la unión, siguen individualizados los elementos
que lo integran: diferentes y necesitados los unos
de los otros, demuestran que, solamente unidos, realizan
la función que les es propia.
Este es un fenómeno verificable en las relaciones del
Todo con cada una de sus partes y de éstas entre sí.
Cada nueva individualidad no anula las singularidades
de los elementos que la integran: esto es demostrable en
la molécula, en la célula, en cada uno de los individuos
de las distintas especies vegetales y animales y, también,
en cualquier tipo de colectividad auténticamente
progresista.
En los animales irracionales el instinto sexual, que
les lleva a la unión y multiplicación, responde simplemente
a las leyes de la especie y no motiva ni diferen-
27
ciación ni progreso. La respuesta a todos sus instintos
se realiza de forma refleja, no libre. Cuando los instintos
tropiezan con el filtro de la Libertad la reacción o el
comportamiento puede traducirse en prueba de Amor:
incluso acuciado dramáticamente por el hombre puedo
compartir con el prójimo lo poco de que dispongo; en
cualquier momento, puedo canalizar las apetencias
sexuales hacia un fin trascendente cual puede ser el
respeto por la libertad de otro o la renuncia por un fin
superior; puedo responder con paciencia o sentido de la
oportunidad a las asechanzas del fuerte o a las impaciencias
e incomprensiones del débil...
Hasta el Hombre, es de forma involuntaria como las
distintas realidades materiales participan en el Plan
General de Cosmogénesis. Es el Hombre el primer ser
del reino animal capaz de alterarlo. Lo hace en la medida
y en el modo con que utiliza su capacidad de amor.
Si se nos pide que, en una sola frase, definamos al
Amor, responderemos: Es la ofrenda voluntaria de lo
mejor de uno mismo al Otro.
Fuera del marco familiar, el amor ha de traducirse
en ”vuelco de lo personal a lo social”. Este vuelco de lo
personal a lo social es una de las condiciones que ha
de respetar la especie humana para avanzar en el dominio
o amaestramiento (humanización) de la Naturaleza.
Ha de ser un avance en equipo y tanto más eficaz cuanto
las respectivas funciones respondan a las específicas
facultades de cada uno.
Puede que parte de los miembros del equipo participe
de manera egoísta y que ello abra una brecha en el
camino hacia el progreso... Sucede esto porque, en uso
de su libertad, juega el hombre a situar a su conciencia
como árbitro absoluto de lo real, “se toma a sí mismo
como principio” (San Agustín) y aplica sus capacidades
28
a la satisfacción de un capricho o aspiración egoísta.
Aun en estos casos, la obra de ese hombre o grupo de
hombres puede traducirse en humanización de la naturaleza
y subsiguiente bien social si no falta quien ejerza
un mayor vuelco de lo personal a lo social: de ello
hay sobradas pruebas en el desarrollo de cualquier cultura,
muy particularmente, de la llamada cultura capitalista.
La Historia nos ha dejado infinitos ejemplos de la
regresión que significa la práctica del desamor: no otro
origen tienen tantas tropelías, baños de sangre, inhibiciones
egocentristas, caprichosas destrucciones de bienes
sociales, ignorancia de los derechos elementales del
Otro, descaradas prácticas de la ley del embudo...: Refiriéndose
a este rosario de hechos y de comportamientos,
no falta quien simplifique la visión de la historia presentándola
como un campo en que, sin tregua ni cuartel,
el “hombre obra como lobo para el hombre” (es el famoso
homo homini lupus de Hobbes). Otros dirán que la
“guerra es la madre de la historia” (Heráclito), que “la
oposición late en el substratum de toda realidad material
o social” (Hegel) o que “la podredumbre es el laboratorio
de la vida” (Engels) lo que sería tanto como asegurar
que LA EVOLUCIÓN SE DETIENE EN EL
HOMBRE.
Cuando las apariencias nos llevan a esa creencia es
porque, en tal o cual época o lugar, ha habido determinados
responsables que, en uso de su libertad, han respondido
negativamente a las potencias del Amor. Y,
aparentemente al menos, se ha producido una regresión
a inferiores niveles de humanidad.
Aun en tales casos, es posible reemprender la marcha
del Progreso si unos pocos héroes de la acción aplican
todas sus facultades personales a desarrollar en su
29
ámbito la práctica del Trabajo Solidario, exclusiva forma
de proseguir la propia realización personal y, por
ende, el progreso social.
Fueron muchos los siglos en que esos héroes de la
acción estaban obligados a seguir su camino por simple
intuición: no contaban con indiscutible patrón de conducta
o clara referencia que les permitiera comprobar cómo
esa su vocación social coincidía plenamente con el grito
de la Ley Natural y la invitación del Ser que todo lo
hizo bien y que es Principio y Fin de Todas las Cosas.
30
Lección II. EL CRISTIANISMO
I.- JESUCRISTO
Antes que sucediera ya estaba escrito: “Serán benditas
en Ti todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3).
“Fue suyo el señorío de la Gloria y del Imperio; todos los
pueblos, naciones y lenguas le sirvieron y su dominio es
eterno, que no acabará nunca y su Imperio, imperio que
nunca desaparecerá” (Dan.7-14).
“Belén de Efrata, pequeño para ser contado entre
las familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel
y se afirmará con la fortaleza de Yavé... Habrá seguridad
porque su prestigio se extenderá hasta los confines
de la Tierra” (Miq.5,2).
“Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de
sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu
de Yavé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu
de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento
y de temor de Yavé... No juzgará por vista de
ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia
al pobre y en equidad a los humildes de la Tierra”
(Is. 11,1-5).
31
“Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un
Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se
llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno,
Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).
Son innumerables las citas que, en el Libro, hablan
de la ”próxima” Venida.
Nació en Belén, durante la llamada Pax Augusta, y
“fue condenado a muerte por Poncio Pilato, procurador
de Judea en el reinado de Tiberio”. Tácito, historiador
romano del siglo II) da fe ello y lo hacen otros escritores
de la época, como Luciano, que se refiere al “sofista
crucificado empeñado en demostrar que todos los hombres
son iguales y hermanos”. Pero sobre todo... está el
testimonio de cuantos lo conocieron, pudieron decir
“Todo lo hizo bien” y comprobaron su Resurrección. A
muchos de ellos tal testimonio les costó la vida.
Claro que su prestigio ha llegado ya hasta los confines
de la Tierra. Y todo lo hizo bien por que, efectivamente,
sobre El reposa el Espíritu de Sabiduría y de
Inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu
de entendimiento y de temor de Dios. No se guía por
las apariencias, sabe leer en el fondo de los corazones y,
por lo tanto, juzga en justicia a todos los hombres.
Coeterno con el Padre, nació de mujer y, con este
natural acto, su normal pertenencia a la sociedad de la
época, de cuyos problemas se hizo partícipe, su apasionada
práctica del Bien y una Muerte absolutamente inmerecida
pero ofrecida al Padre por todos los crímenes
y malevolencias de la Humanidad, presentó a todos los
hombres el Camino, la Verdad y la Vida en que lograr la
culminación del propio ser de cada uno.
Gracias a su Vida, Muerte y Resurrección, proyecta
sobre cuanto existe la Personalidad de un Dios que se
hizo Hombre.
32
Desde entonces, todos podemos incorporarnos a su
equipo para responder cumplidamente al apasionante
desafío de “amorizar la Tierra”. Habremos de hacerlo
en personal y continua expresión de Trabajo Solidario y
Enamorado; será nuestra personal forma de colaborar
en la divina tarea de culminar la Evolución, de participar
en la obra de la Creación en marcha.
Pero hemos de situar en el lugar que corresponda a
las diatribas y aberrantes supuestos de tantos y tantos
que, a lo largo de la Historia, han pretendido usurpar el
lugar que, por su propia Naturaleza, corresponde a
nuestro Señor Jesucristo.
II.- LA SAL DE LA TIERRA
“Los buenos cristianos no se distinguen de los demás
hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus
costumbres. No habitan en ciudades exclusivamente
suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género
de vida aparte de los demás..., sino que, habitando
ciudades de cualquier punto, según la suerte que a cada
uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás
género de vida a los usos y costumbres de cada país,
dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable,
y, por confesión de todos, sorprendente...
“Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el
cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma
está esparcida por todos los miembros del cuerpo y
cristianos hay por todas las ciudades del mundo. Habita
el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo;
así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del
mundo”.
33
“El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen
lo mismo que los buenos cristianos aman también
a los que les odian. El alma está encerrada en el
cuerpo al que mantiene vivo; del mismo modo, los buenos
cristianos están detenidos en el mundo como en una
cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del
mundo”.
Son párrafos (tomados del Discurso a Diogneto)
redactados por un predicador anónimo del Siglo II. Siguen
de actualidad ¿verdad? como lo sigue su inspiración
fundamental: “Sois la sal de la Tierra, sois la luz
del Mundo” y “puesto que sois la luz del Mundo... si no
se puede ocultar la ciudad asentada sobre un monte, ni
se enciende una lámpara para ponerla bajo el celemín
sino sobre un candelero para que alumbre a cuantos hay
en la casa, vuestra luz ha de iluminar a los hombres”
(Mt 5, 13-16).
III.- LOS CRISTIANOS Y LA PROPIEDAD PRIVADA
Meollo de la actividad económica, es el llamado DERECHO
DE PROPIEDAD. De tal pretendido derecho
ya encontramos los españoles una definición “jurídica”
en las célebres PARTIDAS del cristiano rey Alfonso X:
es el “poder que home ha en su cosa de face della e en
ella lo que quisiere segund Dios e segund fuero”.
Si ahí se ve una clara referencia a la moral natural o
ley de Dios, no así en el código inspirador de toda la jurisprudencia
actual; se trata del Código Napoleón cuyo
artículo 544 dictamina: “La propiedad es el derecho de
gozar y de disponer de las cosas de la manera más absoluta
dentro de los límites que marquen las leyes o regla-
34
mentos”. Algo así ya se decía en el viejo Código Romano
que ve en la Propiedad el “ius utendi atque abutendi re
sua quatenus iuris ratio patitur” (es el derecho de usar
y de abusar de lo propio hasta el límite de la Ley).
Sin el claro matiz recordado oportunamente por el
Rey Sabio y dadas la abundantes situaciones no previstas
por la Ley, es evidente que el Derecho de Propiedad
ha resultado y resulta un autorizado sistema de acaparamiento.
Ello debe preocupar a cuantos creen en la necesidad
de que cada hombre disponga de lo necesario para cumplir
el fin que le es propio: desarrollar sus facultades
personales en Libertad, Trabajo y Generosidad.
En esa línea se han movido los promotores de la enseñanza
cristiana:
“Si la Naturaleza ha creado el derecho a la propiedad
común, es la violencia la que ha creado el derecho a
la propiedad privada”. Tal enseñaba San Ambrosio, Arzobispo
de Milán.
“Los propietarios, dice San Agustín, deben tener en
cuenta que han sido la iniquidad humana, sucesivos
atropellos y miserias... lo que ha privado a los pobres de
los bienes que Dios ha concedido a todos. En consecuencia,
se han de convertir en proveedores de los menos
favorecidos”.
Estos llamados Padres de la Iglesia, promotores de
la enseñanza cristiana, encontraron ilustrativas referencias
al tema en el Libro Sagrado, cuyas son las siguientes
categóricas precisiones:
“Yavé vendrá a juicio contra los ancianos y los jefes
de su pueblo porque habéis devorado la viña y los despojos
del pobre llenan vuestras casas. Porque habéis
aplastado a mi Pueblo y habéis machacado el rostro de
los pobres, dice el Señor” (Is.3,14).
35
“¡Ay de los que añaden casas a casas, de los que juntan
campos y campos hasta acabar el término, siendo
los únicos propietarios en medio de la tierra!” (Is.5,8).
“Ved como se tienden en marfileños divanes e, indolentes,
se tumban en sus lechos. Comen corderos escogidos
del rebaño y terneros criados en el establo...
Gustan del vino generoso, se ungen con óleo fino y no
sienten preocupación alguna por la ruina de José”
(Am.6,4).
“Codician heredades y las roban, casas y se apoderan
de ellas. Y violan el derecho del dueño y el de la casa, el
del amo y el de la heredad” (Miq.2,2).
Es el propio Jesucristo quien ilustra el tema con la
siguiente parábola:
“Había un hombre rico, cuyas tierras le dieron una
gran cosecha. Comenzó él a pensar dentro de sí diciendo:
¿Qué haré pues no tengo en donde encerrar mis cosechas?
Ya sé lo que voy a hacer: demoleré mis graneros
y los haré más grandes, almacenaré en ellos todo mi grano
y mis bienes y diré a mi alma: alma, tienes muchos
bienes almacenados para muchos años: descansa, come,
bebe, regálate... Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma
noche te pedirán el alma y todo lo que has acaparado
¿para quien será? Así será el que atesora para sí y no
es rico ante Dios” (Lc. 12,16).
De algunos de los ricos de su época, Jesucristo
arrancó el siguiente compromiso: “Daré, Señor, la mitad
de mis bienes a los pobres. Y, si en algo defraudé a
alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc. 19,8). A sí se expresó
Zaqueo y demostró cómo una privilegiada situación
económica puede traducirse en bendición social.
La función social del derecho de propiedad era una
de las principales preocupaciones de San Pablo, quien
recomendaba a sus discípulos:
36
“A los ricos de este mundo encárgales que no sean
altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de
las riquezas, sino en Dios quien, abundantemente, nos
provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el
bien, enriqueciéndonos en buenas obras, siendo liberales
y dadivosos y atesorando para el futuro con que alcanzar
la verdadera vida” (I Tim.6,14).
El rico de este mundo puede serlo en acto o en potencia:
recordemos que no son pocos los pobres obsesionados
por vivir del trabajo ajeno y, envidiosos hasta el
paroxismo, “explotar a quienes les explotan”. Unos y
otros dan argumentos a Santiago para fulminar:
“Vosotros, ricos, llorad a gritos sobre las miserias
que os amenazan. Vuestra riqueza está podrida. Vuestros
vestidos consumidos por la polilla, vuestro oro y
vuestra plata comidos por el orín. Y el orín será testigo
contra vosotros y roerá vuestra carne como fuego. Habéis
atesorado para los últimos días. El jornal de los
obreros, defraudados por vosotros, clama y los gritos de
los segadores han llegado a los oídos del Señor de los
ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados
a los placeres: os habéis cebado para el día de
la matanza” (Sn.5,6).
Sucede que lo que yo considero mío, incluso cuando
sobre ello me reconozca la ley el derecho exclusivo al
uso y al abuso, no es más que una condición para la realización
personal, vocación truncada si al mundo que me
rodea le pongo el límite de mi propio ombligo.
Pero hemos hablado de Trabajo y de Libertad. Para
que, en libertad, el Trabajo alcance un buen grado de
fecundidad necesita suficiente motivación. Claro que
tenemos al Amor como la más noble y la más fuerte de
las posibles motivaciones; pero si el Amor como fuerza
creadora y de proyección social nace de la voluntaria
37
entrega al servicio de los demás, hemos de reconocer
que no es una facultad suficientemente generalizada.
Para que el Trabajo y la Libertad sean continuos factores
de desarrollo económico y social (es inconcebible
el último sin el primero) debe ofrecerse a los actores un
amplio abanico de motivaciones. Y sin duda que no es la
menos efectiva de las motivaciones ésta que late en el
derecho de propiedad. Así es y así ha de ser reconocido
por imperativo de la Realidad.
La estabilidad y desarrollo de la economía, en gran
medida, se apoya en el afán y preocupación de los hombres
de industria y de negocio por alcanzar esas cotas
de poder social que da el uso y disfrute de determinados
bienes o posiciones. También se apoya en la solidez
jurídica de los logros personales, desde donde, a la par
que desarrollar determinados caprichos, es posible
abrir nuevos cauces a la explotación de recursos naturales
y subsiguiente creación de empresas, sin lo cual es
impensable la organización y consolidación de la vida
económica.
Es deseable que lo que hemos llamado Amor esté
presente en los actos y pensamientos de todos los hombres
y mujeres; el camino está iniciado pero progresa
con agobiante lentitud. Bueno es, entre tanto, usar de
otras motivaciones cual es el ansia de poseer o apasionado
cultivo del derecho de propiedad según los dictados
de la propia conciencia (e, incluso, conveniencia) dentro
de los límites, claro está, que marque la ley (y el aparato
fiscal).
De ahí se deduce que, si el Trabajo y la Libertad, se
muestran como imprescindibles condicionamientos del
desarrollo económico, es el espíritu generoso (o Amor)
la mejor vía para que los “regalos de la fortuna” no se
conviertan en la principal trabazón del desarrollo per-
38
sonal (“alcanzar la verdadera Vida”, según está escrito
y testimoniado).
Caben ahí las puntualizaciones de Santo Tomás de
Aquino:
“Si se le concede al hombre el privilegio de usar de los
bienes que posee, se le señala que no debe guardarlos exclusivamente
para sí: se considerará un administrador
con la voluntad de poner el producto de sus bienes al servicio
de los demás... porque nada de cuanto corresponde
al derecho humano debe contradecir al derecho natural
o divino; según el orden natural, las realidades inferiores
están subordinadas al hombre a fin de que éste las utilice
para cubrir sus necesidades. En consecuencia, parte de
los bienes que algunos poseen con exceso deben llegar a
los que carecen de ellos y sobre los que detentan un derecho
natural”.
Hay en esta acepción del derecho de Propiedad profundo
conocimiento de la naturaleza humana y de los
precisos resortes en que se apoya la voluntad de acción
al tiempo que una preocupación por la universalización
de los bienes naturales, cuyo descubrimiento y optimización,
lo sabemos muy bien, depende, en gran medida,
de la acción manual y reflexiva del hombre. Por ello, se
ha de tomar como rigurosamente realista.
No tan realista es la pretendida colectivización irracional
que, defendida apasionadamente por los utopistas
de estos dos últimos siglos, suponía a un hombre
cómodo y “socialmente productivo” desde la total
irrelevancia dentro de la masa. Lo aventurado de tal
suposición viene avalado por la más reciente historia:
sin libertad, la generosidad es sustituida por la apatía y
el trabajo se convierte en una carga sin sentido. De una
forma u otra, el hombre, para resultar como tal, ha de
aspirar a manifestarse como persona, es decir, como ser
39
perfectamente diferenciado de sus congéneres: cuando
no lo sea por su derroche de generosidad, pretenderá
serlo desde el libre ascenso hasta algo que su entorno
celebre.
Tampoco es realista el redivivo sueño calvinista de
que el poder y la riqueza son muestra de predestinación
divina o que el derecho a usar y abusar de las cosas es
una imposición de la moral natural, mensaje subliminal
que parece latir en el meollo de la llamada Economía
Clásica, alguno de cuyos teorizantes se han atrevido a
presentarse como voceros de la voluntad de Dios: “Digitus
Dei est hic”, escribió Bastiat al principio de sus “Armonías
Económicas”, libro presentado como pauta de
una cruzada hacia la verdad y la justicia por el camino
de la propiedad sin freno social alguno puesto que “el
interés exclusivamente personal de los privilegiados es
el instrumento de una Providencia infinitamente previsora
y sabia”.
El propio Adam Smith gustaba ser considerado
como moralista: defendía el acaparamiento sin medida
como un camino hacia un mundo en que habría abundancia
para todos; los insultantes atropellos son presentados
como lógica consecuencia de la marcha hacia el
progreso y no como obra de la mala voluntad o crasa falta
de preocupación por los derechos del Otro.
Pero sí que es realista asumir la circunstancia con
ánimo de humanizarla. Hubo en el pasado artífices de
progreso cuya obra fue hija del más craso egoísmo; hay
empresarios que dan trabajo sin la mínima preocupación
por cuantos rezan en su nómina... hay descubrimientos
geniales, fruto exclusivo de la vanidad de su
autor...
Entre los obreros del progreso, hemos de reconocerlo,
son pocos, poquísimos, los que cultivan el trabajo
40
enamorado y muchos, muchísimos, que cumplen una
función social (desarrollan un trabajo trascendente)
desde la sed de fama, poder o dinero, en suma, desde el
más crudo egocentrismo. Para éstos como para los más
generosos, una realista visión del Progreso pide Libertad,
por supuesto que dentro de un Ley preocupada por
zanjar ancestrales discriminaciones.
Por debajo de la generosa e incondicionada preocupación
por el prójimo (eso que estamos llamando Amor) el
entorno social brinda otras motivaciones a la participación
en el Progreso: una de las más fuertes es la aspiración
tanto a disponer caprichosamente del resultado del
propio esfuerzo como a dejar constancia de ello. Por eso
resulta socialmente positiva la institucionalización del
derecho de propiedad sobre las cosas que va más allá del
simple uso y facilita la libre disposición de ellas en operaciones
de compra, venta, donación, herencia... etc.
Y habremos de dar la razón a Comte para quien “la
propiedad privada debe ser considerada una indispensable
función social destinada a formar y administrar
los capitales que permiten a cada generación preparar
los trabajos de la siguiente”.
Tomados así, los títulos de propiedad y el dinero
son positivas herramienta de trabajo.
Desde la óptica cristiana, el derecho de propiedad
implica la administración sobre las cosas de forma que
éstas puedan beneficiar al mayor número posible de
personas. Ello obliga al “propietario” a ser riguroso en
el tratamiento de los modos y medios de producción, a
desarrollar la libertad y el amor al trabajo, a valorarse y
a valorar en la justa medida a todos sus compañeros de
empresa, a procurar que ésta se ajuste a la línea de progreso
que permiten las técnicas y sus medios económicos
y, por lo mismo, alcance la mayor proyección social
41
posible: el llamado propietario puede y debe estar
gallardamente en ese mundo sin ser de ese mundo.
Para los Cristianos el derecho de propiedad no es,
propiamente, un derecho natural pero sí una especie de
imposición de las realidades que facilitan el equilibrio y
el progreso social: es para ellos un derecho ocasional o,
si se prefiere, un privilegio consagrado por la Ley. Privilegio
que, como apuntaba Bardiaef, puede enriquecerle
espiritualmente si le empuja a procurar el bien material
de los otros hombres.
IV.- LA CIENCIA Y LA DOCTRINA
En poquísimos años y gracias a la Ciencia, la explicación
de la realidad material ha llegado a unos niveles ni
siquiera esbozados en miles de años de historia de la
Humanidad. En cambio, lo que se llama cultura laica,
muy seguramente, está por debajo del nivel en que se
movían los contemporáneos ilustrados de Aristóteles.
En la era espacial, la era del descubrimiento de lo
infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, de
los quanta y de la Teoría de la Relatividad... el razonamiento
de muchos de los ilustrados de ahora apenas va
más allá de los balbuceos presocráticos en torno al origen,
preocupaciones y destino del hombre. Ello da pie
para que los más ponderados evoquen a la democracia
de Pericles como más coherente y sólida que cualquiera
de las actuales o reconozcan a la lógica de Aristóteles
como un inigualado cauce para el humano discurrir.
Alguno de los siete sabios de Grecia podía creer y
defender de buena fe que la tierra era un cilindro con
altura superior en tres veces a su diámetro y descansan-
42
do sobre los hombros de un Titán mientras que impartía
doctrinas muy capaces de diferenciar la realidad de la
fantasía en los problemas de realización personal. A la
inversa, en nuestra época, pululan llamados sociólogos
totalmente ajenos a la complejidad de la materia o a las
cuestiones que despierta la grandiosidad del Universo
mientras que celebradas lumbreras de la Ciencia, con
supino atrevimiento, niegan al hombre cualquier excepcionalidad
respecto a sus otros compañeros del reino
animal.
Aun tan palmaria constatación, no es raro prestar
mayor autoridad a las dogmatizaciones que, sobre la
autosuficiencia de la materia, formula un profesional del
pensamiento especulativo que a las experimentadas
conclusiones de un paciente investigador empeñado en
desentrañar los más intrincados vericuetos de la realidad
material. Este y no el otro dispone de conocimientos
y medios para situar al progreso científico en su justa
dimensión; no será lo mismo si se atreve a dogmatizar
sobre tal o cual parcela de la mente humana,
Ello no obstante, cada día, vemos cómo científicos
y pensadores rivalizan en presentar particulares versiones
del Absoluto; puede que lo hagan totalmente
ajenos al rigor y solamente preocupados por canalizar
hacia su ego cualquier imaginable suposición sobre el
origen o sentido de la realidad material y del pensamiento:
si se descubre en la materia una insospechada
complejidad, pensador habrá que preste a la materia la
capacidad de autoregenerarse y, puesto que es aceptado
como filósofo, se atreverá a presumir de que, con
ello, abre nuevos cauces al destino espiritual de la
Humanidad. Por el mismo orden de cosas, tal o cual
ilustre Físico puede ser aceptado o presumir de ser el
mejor director espiritual.
43
En realidad, son cosas que han ocurrido en cualquier
época de la historia y que, desgraciadamente, despiertan
eco en multitud de mentalidades sencillas y
abiertas a lo que suena bien aunque resulte absolutamente
incomprensible y muy poco relacionado con sus
más acuciantes preocupaciones.
Ha sido preciso romper las fronteras de lo grande y
de