martes, 16 de mayo de 2006
PREFACIO
Voy a poner por escrito un cuento, tal como me lo contó uno que lo sabía por su padre, el cual lo supo anteriormente por su padre; este último de igual manera lo había sabido por su padre... y así sucesivamente, atrás y más atrás, más de trescientos años, en que los padres se lo transmitían a los hijos y así lo iban conservando. Puede ser historia, puede ser sólo leyenda, tradición. Puede haber sucedido, puede no haber sucedido: pero podría haber sucedido. Es posible que los doctos y los eruditos de antaño lo creyeran; es posible que sólo a los indoctos y a los sencillos les gustara y la creyeran.
CAPITULO I
NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE Y DEL MENDIGO
En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le na-ció un niño a una familia pobre, de ape¬llido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tu¬dor, que sí lo deseaba. Toda Ingla¬terra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tan¬to a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de ale¬gría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mun¬do se tomó un día de fiesta; en¬cumbrados y humildes, ricos y po¬bres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches. De día Londres era un espectáculo digno de verse, con sus alegres banderas ondeando en cada balcón y en cada tejado y con vistosos desfiles por las calles. De noche era de nuevo otro espectácu¬lo, con sus grandes fogatas en todas las esquinas y sus grupos de parran¬distas alegres alborotando en,torno de ellas. En toda Inglaterra no se hablaba sino del nuevo niño, Eduar¬do Tudor, Príncipe de Gales, que dormía arropado en sedas y rasos, ignorante, de todo este bullicio, sin saber que lo servían y lo cuidaban grandes lores y excelsas damas, y, sin importarle, además. Pera no se hablaba del otro niño, Tom Canty, envuelto en andrajos, excepto entre la fa-milia de mendigos a quienes justo había venido a importunar con su presencia.
CAPÍTULO II
LA INFANCIA DE TOM
Saltemos unos cuantos años. Londres tenía mil quinientos años de edad, y era una gran ciudad... para entonces. Tenía cien mil habi¬tantes algunos piensan que el do¬ble.
Las calles eran muy angostas y sinuosas y sucias, especialmente en la parte en que vivía Tom Can-ty, no lejos del Puente de Londres. Las casas eran de madera, con el se¬gundo piso proyectándose sobre el primero, y el tercero hincando sus codos más allá del segundo. Cuanto más altas las casas tanto más se en¬sanchaban. Eran esqueletos de grue¬sas vigas entrecruzadas, con sólidos materiales intermedios, revestidos de yeso. Las vigas estaban pintadas de rojo, o de azul o de negro, de acuerdo al gusto del dueño, y esto prestaba a las casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas eran chi¬cas, con cristales pequeños en for¬ma de diamante, y se abrían hacia afuera, con bisagras, como puertas.
La casa en que vivía el padre de Tom se alzaba en un inmundo ca¬llejón sin salida, llamado Offal Court, mas allá de Pudding Lane. Era pe¬queña, destartalada y casi ruinosa, pero estaba atestada de familias mi¬serables. La tribu de Canty ocupa¬ba una habitación en el tercer piso. El padre y la madre tenían una es¬pecie de cama en un rincón, pero Tom, su abuela y sus dos hermanas, Bet y Nan, eran libres: tenían todo el suelo para ellos y podían dormir donde quisieran. Había restos de una o dos mantas y algunos haces de paja vieja y sucia, que no se podían llamar con propiedad camas, pues no estaban acomodados, y a puntapiés se les mandaba a formar un gran montón, en la ma-ñana, y de ese montón se hacían apartijos para el uso nocturno.
Bet y Nan, gemelas, tenían quin¬ce años. Eran niñas de buen cora¬zón, sucias, harapientas y de profun¬da ignorancia. Su madre era como ellas. Mas el padre y la abuela eran un par de demonios. Se emborra¬chaban siempre que podían, luego se peleaban entre sí o con cualquiera que se les pu-siera delante; maldecían y juraban siempre, ebrios o sobrios. Juan Canty era ladrón, y su madre pordiosera. Hicieron pordioseros a los niños, mas no lograron hacerlos ladrones. Entre la desgra-ciada ralea pero sin formar parte de ella¬ que habitaba la casa, había un buen sacerdote viejo, a quien el rey ha¬bía deudo sin casa ni hogar con sólo una pensión de unas cuantas monedas de co-bre, que acostumbraba llamar a los niños y enseñarles secretamente el buen camino. El padre An-drés también enseñó a Tom un poco de latín, y a leer y escribir; y habría hecho otro tanto con las niñas, pero éstas temían las burlas de sus amigas, que no habrían su¬frido en ellas una educación tan especial.
Todo Offal Court era una col¬mena igual que la casa de Canty. Las borracheras, las riñas y los al-bo¬rotos eran lo normal cada noche, y casi toda la noche. Los descalabros eran tan comunes como el hambre en aquel lugar. Sin embargo, el pe¬queño Tom no era infeliz. La pasaba bastante mal, pero no lo sabía. La pasaba enteramente lo mismo que todos los muchachos de Offal Court, y por consiguiente suponía que aque¬lla vida era la verdadera y cómoda. Cuando por las noches volvía a casa con las manos vacías, sabía que su padre lo maldeciría y gol¬pearía primero, y que cuando el hu¬biera terminado, la detestable abuela lo haría de nuevo, mejorado; y que entrada la noche, su famélica ma¬dre se deslizaría furtivamente hasta él con cualquier miserable men¬drugo de corteza que hubiera po¬dido guardarle, quedándose ella mis¬ma con hambre, a despecho de que frecuente-mente era sorprendida en aquella especie de traición y golpea¬da por su marido.
No. La vida de Tom transcurría bastante bien, especialmente en ve¬rano. Mendigaba sólo lo ne-cesario para salvarse, pues las leyes contra la mendicidad eran estrictas, y gra¬ves las penas, y reser-vaba buena parte de su tiempo para escuchar los encantadores viejos cuentos y le¬yendas del buen padre Andrés acer¬ca de gigantes y hadas, enanos, y genios, y castillos encantados y mag¬níficos re-yes y príncipes. Llenósele la cabeza de todas estas cosas ma¬ravillosas, y más de una noche, cuando yacía en la oscuridad, sobre su mezquina y hedionda paja, can¬sado, hambriento y dolorido de una paliza, daba rienda suelta a la ima¬ginación y pronto olvidaba sus penas y dolores, representándose delicio¬samente la espléndida vida de un mimado príncipe en un palacio real. Con el tiempo un deseo vino a cau¬tivarlo día y noche: ver a un prín¬cipe de verdad, con sus propios ojos. Una vez les habló de ello a sus camaradas de Offal Court; pero se burlaron y escarnecieron tan des¬piadamente, que después de aque¬llo guardó, gustosamente para sí su sueño.
A menudo leía los viejos libros del sacerdote y le hacía explicárse¬los y explayarse. Poco a poco, sus sueños y lecturas operaron ciertos cambios en él. Sus personas enso¬ñadas eran tan refinadas, que él empezó a lamentar sus andrajos y su suciedad, y a desear ser limpio y mejor vestido. De todos modos siguió jugando en el lodo y divir¬tiéndose con ello, pero en vez de chapotear en el Támesis sólo por diversión, empezó a encontrar un nuevo valor en él por el lavado y la limpieza que le procuraba.
Tom encontraba siempre algún su¬ceso en torno del Mayo de Cheap¬side y en las ferias, y de cuando en cuando, él y el resto de Londres tenían oportunidad de presenciar una parada militar cuando algún famo¬so infortunado era llevado prisio¬nero a la Torre, por tierra o en bote. Un día de verano vio quemar en la pira de Smithfield a la pobre Ana Askew y a tres hombres, y oyó a un ex-obispo predicarles un ser¬món, que no le interesó. Sí, la vida de Tom era variada, y, en conjun¬to, bastante agradable.
Poco a poco, las lecturas y los sueños de Tom sobre la vida prin¬cipesca le produjeron un efecto tan fuerte que empezó a hacer el prín¬cipe, inconscientemente. Su discurso y sus modales se volvie-ron singular¬mente ceremoniosos y cortesanos, para gran admiración y diversión de sus íntimos. Pero la influencia de Tom entre aquellos muchachos em¬pezó a crecer, ahora, de día en día, y con el tiempo vino a ser mirado por ellos con una especie de temor reverente, como a un ser superior. ¡Parecía saber tanto, y sabía hacer y decir tantas cosas maravillosas, y además era tan profundo y tan sa¬bio!
Las observaciones de Tom y los actos de Tom eran reportados por los niños a sus mayores, y és-tos también empezaron a hablar de Tom Canty y a considerarlo como una criatura extraordinaria y de grandes dotes. Gente madura le llevaba sus dudas a Tom para que se las solucionara, y a me-nudo quedaba pas¬mada ante el ingenio y la sabiduría de sus decisiones. De hecho se tornó un ver-dadero héroe para todos cuan¬tos le conocían, excepto para su propia familia; ésta, en realidad, no veía nada en él.
Poco después, privadamente Tom organizó una corte real. Él era el príncipe; sus más cercanos camara¬das eran guardas, chambelanes, es¬cuderos, lores, damas de la corte y familia real. A diario el príncipe fingido era recibido con elaborados ceremoniales copiados por Tom de sus lecturas nove-lescas; a diario, los graves sucesos del imaginario reino se discutían en el consejo real, y a diario Su fingida Alteza promulga¬ba decretos para sus imaginarios ejércitos, armadas y virreyes. Des¬pués de lo cual seguiría adelante con sus andrajos y mendigaría unos cuantos ardites, comería su pobre cor-teza, recibiría sus acostumbradas golpizas e insultos y luego se ten¬dería en su puñado de sucia paja, y reanudaría en sus sueños sus vanas grandezas.
Y aun su deseo de ver una sola vez a un príncipe de carne y hueso cre¬cía en él día con día, se-mana con semana, hasta que por fin absorbió todos sus demás deseos y llegó a ser la pasión única de su vida.
Cierto día de enero, en su habitual recorrido de pordiosero, vagaba desalentado por el sitio que rodea Mincing Lane, y Little East Cheap, hora tras hora, descalzo y con frío, mirando los escapara-tes de los figo¬nes y anhelando las formidables em¬panadas de cerdo y otros inventos letales ahí ex-hibidos, porque, para él, todas aquellas eran golosinas dig¬nas de ángeles, a juzgar por su olor, ya que nunca había tenido la buena suerte de comer alguna. Caía una fría llovizna, la atmósfera esta-ba sombría, era un día melancólico. Por la noche llegó Tom a su casa tan mojado, rendido y ham-briento, que su padre y su abuela no pudie¬ron observar su desamparo sin sen¬tirse conmovidos ––a su estilo––; de ahí que le dieran una bofetada de una vez y lo mandaran a la cama. Largo rato le mantuvieron despierto el do¬lor y el hambre, y las blasfemias y golpes que continuaban en el edi¬ficio; mas al fin sus pensamientos flotaron hacia lejanas tierras ima¬ginarias, y se durmió en compa-ñía de enjoyados y lustrosos príncipes que vivían en grandes palacios y tenían criados zalameros ante ellos o volando para ejecutar sus órdenes. Luego, como de costumbre, soñó que él mismo era príncipe. Durante toda la noche las glorias de su regio estado brillaron sobre él. Se movía entre grandes señores y damas, en una atmósfera de luz, aspirando per¬fumes, escuchando deliciosa músi-ca y respondiendo a las reverentes cor¬tesías de la resplandeciente muche¬dumbre que se separaba para abrirle paso, aquí con una sonrisa y allá con un movimiento de su princi¬pesca cabeza. Y cuando despertó por la mañana y contempló la mi¬seria que le rodeaba, su sueño sur¬tió su efecto habitual: había inten¬sificado mil veces la sordidez de su ambiente. Después vino la amargu¬ra, el dolor y las lágrimas.
CAPÍTULO III
ENCUENTRO DE TOM Y EL PRÍNCIPE
Tom se levantó hambriento, y hambriento vagó, pero con el pen¬samiento ocupado en las som-bras esplendorosas de sus sueños noc¬turnos. Anduvo aquí y allá por la ciudad, casi sin saber a dónde iba o lo que sucedía a su alrededor. La gente lo atropellaba y algunos lo injuriaban, pero todo ello era indi¬ferente para el meditabundo mu¬chacho. De pronto se encontró en Temple Bar, lo más lejos de su casa que había llegado nunca en aquella dirección. Detúvose a reflexionar un momento y en seguida volvió a sus imaginaciones y atravesó las mura¬llas de Londres. El Strand había cesado de ser camino real en aquel entonces y se consideraba como ca¬lle, aunque de cons-trucción desigual, pues si bien había una hilera bas¬tante compacta de casas a un lado, al otra sólo se veían unos cuantos edificios grandes desperdigados: pa¬lacios de ricos nobles con amplios y her-mosos parques que se exten¬dían hasta el río; parques que ahora están encajonados por horrendas fincas de ladrillo y piedra.
Tom descubrió Charing Village y descansó ante la hermosa cruz cons¬truida allí por un afligido rey de antaño; luego descendió por un ca¬mino hermoso y tranquilo, más allá del magnífico pala-cio del gran car¬denal, hacia otro palacio mucho más grande y majestuoso: el de West¬minster. Tom miraba azorado la gran mole de mampostería, las ex¬tensas alas, los amenazadores bas¬tiones y to-rrecillas, la gran entrada de piedra con sus verjas doradas y su magnífico arreo de colosales leo¬nes de granito, y los otros signos y emblemas de la realeza inglesa. ¿Iba a satisfacer, al, fin, el anhelo de su alma? Aquí estaba, en efecto, el palacio de un rey. ¿No podría ser que viera a un príncipe ––a un príncipe de carne y hueso–– si lo quería el cielo?
A cada lado de la dorada verja se levantaba una estatua viviente, es decir, un centinela erguido, impó¬nente e inmóvil, cubierto de pies a cabeza con bruñida armadura de acero. A respetuosa dis-tancia esta¬ban muchos hombres del campo y de la ciudad, esperando cualquier destello de realeza que pudiera ofre¬cerse. Magníficos carruajes, con prin¬cipalísimas personas dentro, y no menos es-pléndidos lacayos fuera, lle¬gaban y partían por otras soberbias puertas que daban paso al real re¬cinto. El pobre pequeño Tom, cu¬bierto de andrajos, se acercó con el corazón palpitante y mayores es¬peranzas empezaba a escurrirse lenta y cautamente por delante de los centinelas, cuando de pronto divisó, –– a través de las doradas verjas, un espectáculo que casi lo hizo gritar de alegría. Dentro se hallaba un apuesto muchacho, curtido y more¬no por los ejercicios y juegos al aire libre, cuya ropa era toda de seda y raso, resplandeciente de joyas. Al cinto traía espada y daga ornadas de piedras preciosas, en los pies finos zapatos de tacones rojos y en la cabeza una airosa gorra carmesí con plumas sujetas por un cintillo grande y reluciente. Cerca estaban varios caballeros de elegantes trajes, seguramente sus criados. ¡Oh!, era un príncipe ––un príncipe, ¡un prín¬cipe de ver-dad, un príncipe vivien¬te––, sin sombra de duda! ¡Al fin había respondido el cielo a las pre¬ces del corazón del niño mendigo!
El aliento se le aceleraba y entre¬cortaba de entusiasmo, y se le agran¬daban los ojos de pasmo y deleite.
Todo en su mente abrió paso al instante a un deseo, el de acercarse al príncipe y echarle una mi-rada larga y devoradora. Antes de darse cuenta ya estaba con la cara pegada a las barras de la ver-ja. Al mo¬mento, uno de los soldados lo arran¬có violentamente de allí y lo mandó dando vueltas contra la muchedum¬bre de campesinos boquiabiertos y de londinenses ociosas. El soldado dijo:
––¡Cuidado con los modales, tú, pordioserillo!
La multitud, se burló y rompió en carcajadas; mas el joven príncipe saltó hacia la verja, con el rostro encendido, sus ojos fulgurando de indignación, y exclamó:
––¡Cómo osas tratar así a un po¬bre chico! ¡Cómo osas tratar así aun al más humilde vasallo del rey mi padre! ¡Abre las verjas y déjale entrar!
Deberíais de haber visto entonces a aquella veleidosa muchedumbre arrancarse el sombrero de la cabeza. La deberíais de haber oído aplaudir y gritar: “¡Viva el Príncipe de Ga¬les!”
Los soldados presentaron armas con sus alabardas, abrieron las ver¬jas y volvieron a presentar armas cuando el pequeño Príncipe de la Pobreza entró con sus andrajos on¬dulando, a estrechar la mano del Príncipe de la Abundancia Ilimi¬tada.
Eduardo Tudor dijo:
––Parécesete cansado y hambrien¬to. Te han tratado injustamente. Ven conmigo.
Media docena de circunstantes se abalanzaron a ––no sé qué—..., ––sin duda a interferir. Mas fueron apar¬tados mediante regio ademán, y se quedaron clavados inmóviles donde estaban, como otras tantas estatuas. Eduardo se llevó a Tom a una rica estancia en el palacio, que llamaba su ga-binete. A su mandato trajeron una colación como Tom no había encontrado jamás, salvo en los li¬bros. El príncipe, con delicadeza y maneras principescas, despidió a los criados para que su humilde hués¬ped no se sintiera cohibido con su presencia criticona; luego se sentó cerca de Tom a hacer preguntas mientras aquél comía:
––¿Cuál es tu nombre, muchacho? Tom Canty, para serviros, se¬ñor.
––Raro es. ¿Dónde vives?
––En la ciudad, señor, para ser¬viros. En Offal Court, más allá de Pudding Lane.
––¡En Offal Court! Raro es tam¬bién este otro. ¿Tienes padres?
Padres tengo, señor, y una abue¬la, además, a la que quiero poco, Dios me perdone si es ofensa de¬cirlo, también hermanas gemelas, Nan y Bet.
––De manera que tu abuela no es muy bondadosa contigo.
––Ni con nadie, para que sea ser¬vida Vuestra Merced. Tiene un co¬razón perverso y maquina siempre la maldad.
––¿Te maltrata?
––Hay veces que detiene la mano, estando dormida o vencida por la bebida; pero en cuanto tiene claro el juicio me lo compensa, con bue¬nas palizas.
Una fiera mirada asomó a los ojos del principito, y exclamó:
–¡Cómo! ¿Palizas?
––Por cierto que sí, si os place, señor.
––¡Palizas! Y tú tan frágil y pe¬queño. Escucha: al caer la noche tu abuela entrará a la Torre. El rey, mi padre...
––En verdad, señor, olvidáis su baja condición. La Torre es sólo para los grandes.
––Cierto. No había pensado en eso. Consideraré su castigo. ¿Es bue¬no tu padre para contigo?
––No más que la abuela Canty, señor.
––Tal vez los padres sean pare¬cidos. El mío no tiene dulce tem¬peramento. Golpea con mano pe-sa¬da pero conmigo se refrena. A decir verdad, no siempre me perdona su lengua. ¿Cómo te trata tu madre?
––Ella es buena, señor, y no me causa amarguras ni sufrimientos de ninguna clase. En eso Nan y Bet son como ella.
¿Qué edad tienen?
––Quince años, que os plazca, se¬ñor.
––Lady Isabel, mi hermana, tiene catorce, y lady Juana Grey, mi prima, es de mi misma edad, y gen¬til y graciosa, además, pero mi her¬mana lady María, con su semblante triste y... Oye: ¿Prohíben tus her¬manas a sus criadas que sonrían para que no destruya sus almas el pecado?
––¿Ellas? ¡Oh! ¿Creéis que ellas tienen criadas?
El pequeño príncipe contempló al¬ pequeño mendigo con gravedad un momento; luego dijo:
––¿Por qué no? ¿Quién las ayuda a desvestirse por la noche? ¿Quién las viste cuando se levan-tan?
––Nadie, señor. ¿Querrías que se quitaran su vestido y durmieran sin él, como los animales?
––¿Su vestido? ¿Sólo tienen uno?
––¡Oh!, buen señor, ¿qué harían con más? En verdad no tienen dos cuerpos cada una.
––Esa es una idea curiosa y ma¬ravillosa. Perdóname, no he tenido intención de reírme. Pero tus bue¬nas Nan y Bet tendrán sin tardar ropas y sirvientes, y ahora mismo. Mi mayordomo cuidará de ello. No, no me lo agradezcas; no es nada. Hablas bien; con gracia natural. ¿Eres instruido?
––No sé si lo soy o no, señor. El buen sacerdote que se llama padre Andrés, me enseñó, bonda-do¬samente, en sus libros.
––¿Sabes el latín?
––Escasamente, señor.
––Apréndelo, muchacho: sólo es difícil al principio. El griego es más difícil, pero ni éstas ni otras lenguas son difíciles, creo, para lady Isabel y para mi prima. ¡Tendrías que oírlo a estas damiselas! Pero cuéntame de tu Offal Court. ¿Es agradable tu vida allí?
––En verdad, sí, señor, salvo cuan¬do uno tiene hambre. Hay títeres y monos ––¡oh, qué criaturas tan tra¬vieras y qué gallardas van vesti¬das!––, y hay comedias en que los comediantes gritan y pe-lean hasta caer muertos todos; es tan agrada¬ble de ver, y cuesta sólo una blanca aunque es muy difícil conseguir la¬ blanca.
––Cuéntame más.
––Nosotros, los muchachos de Offal Court, luchamos unos con otros con un garrote, al modo de aprendices, señor.
Los ojos del príncipe centellea¬ron. Dijo:
––A fe mía, esto no me desagra¬daría. Cuéntame más.
––Jugamos carreras, señor, para ver quién de nosotros será el más veloz.
––También esto me gustaría. Si¬gue.
––En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el río, y cada uno chapuza a su ve-cino, y lo salpica de agua, y se sumerge, y grita, y se revuelca, y...
––Valdría el reino de mi padre disfrutarlo aunque fuera una vez. Te ruego que prosigas.
––Danzamos y cantamos en tor¬no al mayo en Cheapside; juga¬mos en la arena, cada uno cu-briendo a su vecino; a veces hacemos paste¬les de barro ––ah, el hermoso barro, no tiene par en el mundo para di¬vertirse––; nos revolcamos primo¬rosamente en el señor, con perdón de Vuestra Merced.
––¡Oh!, te ruego que no digas más. ¡Es maravilloso! Si pudiera vestir ropa como la tuya, desnu-dar mis pies y gozar en el barro una vez tan solo, sin nadie que me cen¬sure y me lo prohíba, me parece que renunciaría a la corona.
––Y si yo pudiera vestirme una vez, dulce señor, como vos vais vestido; tan sólo una vez...
¡Ah! ¿Te gustaría? Pues así será. Quítate tus andrajos y ponte estas galas, muchacho. Es una dicha breve, pero no por ello menos viva. Lo haremos mientras podamos y nos volveremos a cambiar antes de que alguien venga a molestamos.
Pocos minutos más tarde, el pe¬queño Príncipe de Gales estaba ata¬viado con los confusos andra-jos de Tom, y el pequeño Príncipe de la Indigencia estaba ataviado con el vistoso plumaje de la realeza. Los dos fueron hacia un espejo y se pa¬raron uno junto al otro, y, ¡hete aquí, un milagro: no parecía que se hubiera hecho cambio alguno! Se miraron mutuamente ––con asom¬bro, luego al espejo, luego otra vez uno al otro. Por fin, el perplejo principillo dijo:
––¿Qué dices a esto?
––¡Ah, Vuestra Merced, no me pidáis que os conteste! No es con¬veniente que uno de mi condi-ción lo diga.
––Entonces lo diré yo. Tienes el mismo pelo, los mismos ojos, la misma voz y porte, la misma fi-gura y estatura, el mismo rostro y con¬tinente que yo. Si saliéramos des¬nudos públicamente, no habría na¬die que pudiera decir quién eras tú y quién el Príncipe de Gales. Y ahora que estoy vesti-do como tú estabas vestido, me parece que po¬dría sentir casi lo que sentiste cuando ese brutal sol-dado... Espera ¿no es un golpe lo que tienes en la mano?
––Sí, pero es cosa ligera, y Vues¬tra Merced sabe muy bien que el pobre soldado...
––¡Silencio! Ha sido algo vergon¬zoso .y cruel ––exclamó el pequeño príncipe golpeando con su pie des¬nudo––. Si el rey... ¡No des un paso hasta que yo vuelva! ¡Es una orden!
En un instante agarró y guardó un objeto de importancia nacional que estaba sobre la mesa, y atravesó la puerta, volando por los jardines del palacio, con sus andrajos tre¬molando, con el ros-tro encendido y los ojos fulgurantes: Tan pronto llegó a la verja, asió los barrotes e intentó sacu-dirlos gritando:
––¡Abrid! ¡Desatrancad las ver¬jas!
El soldado que había maltratado a Tom obedeció prontamente; cuan¬do el príncipe se precipitó a través de la puerta, medio sofocado de regia ira, el soldado le asestó una sonora bofetada en la oreja, que lo mandó rodando al camino.
––Toma eso ––le dijo––, tú, por¬diosero, por lo que me ganaste de Su Alteza.
La turba rugió de risa. El prín¬cipe se levanto del lodo y se aba¬lanzó al centinela, gritando:
––Soy el Príncipe de Gales, mi persona es sagrada. Serás colgado por poner tu mano sobre mí.
El soldado presentó armas con la alabarda y dijo burlonamente:
––Saludo a Vuestra graciosa Al¬teza. Y colérico: ¡Lárgate, basura demente!
Entonces la regocijada turba ro¬deó al pobre principito y lo empujó camino abajo, acosándolo–– y gritan¬do: “¡Paso a Su Alteza Real!, ¡paso al Príncipe de Gales!”
CAPÍTULO IV
COMIENZAN LOS PROBLEMAS DEL PRÍNCIPE
Después de horas de constante acoso y persecución, el pequeño príncipe fue al fin abandonado por la chusma y quedó solo. Mientras había podido bramar contra el po¬pulacho, y amenazarlo regiamente, y proferir mandatos que eran ma¬teria de risa fue muy entretenido pero cuando la fati-ga lo obligó fi¬nalmente al silencio, ya no les sirvió a sus atormentadores, que buscaron diversión en otra parte. Ahora miró a su alrededor, mas no pudo reco¬nocer el lugar. Estaba en la ciudad de Londres: eso era todo lo que sabía. Se puso en marcha, a la ventura, y al poco rato las casas se es-trecharon y los transeúntes fueron menos frecuentes. Bañó sus pies en¬sangrentados en el arroyo que co¬rría entonces adonde hoy está la calle Farrington; descansó breves momentos, continuó su camino y pronto llegó a un gran espacio abier¬to con sólo unas cuantas casas dis¬persas y una iglesia maravillosa. Re¬conoció esta iglesia. Había andamios por doquier, y enjambres de obreros, porque estaba siendo sometida a elaboradas reparaciones. El príncipe se animó de inmediato, sintió que sus problemas tocaban a su fin. Se dijo: “Es la antigua iglesia de los frailes franciscanos, que el rey mi padre quitó a los frailes y ha donado como asilo perpetuo de niños po¬bres y desamparados, rebautizada con el nombre de Iglesia de Cristo. De buen grado servirán al hijo de aquel que tan generoso ha sido para ellos, tanto más cuanto que ese hijo es tan pobre y tan abandonado como cualquiera que se ampare aquí hoy y siempre.
Pronto estuvo en medio de una multitud de niños que corrían, sal¬taban, jugaban a la pelota y a saltar cabrillas o que se divertían de otro modo, y muy ruidosamente. Todos vestían igual y a la moda que en aquellos tiempos prevalecía entre los criados y los aprendices1, es decir, que cada uno llevaba en la coroni¬lla una gorra negra plana, como del tamaño de un plato, que no servía para protegerse, por sus escasas di¬mensiones, ni tampoco de adorno. Por debajo de ella raía el pelo, sin raya, hasta el medio de la frente y bien recortado a lo redondo; un alzacuello de clérigo; una toga azul ceñida que caía hasta las rodillas o más abajo; mangas largas; ancho cinturón rojo; medias de color ama¬rillo subido con la liga arriba de las rodillas; zapatos bajos con gran¬des hebillas de metal. Era un traje asaz feo.
1. LA INDUMENTARIA DE LOS ASILADOS EN EL HOSPITAL DE CRISTO Se trataba en realidad de un traje copiado del que usaban las habitantes del Londres de aquella época, cuando un largo gabán azul era la vestimenta corriente de los aprendices y de dos criados, y se usaban por lo gene-ral medias amár llas. El gabán se ajustaba al cuerpo, pero tenía mangáis holgadas, y bajo todo ello se llevaba un chaleco sin mangas, de color amarillo; y la cintura se delineaba con un cinturón de cuero rojo. El chaleco se cerraba con un alzacuello, y la indu¬mentaria se completaba con una gorra plana, del tamaño de un plato de postre. Timbs, Curiosidades de Londres.
Los niños dejaron sus juegos y se agruparon en torno al príncipe, que dijo con ingénita dignidad:
––Buenos niños, decid a vuestro señor que Eduardo, el Príncipe de Gales, desea hablar con él.
Ante esto, se alzó una enorme gritería, y un chico grosero dijo:
–––Por ventura eres tú mensaje¬ro de Su Gracia, mendigo?
El rostro del príncipe se sonrojó de ira y su ágil mano se dirigió veloz a la cadera, pero no había nada allí. Se desató una tempestad de risas y un muchacho dijo:
––¿Advertisteis? Se figuró que te¬nía una espada. ––Quizá sea el mis¬mo príncipe.
Esta salida trajo más risas El pobre Eduardo se irguió altivamente y dijo:
––Soy el príncipe y mal os sienta a vosotros, que vivís de la bondad de mi padre, tratarme así.
Esto lo disfrutaron mucho, según lo testificaron las risas. El joven que había hablado el primero gritó a sus compañeros:
––Basta, cerdos, esclavos, pensio¬nistas del regio padre de Su Gracia!, ¿dónde están vuestros mo-dales? ¡De rodillas, todos vosotros, y haced re¬verencia a su regio porte y a sus reales andrajos!
Con ruidosa alegría cayeron de rodillas como uno solo e hicieron a su presa burlón homenaje. El prín¬cipe pateó al muchacho mas próxi¬mo y dijo fieramente:
Toma eso, mientras llega la mañana y te levanto una horca.
¡Ah, pero esto no era ya una broma, esto iba pasando de diver¬sión! Cesaron al instante las risas, y tomó su lugar la furia. Una do¬cena gritó: “¡Cogedle! ¡Al abreva¬dero de los caballos! ¡Al abreva-dero de los caballos! ¿Dónde están los perros? ¡Eh, León! ¡Eh, Colmillos!”
Siguió luego algo que Inglaterra no había visto jamas: la sagrada persona del heredero del trono abo¬feteada por manos plebeyas y ata¬cada y mordida por perros.
Ese día cuando cerró la noche, el príncipe se encontró metido en la parte más edificada de la ciudad. Su cuerpo estaba golpeado, sus ma¬nos sangraban y sus andrajos esta¬ban sucios de lodo. Vagó más y más, cada vez más aturdido, y tan cansado y débil que apenas podía levantar los pies. Había cesado de hacer cualquier pregunta, puesto que sólo le ganaban insultos en lugar de infor-mación. Continuaba diciendo entre dientes: “Offal Court, ése es el nombre. Si tan sólo pudiera en¬contrarlo antes de que mi fuerza se agote por completo y me derrum¬be, estaré salvado, porque su gente me llevará al palacio y probara que no soy de los suyos, sino el verda¬dero príncipe; y tendré de nuevo lo que es mío.” Y de cuando en cuando su mente recordaba el trato que le habían dado los groseros mu¬chachos del Hospital de Cristo, y decía: “Cuando sea rey, no sólo ten¬drán pan y albergue, sino enseñanza con libros, porque la barriga llena vale poco cuando mueren de ham¬bre la mente y el corazón. Guar¬daré esto muy bien en mi memoria: que la lección de este día no se pierda y por ello sufra mi pueblo; porque el aprender suaviza el cora¬zón y presta gentileza y cari-dad.”2
2. Según parece, el Hospital de Cristo no fue fundado originalmente como es¬cuela; su finalidad era la de rescatar a los niños de das calles, darles techo, alimentación, vestido, etc. Timbs, Curiosi-dades de Londres.
Comenzaron a parpadear las lu¬ces, empezó a llover, se alzó el vien¬to y cerró la noche cruda y tem¬pestuosa. El príncipe sin hogar, el desamparado heredero del trono de Inglaterra, siguió ade-lante, hundién¬dose en lo profundo de un laberinto de callejones escuálidos en que se apiñaban las hacinadas colmenas de pobreza y miseria.
De pronto un enorme rufián bo¬rracho lo agarró del cuello y le dijo:
––¡Otra vez en la calle a estas horas de la noche y no traes ni una blanca a casa, lo aseguro! ¡Si así es, y no te rompo todos los huesos de tu flaco cuerpo, entonces no soy Juan Canty, sino algún otro!
El príncipe se retorció para li¬brarse, sacudió el hombro incons¬cientemente y dijo de inmediato:
––¡Ah! ¿Eres su padre? ¿De ve¬ras? Quiera el cielo que sea así, pues entonces irás por él y me de-vol¬verás.
––¿Su padre? No sé qué quieres decir. Lo que sí sé es que soy tu pa¬dre, como no tardarás en ver-lo.
––¡Oh! ¡No te burles, no te mo¬fes, no te demores! Estoy herido, no puedo resistir más. Llévame al rey mi padre y él te hará rico como no has podido soñar jamás. Créeme, créeme: no digo men-tira, sino la verdad pura. Retira tu mano y sál¬vame. Soy realmente el Príncipe de Gales.
El hombre lo miró, estupefacto, luego meneó la cabeza y refunfuñó:
––¡Está loco de remate como cualquier fulano del manicomio! ––Lo agarró de nuevo por el cue¬llo, y dijo con una grosera carcaja¬da y un juramento––: Pero loco o no loco, yo y tu abuela Canty en¬contraremos muy pronto dónde está lo más blando de tus huesos, o no soy hombre verdadero.
Con esto arrastró al enfurecido y forcejeante príncipe, que no dejaba de resistirse, y desapareció por una callejuela, seguido por un turbulen¬to y regocijado enjambre de saban¬dijas humanas.
CAPÍTULO V
TOM COMO UN PATRICIO
Tom Canty, solo en el gabinete del príncipe, hizo buen uso de la ocasión. Volviáse de este y del otro lado ante el gran espejo, admirando sus galas;. luego dio unos pasos imi¬tando el porte altivo del príncipe y sin dejar de observar los resultados en el espejo. Sacó después la her¬mosa espada y se inclinó, besando la hoja y cruzándola sobre el pe¬cho, como había visto hacer a un caballero noble, por vía de saludo al lugarteniente de la Torre, cinco o seis semanas atrás, al poner en sus manos a los grandes lores de Norfolk y de Surrey, en calidad de prisioneros. Jugó Tom con la daga engastada en joyas que pendía de su cadera; examinó el valioso y bello decorado del aposento; probó cada una de las suntuosas sillas, y pensó cuán orgulloso se sentiría si el rebaño de Offal Court pudiera asomarse y verlo en esta grandeza. Preguntóse si creerían el maravillo¬so suceso que les contaría al volver a casa, o si menearían la cabeza diciendo que su desmedida imagi¬nación había por fin trastornado su razón.
Al cabo de media hora se le ocu¬rrió de pronto que el príncipe lle¬vaba mucho tiempo ausente, y al instante comenzó a sentirse solo. Pronto se dio a escuchar anheloso y cesó de entretenerse con las pre¬ciosas cosas que lo rodeaban. Se in¬comodó, luego se sintió desazonado e inquieto. Si apare-ciera alguien y lo sorprendiera con las ropas del príncipe, sin que éste se hallara pre¬senté para dar explicaciones, ¿no lo ahorcarían primero, para averi¬guar después lo ocurrido? Había oído decir que los grandes eran muy estrictos con las cosas peque¬ñas. Sus temores fueron creciendo más y más; al fin abrió temblando la puerta de la antecámara, resuelto a huir en busca del príncipe, y, con él, de protección y libertad. Seis magníficos caballeros de servicio y dos jóvenes pajes de ele-vada con¬dición, vestidos como mariposas, se pusieron en pie al punto y le hicie¬ran grandes reve-rencias. El niño re¬trocedió velozmente y cerró la puer¬ta diciéndose:
––¡Oh! Se burlan de mí. Ahora irán a contarlo. ¿Por qué habré ve¬nido aquí a que me quiten la vida?
Empezó a pasear de un lado a otro, lleno de temores innumbra¬bles, escuchando y sobresaltán-dose con el más leve ruido. De pronto se abrió la puerta y un paje vestido de seda anunció:
––Lady Juana Grey.
Cerróse la puerta y una encan¬tadora joven ricamente vestida se llegó a él corriendo, pero se de-tuvo de súbita y dijo con aflicción:
––¿Qué te aqueja, mi señor?
A Tom casi le faltó el aliento, pero lo recuperó para tartamudear:
––¡Ah! Ten piedad de mí. No soy tu señor, sino el pobre Tom Canty, de Offal Court. Ruegote que me dejes ver al príncipe, que él de bue¬na gana me devolverá mis andrajos y me dejará salir sin daño. ¡Oh! Ten piedad de mí y sálvame.
Al decir esto estaba el niño de rodillas, suplicando tanto con los ojos y las manos levantadas co-mo con sus palabras. La doncella pare¬cía horrorizada, y exclamó:
––¡Oh, mi señor! ¿De rodillas? ¿Y ante mí?
Dicho esto, huyó temerosa, y Tom, rendido por la desesperación, se dejó caer al suelo balbu-ceando:
––¡No hay auxilio, no hay espe¬ranza! ¡Ahora vendrán y me pren¬derán!
Mientras permanecía allí, parali¬zado de terror, por el palacio circu¬laban espantosas noticias. El susurro ––porque era siempre susurro–– voló de lacayo en lacayo, de caballera en dama, por los extensos corredo¬res, de piso en piso, de salón en salón: “¡El príncipe se ha vuelto loco! ¡El príncipe se ha vuelto loco!” Muy pronto cada sala, cada vestí¬bulo de mármol vio grupos de en¬galanados caballeros y damas, y otros grupos de gente de menor alcurnia, pero también deslumbrante, ––char¬lando a media voz, y todos con muestras de pesar. Pronto apareció por entre ellos un pompo-so oficial, haciendo esta solemne proclama¬ción:
––¡En nombre del rey! “Nadie preste oídos a esa falsa y necia ca¬lumnia, so pena de muerte, ni ha¬ble de la misma ni la divulgue! ¡En nombre del rey!”.
Los cuchicheos cesaron tan al pun¬to como si los murmuradores hu¬bieran enmudecido.
No tardó en correr un murmullo general por los pasillos: “¡El prín¬cipe! ¡Mirad, viene el prínci-pe!”
El pobre Tom avanzó lentamente entre los grupos de personajes que lo saludaban, tratando de contestar¬les y mirando humildemente el ex¬traño cuadro con asombrados y patéticos ojos. Lo flan-queaban dos nobles que lo hacían apoyarse en ellos y así afirmaban sus pasos. En pos del niño ve-nían los médicos de la corte y algunos criados.
Pronto se encontró en una sun¬tuosa estancia del palacio, cuya puerta se cerró tras él. Rodeában-le los que lo acompañaban. Ante él, a poca distancia, se hallaba recostado un hombre muy alto y, muy grueso, de cara ancha y abotagada y de se¬vera expresión. Tenía la gran cabe¬za muy canosa, y las barbas, que como un marco le cercaban el ros¬tro, eran grises también. Sus ropas eran de ricos géneros, pero ya dete¬rioradas y un tanto raídas a trechos. Una de sus hinchadas piernas repo¬saba sobre un almohadón y estaba envuelta en vendas. Reinó el silen¬cio, y no hubo cabeza que no se inclinara reverente, excepto la de aquel hombre. Este inválido de ros¬tro tranquilo era el terrible Enri¬que VIII, que dijo, suavizando la expresión al comenzar a hablar:
––¿Cómo va, milord Eduardo, príncipe mío? ¿Te has propuesto en¬gañarme a mí, el buen rey tu padre que tanto te quiere y tan bien te trata, con una triste broma?
El pobre Tom escuchó el princi¬pio de esas palabras lo mejor que le permitió su mente turbada, pero cuando percibieron sus oídos las pa¬labras “el buen rey”, su semblante palideció y sus rodillas dieron en el suelo, como si le hubieran hecho hincarse a viva fuerza. Alzando las manos exclamó:
––¿Eres tú el rey? ¡Entonces es¬toy perdido!
Estas palabras parecieron aturdir al monarca, cuyos ojos vagaron de rostro en rostro sin objeto alguno, y se quedaron clavados en el niño que tenía delante. Por fin dijo con tono de profundo desencanto:
––¡Ay! Creía yo el rumor des¬proporcionado a la verdad, pero me temo que no es así. ––Y ex-halando un profundo suspiro prosiguió con dulce, voz––: Ven a tu padre, niño. No te encuentras bien.
Con ayuda ajena se puso. Tom en pie y se acercó humilde y temblo¬roso a la Majestad de Ingla-terra. El rey, cogió entre sus manos el rostro asustado y lo contempló un rato, con ahínco y amo-rosamente, como buscando en él algún agradable signo de que le volvía la razón; después estrechó la rizada cabeza contra su pecho y la acarició tierna¬mente. Por fin dijo:
––¿Conoces a tu padre, niño? No rompas mi viejo corazón. Di que me conoces. ¿Me conoces o no?
––Sí. Tú eres mi venerable señor el rey, que Dios guarde.
––Cierto, cierto. Eso está bien. Tranquilízate, no tiembles así. Na¬die aquí te haría daño. Aquí no hay nadie que no te ame. Ahora estás mejor. Ha pasado la pesadilla, ¿no es así? Y ahora sabes también quién eres tú. ¿no es así? ¿No volverás a llamarte de otro modo, como dicen que has hecho poco ha?
––Ruego a Tu Gracia que me crea. No he dicho sino la verdad, muy venerable señor, porque soy el más humilde de tus súbditos, pues nací mendigo y estoy aquí por una triste desgracia y por accidente, aun¬que en ello no llevo culpa. ¡Soy muy joven para morir y tú puedes sal¬varme con una palabrita! ¡Oh!, ¡dila, señor!
––¿Morir? No hables así, dulce príncipe. ¡Paz, paz a tu apenado co¬razón! Tú no morirás.
Tom volvió a caer de rodillas con un grito de alegría.
––Premie Dios tu bondad, ¡oh, rey mío!, y te guarde mucho tiempo para bien de tu reino.
Poniéndose en pie de un salto volvió el jubiloso rostro a los dos lores que lo acompañaban y ex-cla¬mó:
––¿Lo habéis oído? No voy a morir. El rey lo ha dicho.
Nadie se movió, salvo que todos se inclinaron con grave respeto; pero nadie habló. Él vaciló, un tanto confuso; se volvió tímidamente al rey diciéndole:
––¿Puedo irme ya?
––¿Irte? Seguramente, si lo deseas. Pero ¿por qué no te quedas aún un poco? ¿Dónde vas a ir?
Tom bajó los párpados y respon¬dió humildemente:
––Por ventura he comprendido mal; pero me he creído libre y así me disponía a buscar el tugu-rio donde nací y me eduqué entre mi¬serias, pero que cobija a mi madre y a mis hermanas, y por ello es hogar para mí, al paso que esta pompa y estos esplendores a que no estoy acostumbrado... ¡Oh, señor, ten la merced de dejarme partir!
El rey permaneció silencioso y meditabundo un momento, y su ros¬tro denotó dolor y desasosie-go cre¬cientes., Por fin dijo con algo de esperanza en su voz:
––Tal vez esté loco sólo en cuan¬to a ese punto y tiene intactos los sesos en lo tocante a otros asuntos. ¡Quiera Dios que así sea! Haremos la prueba.
Hizo después una pregunta a Tom en latín y Tom le respondió desma¬yadamente en la misma lengua. El rey estaba encantado, y lo demos¬tró. Los lores y los médicos mostra¬ron también su con-tento. El rey dijo:
––No fue según su instrucción y su talento, pero demuestra que su mente está sólo enferma, no herida fatalmente. ¿Qué te parece a ti, se¬ñor?
El médico aludido hizo una gran reverencia y replicó:
––Mi propia convicción, rey y se¬ñor mío, es que has adivinado la verdad.
Estas palabras parecieron agradar al monarca, por proceder de tan notoria autoridad, y lo lleva-ron a proseguir muy animado:
––Fijaos bien ahora. Voy a exa¬minarle más.
Le hizo a Tom una pregunta en francés. Tom estuvo callado un mo¬mento, turbado al ver tantas mira¬das fijas en él, y al fin dijo tími¬damente:
No tengo conocimiento de esa lengua, Su Majestad.
El rey cayo de espaldas en el diván. Los criados corrieron a aten¬derlo, pero los apartó y dijo:
––Dejadme. Esto no es más que una debilidad sin importancia. ¡Le¬vantadme! Así; es suficiente. Ven aquí, niño. Apoya tu pobre cabeza pertubada sobre el corazón de tu padre, y sosiégate. Pron-to estarás bien. Esta no es más que un des¬varío pasajero. No temas, que pronto estarás bien.
Volvióse luego a los circunstan¬tes, cambió su gentil actitud y en sus ojos empezaron a brillar re-lám¬pagos de mal agüero. Dijo:
––¡Escuchad todos! Este hijo mío está loco, pero no es incurable. El excesivo estudio lo ha cansa-do, y tal vez el excesivo encierro. ¡Adiós a los libros y a los maestros!, cui¬dad todos de ello. Diver-tidle con juegos, recreadle sanamente, para que recupere la salud. ––Irguióse más aún, y prosiguió enérgicamen¬te––: Está loco, pero es mi hijo y el heredero de Inglaterra, y, ¡loco o cuerdo, reinará! Y escuchad más aún y proclamadlo: el que hable de esta su destemplanza, atenta contra la paz y el orden de estos reinos y será condenado a galeras. Dadme de beber, que me abraso. Este pesar so-cava mis fuerzas... Basta; lle¬vaos la copa. Sostenedme. Así; está bien. ¿Loco, decís? Aunque fuera mil veces loco, es aún el Príncipe de Gales, y yo el rey lo confirmaré. Esta misma mañana será ins-talado en su dignidad de príncipe en forma cumplida. Dad al instante las órde¬nes oportunas, mi-lord Hertford.
Uno de los nobles se arrodilló ante el regio diván y dijo:
––El rey su Majestad sabe que el gran mariscal hereditario de Ingla¬terra se encuentra prisionero en la Torre. No sería bueno que un pri¬sionero...
––¡Basta! No ofendas mis oídos con ese nombre odiado. ¿Ha de vi¬vir siempre ese hombre? ¿Se han de poner trabas a mi voluntad? ¿Ha de verse el príncipe privado de su dignidad de tal porque, ¡vive Dios!, no hay en el reino un conde maris¬cal limpio de infame traición para investirlo de sus honores? ¡No, por la gloria de Dios! Ordenad a mi Parlamento que antes de que salga de nuevo el sol me traiga la cabe¬za de Norfolk, pues de lo contrario me responderán de ello lastimosa¬mente.3
3. LA CONDENA DEL DUQUE DE NORFOLK
El rey iba acercándose ya a su fin; y con temor de que Norfolk escapase de sus manos, envió una notificación a la Cámara de los Comunes, en la cual les manifestaba su deseo de que se apresurase el decreto, alegando que Norfolk gozaba de la dignidad de conde-mariscal, y se hacía necesario nombrar a otro que pudiese desempeñar tal cargo en la ceremonia de la proclamación de su hijo como Príncipe de Gales. Hume, vol. III, p. 307
––La voluntad del rey es ley ––dijo lord Heaford, y, levantándose vol¬vió a su puesto.
Poco a poco se borró la cólera del rostro del viejo monarca, que dijo:
––Dame un beso, mi príncipe. Vamos, ¿qué temes? ¿No soy tu amante padre?
––Eres bueno para mí, que soy indigno de ello, ¡oh grande y pode¬ròso señor! En verdad lo sé. Pero..., pero... me duele pensar en el que va a morir y...
––¡Ah! Eso es digno de ti, es dig¬no de ti. Veo que tu corazón sigue siendo el mismo, aunque tu mente haya sufrido daño, porque fuiste siempre de bondadosos sentimientos. Pero ese duque se alza entre tus honores y tú; pondré en su lugar a otro que no cubra de infamia su elevado cargo. Consuélate, príncipe mío; no turbes tu pobre cabeza con este asunto.
––¿Pero no soy yo el que preci¬pita su muerte, señor? ¡Cuanto tiem¬po no podría vivir si no fuera por mí!
––No pienses en él, príncipe, que no lo merece. Dame otro beso y ve a tus juegos y tus diversio-nes, por¬que mi dolencia me acongoja. Estoy fatigado y deseo reposar. Ve con tu tío Hertford y tu séquito, y vuelve otra vez cuando mi cuerpo haya descansado.
Tom, con el corazón pesaroso, fue retirado; la última frase fue un golpe de muerte para la espe-ranza que había acariciado de verse libre. Una vez más oyó el zumbido de las voces que exclama-ban: “¡El príncipe! ¡El príncipe viene!”
Más y más decayó su valor a medida que avanzaba entre las re¬lucientes hileras de reverentes corte¬sanos; porque se dio cuenta de que era en realidad un cautivo, y de que podía permanecer para siempre encerrado en esta dorada jaula, prín¬cipe abandonado y sin amigos, salvo que Dios en su misericordia se apia¬dara de él y lo dejara libre.
Y dondequiera que se volviese le parecía ver flotando en el aire la cer¬cenada cabeza y él conoci-do rostro del gran duque de Norfolk, cuyos ojos se clavaban en él llenos de re¬proches.
Sus viejos sueños habían sido tan agradables, ¡y era tan temible esta realidad!
CAPÍULO VI
TOM RECIBE INSTRUCCIONES
Tom fue conducido al principal aposento de un suntuoso apartamien¬to y lo hicieron sentar, cosa que repugnaba hacer, pues se veía ro¬deado de caballeros ancianos y de hombres de elevada con-dición. Ro¬góles que se sentaran también, pero sólo se inclinaron agradeciéndolo o murmuraron las gracias, y permanecieron en pie. Tom habría insis¬tido, pero su “tío” el conde de Hertford susurró a su oído:
––Te lo ruego, no insistas, mi señor. No es correcto que se sienten en tu presencia.
Anunciaron a lord St, John, quien, después de hacer pleitesía a Tom, dijo:
––Vengo por mandato del rey para un asunto que exige secreto. ¿Quiere Su Alteza Real dignarse despedir a los presentes, excepto a milord el conde de Herdord?
Observando que Tom no parecía saber cómo proceder, Hertford le susurró que hiciera una seña con la mano y no se molestara en ha¬blar a menos que así lo deseara. Cuando se retiraron los caba-lleros de servicio, dijo lord St. John:
––Ordena Su Majestad que, por graves y poderosas razones de Es¬tado, Su Gracia el príncipe oculte su enfermedad por todos los medios que estén a su alcance, hasta que pase y Su Gracia vuelva a estar como estaba antes; es decir, que no deberá negar a nadie que es el verdadero prín-cipe y heredero de la grandeza de Inglaterra, que deberá conservar su dignidad de príncipe y reci-bir, sin palabra ni signo de protesta, la reverencia y observancia que se le deben por acertada y añeja costum¬bre; que deberá dejar de de hablarle a ninguno de ese nacimiento y vida de baja condición que su enferme¬dad ha creado pn las malsanas ima¬ginaciones de una fantasía obsesio¬nada; que habrá de procurar con diligencia traer de nuevo a su me¬moria los rostro que solía cono-cer, y cuando no lo consiga deberá guar¬dar silencio, sin revelar con gestos de sorpresa, u otras se-ñales, que los ha olvidado; que en las ceremonias de Estado, cuando quiera que se sienta perplejo en cuanto a lo que debe hacer y las palabras que debe decir, no habrá de mostrar la menor inquie-tud a los espectadores curio¬sos, sino pedir consejo en tal mate¬ria a lord Hertford, o a su humilde servidor, que tenemos mandato del rey de ponernos a su servicio aten¬tos a su llamado, hasta que ésta orden se anule. Esto dice Su Majes¬tad el rey, que: envía sus saludos a Su Alteza Real y ruega que Dios quiera en su misericordia sanar a Vuestra Alteza prontamente y con¬servarle ahora y siem-pre en su ben¬dita protección.
Lord St. John hizo una reveren¬cia y se apartó a un lado. Tom re¬plicó con resignación:
––El rey lo ha dicho. Nadie pue¬de desobeder el mandato del rey ni acomodarlo a su gusto, cuando le enoje, con arteras evasivas. El rey será obedecido.
Lord Hertford dijo:
––Tocante a la orden de Su Ma¬jestad el rey en lo que concierne a los libros y otras cosas serias, por ventura agradaría a Vuestra Alteza ocupar vuestro tiempo en plácidos entretenimientos, para no llegar fa¬tigado al banquete y resentirse de ello.
La cara de Tom mostró sorpresa inquisitiva, y se sonrojó al ver que los ojos dé lord St. John se clava¬ban pesarosos en él. Su Señoría dijo:
––Te flaquea aún la memoria y has demostrado sorpresa; pero no te apures, porque esto no per-sistirá, sino que desaparecerá conforme tu dolencia mejore. Milord de Hert¬ford te habla de la fies-ta de la ciu¬dad, a la cual Su Majestad el rey prometió hace unos dos meses que asistiría Tu Alteza. ¿Lo recuerdas ahora?
––Me duele confesar que se me fue de la memoria ––contestó Tom con voz vacilante, y sonrojó-se de nuevo.
En este punto anunciaron a lady Isabel y a lady Juana Grey. Am¬bos lores se cruzaron significati-vas miradas, y Hertford se dirigió veloz¬mente hacia la puerta. Cuando las doncellas pasaron por delante de él dijo en voz baja:
––Os ruego, señoras, que no déis muestras de observar sus rarezas ni mostréis sorpresa cuando le falte la memoria; os dolerá notar cómo se turba con cualquier fruslería.
Entretanto lord St. John estaba diciendo al oído de Tom:
—Suplícote, señor, que conserves constantemente en la memoria el deseo de Su Majestad. Re-cuerda cuanto puedas y finge recordar todo lo demás. Qué no se percaten de cómo has cambiado tu modo nor¬mal anterior, pues sabes cuán tierna¬mente te tienen en su corazón tus antiguas com-pañeras de juegos y cuánto pesar habrías de causarles. ¿Quieres, señor, que me quede yo, y tu tío también?
Expresó Tom su asentimiento con un ademán y murmurando una pa¬labra, porque iba apren-diendo ya, y su ingenuo, corazón estaba resuelto a salir lo más airoso que pudiera, conforme al mandato del rey.
A pesar de las muchas precaucio¬nes, la conversación entre los jóvenes fue a veces un tanto em-barazosa. Más de una vez, en verdad, Tom se vio a punto de rendirse, y de con¬fesarse incapaz de representar el te¬rrible papel; pero el tacto de la princesa Isabel lo salvó, o una pala¬bra de uno u otro de los vigilantes lores, soltada al parecer por casua¬lidad, tuvo el mismo feliz efecto. Una vez la pequeña lady Juana se volvió hacia Tom y lo dejó sin alien¬to con esta pregunta:
––¿Has presentado hoy tus respe¬tos a Su Majestad la reina, mi se¬ñor?
Vaciló Tom, se veía desazonado, e iba a balbucir algo al azar, cuan¬do lord St. John tomó la pa-labra y respondió por él, con el suelto des¬embarazó de un cortesano acostum¬brado a afrontar si-tuaciones delica¬das y a estar al punto para ellas:
––Sí, por cierto, señora, y Su Majestad la reina le ha animado mucho en lo tocante al estado de Su Majes¬tad, ¿no es así, mi señor?
Balbució Tom unas palabras que se interpretaron como asentimiento, pero sintió que estaba en-trando en terreno peligroso. Poco después se mencionó que Tom no iba a estu¬diar más por enton-ces, a lo cual exclamó la pequeña Lady:
––¡Es lástima, es lástima! Hacías magníficos progresos. Pero súfrelo con paciencia, porque esto no dura¬rá mucho. Pronto gozarás de la misma instrucción que tu padre, y tu lengua dominará tantas lenguas como la suya, mi buen príncipe.
––¡Mi padre! ––exclamó Tom, fuera de guardia en ese momento––. A fe mía que no es capaz de hablar la suya para que le entiendan sino los cerdos que se revuelcan en las pocilgas; y en cuanto a instrucción de otro género...
1 Alzó la vista y vio una solemne advertencia en los ojos de milord, St. John. Esto le hizo dete-nerse, son¬rojarse y continuar, apagado y tris¬te:
––¡Ah! Me persigue de nuevo la enfermedad y mi mente desvaría. No he querido mostrar irreve-rencia para con Su Majestad el rey.
––Lo sabemos, señor ––dijo la princesa Isabel, tomando entre am¬bas manos la de su “hormano”, res¬petuosamente, pero acariciadoramen¬te––. No te preocupes por eso. La falta no es tuya, sino de tu destem¬planza.
––Gentil consoladora eres, dulce señora ––dijo Tom agradecido––, y mi corazón me mueve a darte gra¬cias por ello, si me lo permites¬
Una vez la atolondrada lady Jua¬na le disparó a Tom una sencilla frase en griego. La perspicacia de lady Isabel vio, en la serena impa¬sibilidad de la frente de Tom, que la flecha no había dado en el blan¬co, por lo cual soltó tranquilamente una retahíla de excelente griego re¬lativa a Tom y en seguida desvió la conversación a otros asuntos.
En conjunto transcurrió el tiempo agradablemente, y casi suavemente. Los escollos y arrecifes fueron cada vez menos frecuentes, y Tom se sin¬tió más y más a sus anchas al ver, que todos esta-ban amorosamente in¬clinados a ayudarlo y a pasar por alto sus equivocaciones. Cuando sa¬lió a la conversación que las damitas habrían de acompañarle por la no¬che al banquete del alcalde mayor, el corazón le dio un salto de con¬suelo y de alegría, porque sintió que ya no se hallaría sin amigos entre aquella muchedumbre de extraños, mientras que, una hora antes, la idea de que ellas fueran con él le habría causado un terror insoporta¬ble.
Los ángeles guardianes de Tom, los dos lores, habían estado menos cómodos en la entrevista que las otras partes. Parecíales enteramente que conducían un enorme navío por un canal peligroso; estaban alerta constantemente y encontraron que su cargo no era luego de niños. Por tanto, cuan-do al fin la visita de las damas tocaba a su término y anun¬ciaron a lord Guilford Dudley, no sólo pensaron que su carga había sido suficientemente gravosa, sino también que ellos mismos no se ha¬llaban en el mejor estado para hacer retroceder al navío y emprender de nuevo un viaje lleno de ansiedad. Así, pues, respetuosamente aconse¬jaron a Tom que se excusara, lo cual hizo de buena gana, aunque habría podido observarse una leve sombra de desencanto en el semblan¬te de milady Juana cuando oyó que se negaba la entrada al espléndido mozalbete.
Hubo una pausa, una especie de silencio de espera, que Tom no pudo comprender: Miró a lord Hertford, y éste le hizo un signo, pero el niño no lo entendió tampoco. Isabel acu¬dió prontamente en su socorro, con su habitual soltura. Hizo una reve¬rencia y dijo:
––¿Tenemos licencia de Su Gracia el príncipe, mi hermano, para reti¬rarnos?
––Vuestras Señorías ––contestó Tom––, pueden obtener de mí lo que gusten sin más que pedirlo; pero preferiría daros cualquier otra cosa que estuviera en mi poder antes que licencia para privar-me de la luz y la bendición de vuestra presencia. Dios os guíe y sea con vosotras.
Al decir esto sonrió por dentro, pensando: ––No en vano he vivido sólo entre príncipes en mis lecturas y he adiestrado mi lengua en sus pulidas y graciosas palabras.
Cuando salieron las ilustres don¬cellas, Tom se volvió fatigado a sus guardianes y dijo:
––¿Tendréis vuestras, señorías la bondad de darme licencia para reti¬rarme a un rincón a descan-sar?
Lord Hertford dijo:
––A Vuestra Alteza le toca man¬darnos y a nosotros obedecer. Necesario es en verdad que tomes algún reposo, ya que pronto debes em¬prender el viaje a la ciudad.
Tocó una, campanilla y se presen¬tó un paje, a quien se dio orden de solicitar la presencia de sir William Herbert. Este caballero se presentó al instante y condujo a Tom a un aposento interior, donde el primer movimiento del rimo fue alcanzar una copa de agua; pero la tomó un servidor vestido de seda y tercio¬pelo, que hincando una rodilla se la ofreció en una bandeja de oro.
Sentóse después el fatigado cau¬tivo y se dispuso a quitarse las zapa¬tillas, después de pedir tími-damente permiso con la mirada; mas otro oficioso criada, también ataviado de seda y terciopelo, se arrodilló y le ahorró el trabajo. Dos o tres esfuer¬zos más hizo el niño por servirse a si mismo; mas, como siempre se le anticiparon vivamente, acabó por ceder con un suspiro de resignación y diciendo entre dientes: “Maravilla¬me que no se empeñen también en respirar por mi” En chinelas y en¬vuelto en suntuosa bata se tendió por fin a reposar, pero no a dormir, porque su cabeza esta-ba demasiado llena de pensamientos y la estancia demasiado llena de gente. No podía desechar los primeros, así que per¬manecieron; no sabía tampoco lo bastante para despedir a los segun¬dos, así que también se quedaron, con gran pesar del príncipe y de ellos.
La partida de Tom había dejado solos a sus dos nobles guardianes. Permanecieron un rato medi-tabun¬dos, y meneando mucho la cabeza y paseando por la estancia. Entonces dijo lord St. John:
––Francamente, ¿qué piensas? Francamente, pues, esto la vida del rey toca a su fin; mi sobrino está loco, loco ascenderá al trono, y loco seguirá. Dios proteja. a Ingla¬terra, que lo habrá menes-ter.
––Así lo parece, ciertamente, pe¬ro ..., ¿no tienes barruntos de si... si...?
Titubeó el personaje y acabó por detenerse. Sin duda sintió que esta¬ba en terreno delicado. Lord Hert¬ford se, paró ante él, miróle a la cara con serenos y francos ojos y dijo:
––Prosigue. Nadie sino yo te oye. ¿Barruntos respecto a qué?
––Me repugna poner en palabras lo que está en mi mente, siendo tú como eres tan cercano a él en la sangre, milord. Mas, solicitando tu perdón si te ofendo, ¿no te parece raro que la locura pueda cambiar tanto su porte y sus modales? Su porte y sus palabras son aún los de un principe, pero difieren en cosas insignificantes de las que acostum¬braba el príncipe anteriormente. ¿No te parece extraño que la locura haya borrado de su memoria las mismas facciones de su padre, las costum¬bres y las observancias que se le deben por los que le rodean, y que, dejándole el latín, le haya quitado el griego y el francés? Milord, no te ofendas, pero libera mi mente de esta inquietud y recibe mi agradecimien¬to. No se me quita de la cabeza su afirmación de que no era el prín¬cipe y...
––Calla, milord, profieres traición. ¿Has, olvidado el mandato del rey? Recuerda que tan sólo es-cucharte me hago complice de tu delito.
Palideció St. John y se apresuró a añadir:
––He faltado, lo confieso. No me hagas traición. Que tu cortesía me conceda esa merced y no volveré ni a pensarlo ni a hablar más de eso. No te muestres duro conmigo, señor, o estoy perdi-do.
––Basta, milord. Si no faltas de nuevo, aquí o ante otros, será como si no hubieras hablado. Mas no de¬bes albergar recelos: es el hijo de mi hermana. ¿No me son familiares desde su cuna su voz, su cara, su figura? La locura puede provocar esas cosas tan raras que tú ves en él y más aún. ¿No recuerdas cómo el viejo barón Marley, al volverse loco, olvidó su propia personalidad de se¬senta años para creer que era la de otro? ¿No recuerdas que pretendía ser el hijo de María Magdalena y tener la cabeza hecha de vidrio es¬pañol? A fe mía que no sufría que nadie la tocara, por temor a que una mano atolondrada pudiera romper¬la. Tranquiliza tus barruntos, mi buen señor. Es el mis-mo príncipe, lo conozco bien, y pronto será el rey. Te convendrá tener esto en mente y pensar en ello más que en lo otro.
Después de un rato más de con¬versación, en la cual lord St. John enmendó su yerro lo mejor fue pudo con repetidas protestas de que su fe era ya arraigada y no podía ser otra vez asaltada por la duda, lord Hert¬ford relevó a su compañero de cus¬todia y solo se sentó a vigilar y aguardar. No tardó en sumirse en la meditación, y, evidentemente, cuanto más pensaba más perplejo se sentía. A poco empezó a dar paseos y a hablar entre dientes:
––¡Oh! Debe ser el príncipe. ¿Ha¬brá alguien en el reino capaz de sostener que puede haber dos per¬sonas, no siendo de la misma sangre y nacimiento, tan extraordinariamen¬te iguales? Y aunque así fuera, mi¬lagro más extraño sería aún que la casualidad pusiera a una de ellas en lugar de la otra. No. Es locura, lo¬cura, locura.
Al cabo de un rato se dijo:
––Porque si fuera un impostor que se diera príncipe, eso sería muy natural; eso sería razonable; pero ¿ha habido jamás impostor alguno que, al ser llamado príncipe por el rey, príncipe por la corte, príncipe por todos, negara su dignidad y su¬plicara contra su exaltación? No. ¡Por el alma de San Jorge, no! Es el verdadero príncipe, que se ha vuel¬to loco.
CAPÍTULO VII
LA PRIMERA COMIDA REGIA DE TOM
Poco después de la una de la tarde, Tom se sometió resignado a la prue¬ba de que le vistieran pa-ra comer. Hallóse cubierto de ropas tan finas como antes, pero todo distinto, todo cambiado, desde la golilla hasta las medias. Fue conducido con mucha pompa a un aposento espacioso y adornado, donde estaba ya la mesa puesta para una persona. El servicio era todo de oro macizo, embellecido con dibujos que lo hacían casi de valor incalculable, puesto que eran obra de Benvenuto. La estancia se hallaba medio llena de nobles ser¬vidores. Un capellán bendijo la mesa, y Tom se disponía a empezar, por¬que el hambre en él era orgánica, cuando fue interrumpido por milord el conde de Berkeley, el cual le prendió una servilleta al cuello, por¬que el elevado cargo de mastelero del Príncipe de Gales era heredita¬rio en la familia de aquel noble. Presente estaba el co-pero de Tom, y se anticipó a todas sus tentativas de servirse vino. También se hallaba presente el catador de Su Alteza el Príncipe de Gales, listo para probar, en cuanto se le pidiera, cualquier plati-llo sospechoso, corriendo el ries¬go de envenenarse. En aquella época no era ya sino un apéndice deco¬rativo, y rara vez se veía llamado a ejercitar su función; pero tiem¬pos hubo, no muchas gene-raciones atrás, en que el oficio de catador tenía sus peligros y no era un honor muy deseable. Pare-ce raro que no utilizasen un perro o un villano, pero todas las cosas de la realeza son extrañas. Allí estaba milord D'Arcy, primer paje de cámara, para hacer sabe Dios qué; pero allí estaba y eso bas-ta. El lord primer despen¬sero se hallaba también presente y se mantenía detrás de la silla de Tom, vigilando la ceremonia, a las órdenes del lord gran mayordomo y el lord cocinero jefe, que esta-ban cerca. Además de éstos contaba Tom con trescientos ochenta y cuatro criadas; pero, por su-puesto, no esta¬ban todos ellos en el aposento, ni la cuarta parte, ni Tom tenía noti¬cias de que exis-tieran.
Todos los presentes habían sido bien advertidos a su tiempo de re¬cordar que el príncipe había perdido temporalmente la razón y de tener cuidado de no mostrar sorpresa ante sus desvaríos. Estos “desvaríos” pron¬to se exhibieron ante ellos, pero sólo excitaron su compasión y su pesar, no sus burlas. Era para ellos una gran aflicción ver al amado príncipe en tan lastimoso estado.
El pobre Tom comía casi siempre con los dedos, pero nadie sonrió por esto ni pareció darse cuenta. Inspeccionó su servilleta con curio¬sidad y profundo interés, porque era una pieza de her-moso y delicadísi¬mo género, y dijo ingenuamente:
––Llévatela, te lo ruego, para que no la manche por distracción.
El mantelero hereditario se la lle¬vó con reverente actitud y sin una sola palabra o protesta de ninguna suerte.
Examinó Totn con interés los na¬bos y la lechuga y preguntó qué eran y si eran para comer, por-que apenas recientemente se habían em¬pezado a cultivar en Inglaterra, en vez de importarlos de Holanda como lujo.4 Se contesto a su pregunta con grave respeto, y sin manifestar sor¬presa. Cuan-do hubo terminado el postre, se llenó los bolsillos de nue¬ces, pero nadie pareció reparar en ello, ni perturbarse por ello. Mas al momento fue él quien se perturbó y se mostró confuso, porque era aquél el único servicio que le ha¬bían permitido