KAKO2006

martes, 16 de mayo de 2006

$>LAS MIL Y UNA NOCHES

QUE LAS LEYENDAS DE LOS ANTIGUOS SEAN UNA LECCIÓN PARA LOS MODERNOS, A FIN DE QUE EL HOMBRE APRENDA EN LOS SUCESOS QUE OCURREN A OTROS QUE NO SON ÉL. ENTONCES RESPETARÁ Y COMPARARÁ CON ATENCIÓN LAS PALABRAS DE LOS PUEBLOS PASADOS Y LO QUE A ÉL LE OCURRA, Y SE REPRIMIRÁ.

POR ESTO ¡GLORIA A QUIEN GUARDA A LOS RELATOS DE LOS PRIME¬ROS COMO LECCIÓN DEDICADA A LOS ÚLTIMOS!


HISTORIA DEL REY SCHAHRIAR Y DE SU HERMANO EL REY SCHAHZAMAN

Cuéntase -pero Alah es más sa¬bio, mas prudente, más poderoso y más benéfico- que en lo que trans¬currió en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de la India y de la China. Era dueño de ejércitos y señor de auxi¬lliares de servi-dores y de un séquito numeroso. Tenía dos hijos, y ambos eran heroicos jinetes, pero el mayor valía más aún que el menor. El ma¬yor reinó en los países, gobernó con justicia entre los hombres, y por eso le querían los habitantes del país y del reino. Llamábase el rey Schah¬riar. Su hermano, llamado Schahza¬man; era el rey de Samarcanda Al¬-Ajam.
Siguiendo-las cosas el mismo cur¬so, residieron cada uno en su país, y gobernaron con justicia a sus ovejas durante veinte años. Y llegaron am¬bos hasta el límite del desarrollo y el florecimiento.
No dejaron de ser así, hasta que el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano. Enton-ces ordenó a su visir que partiese y volviese con él. El visir contestó: “Escucho y obedezco.”
Partió, pues, y llegó felizmente par la gracia de Alah; entró en casa de Schahzaman, le transmitió la paz, le dijo que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de su viaje era invitarle a visitar a su hermano. El rey Schahzaman con¬testo: “Escucho y obedezco.” Dispu¬so los preparativos de la partida, mandando sacar sus tiendas, sus ca¬mellos y sus mulos, y que saliesen sus servidores y sus auxiliares. Nom¬bró a su visir gobernador del reino y salió en demanda de las co-marcas de su hermano.
Pero a media noche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio secretamente y se encaminó a los aposentos de su esposa a quien pensaba encontrar triste y llorando por su ausencia. Grande fue, pues, su sorpresa al hallarla departiendo con gran familiaridad con un negro, es¬clavo entre los esclavos. Al ver tal desacato, el mundo se obscureció an¬te sus ojos. Y se dijo: “Si ha so-breve¬nido ésto cuando apenas acabo de dejar la ciudad. ¿Cuán sería la con¬ducta de esta esposa si me ausen¬tase algún tiempo para estar con mi hermano?” Desenvainó inmediata¬mente el alfanje, y acometiendo a ambos, los dejó muertos sobre los tapices del lecho. Volvió a salir, sin perder una hora ni un instante, y ordenó la marcha de la comitiva. Y viajó de noche hasta avistar la ciu¬dad de su hermano.
Entonces éste se alegró de su pro¬ximidad, salió a su encuentro, y al recibirlo, le deseó la paz. Se regocijó hasta los mayores límites del conten¬to, mandó adornar en honor suyo la ciudad y se puso a hablarle lleno de efusión. Pero el rey Schahzaman recordaba la fragilidad de su esposa, y una nube de tristeza le velaba la faz. Su tez se había puesto pálida y su cuerpo se había debilitado. Al verle de tal modo, el rey Schahriar creyó en su alma que aquello se de¬bía a haberse alejado de su reino y de su país, lo dejaba estar sin pre¬guntarle nada. Al fin, un día, le dijo: “Hermano, tu cuer-po enflaquece y su cara amarillea.” Y el otro respon¬dió: “¡Ay, hermano, tengo en mi interior como una llaga en carne viva-!” Pero no le reveló lo que le había ocurrido con su esposa. El rey Schahriar le dijo: “Quisiera que me acompañase a cazar a pie y a caba¬llo, pues así tal vez se esparciera tu espíritu.” El rey Schalizaman no qui¬so aceptar y su hermano se fue solo a la cacería.
Había en el palacio unas ventanas que daban al jardín, y habiéndose asomado a una de ellas el rey Schah¬zaman, vio corno se abría una puerta secreta para dar salida a veinte escla¬vas y veinte esclavos, entre los cua¬les, avanzaba la mujer del rey Schah¬ciar en todo el esplendor de su belle¬za, y ocultándose para observar lo que hacían, pudo convencerse de que la misma desgracia de que él había sido víctima, la misma o ma¬yor, cabía a su hermano el sultán.
Al ver aquello, pensó el hermano del rey: “¡Por Alah! Más ligera es mi calamidad que esta otra.” Inme¬diatamente, dejando que se desvane¬ciese su aflicción, se dijo: “¡En ver¬dad, esto es más enor-me que cuanto me ocurrió a mí!” Y desde aquel momento volvió a comer y beber cuanto pudo.
A todo esto, el rey, su hermano, volvió de su excursión y ambos se desearon la paz íntimamen-te. Luego el rey Schahriar observó que su her¬mano el rey Schalizaman acababa de recobrar el buen color, pues su semblante había adquirido nueva vida, y advirtió también que comía con toda su alma después de haberse alimentada parcamente en las pri¬meros días. Se asombró de ello, y dijo: -”Hermano, poco ha te veía amarillo de tez v ahora has recupe¬rado los colores. Cuéntame qué te pasa.” El rey le dijo: “Te contaré la causa de mi anterior palidez, pero dispénsame de reterirte el motivo de haber recobrado los colores.” El rey replicó: “Para entendernos, relata primeramente la causa de tu pérdida de color y tu debilidad.” Y se expli¬có de este modo: “Sabrás, hermano, que cuando enviaste tu visir para requerir mi presencia, hice mis pre¬parativos de marcha, y salí de la ciu¬dad. Pero después me acordé de la joya que te destinaba y que te di al llegar a tu palacio. Vol-ví, pues, y encontré a mi mujer y a un esclavo negro departiendo con gran fami¬liaridad. Los maté a los dos, y vi¬ne hacia ti, muy atormentado por el recuerdo de tal aventura. Este fue el motivo de mi primera palidez y de mi enflaquecimiento. En cuan¬to a la causa de haber recobrada mi buen color, dispénsame de mencio¬narla.”
Cuando su hermano oyó estas pa¬labras, le dijo: “Por Alah te conjuro a que me cuentes la causa de haber recobrado tus colores.” Entonces el rey Schalizaman le refirió cuanto ha¬bía visto. Y el rey Schaliriar dijo: “Ante todo, es necesario que mis ojos vean semejante cosa.” Su her¬mano le respon-dió: “Finge que vas de caza, pera escóndete en mis apo¬sentos, y serás testigo del espectácu¬lo: tus ojos lo comprobarán.”
Inmediatamente, el rey mandó que el pregonero divulgase la orden de -marcha. Los soldados sa-lieron con sus tiendas fuera de la ciudad. El rey marchó también, se ocultó en su tienda y dijo a sus jóvenes escla¬vos: “¡Que nadie entre!” Luego se disfrazó, salió a hurtadillas y se diri¬gió al palacio. Llegó a los aposentos de su hermano, y se asomó a la ven¬tana que daba al jardín. Apenas ha¬bía pasado una hora, cuando salieron las esclavas, rodeando a su señora, y tras ellas los esclavos. E hicieron cuanto había contado Schahzaman.
Cuando vio estas cosas el rey Schahriar, la razón se ausentó, de su cabeza, y dijo a su hermano: “Mar¬chemos para saber cuál es nuestro destino en el camino de Alah, por¬que nada de común de-bemos tener con la realeza hasta encontrar a al¬guien que haya sufrido una aventura semejante a la nuestra. Si no, la muerte sería preferible a nuestra vida.” Su hermano le contestó lo que era apro-piado, y ambos salieron por una puerta secreta del palacio. Y no cesaron de caminar día y noche, has¬ta que por fin llegaron a un árbol, en medio de una solitaria pradera, junto al mar salado. En aquella pra¬dera había un manantial de agua dulce. Bebieron de ella y se sentaron a descansar.
Apenas había transcurrido una hora del día, cuando el mar empezó a agitarse. De pronto brotó de él una negra columna de humo, que llegó hasta el cielo y se dirigió después hacia la pradera. Los reyes, asusta¬dos, se subieron a la cima del árbol, que era muy alto, y se pusieron a mirar lo que tal cosa pudiera ser. Y he aquí que la columna de humo se convirtió en un efrit de elevada estatu-ra, poderoso de hombros y ro¬busto de pecho. Llevaba un arca so¬bre la cabeza. Puso el pie en el suelo, y se dirigió hacia el árbol y se sentó debajo de él. Levantó entonces la tapa del arca, sacó de ella una caja, la abrió, y apareció en seguida una encantadora joven, de espléndida hermosura, luminosa lo mismo que el sol, como dijo el poeta:

¡Antorcha en las tinieblas, ella apa¬rece y es el día! ¡Ella aparece y con su luz se iluminan las auro-ras!
¡Los soles irradiar con su claridad y las lunas con las sonrisas de sus ojos! ¡Que los velos de su mis-terio se ras¬guen, e inmediatamente las criaturas se prosternan encantadas a sus pies!
¡Y ante los dulces relámpagos de su mirada, el rocío de las lágrimas de pa¬sion humedece todos los párpados!

Después que el efrit hubo contem¬plado a. la hermosa joven, le dijo: “¡Oh soberana de las sede-rías! ¡Oh tú, a quien rapté el mismo día de tu boda! Quisiera dormir un poco.” Y el efrit colocó la cabeza en las rodi¬llas de la joven y se durmió.
Entonces la joven levantó la cabe¬za hacia la copa del árbol y vio ocul¬tos en las ramas a los dos reyes. En seguida apartó de sus rodillas la ca¬beza del efrit, la puso en el suelo, y les dijo por señas: “Bajad, y no tengáis miedo de este efrit.” Por señas, le respondieron: “¡Por Alah sobre ti! ¡Dispén-sanos de lance tan peligroso!” Ella les dijo: “¡Por Alah sobre vosotros! Bajad en seguida si no que-réis que avise al efrit; que os dará la peor muerte.” Entonces, asus¬tados, bajaron hasta donde esta-ba ella, la joven los tomó de las manos, se internó con ellos en el bosque y les exigió algo que no pudieron ne¬garle. Una vez estuvieron cumpli¬dos sus deseos sacó del bolsillo un saquito y del saqui-to un collar com¬puesto de quinientas setenta sor¬tijas con sellos, y les pregunto “¿Sa¬béis lo que es esto?” Ellos con¬testaron: “No lo sabemos.” Entonces les explicó la joven: “Los dueños de estos ani-llos hicieron lo mismo que vosotros junto a los cuernos insen¬sibles de este efrit. De suerte que me vais a dar vuestros anillos.” Lo hi¬cieron así, sacándoselos de los dedos, y ella entonces les dijo: “Sa-bed que este efrit me robó la noche de mi bo¬da; me encerró en esa caja, metió la caja en el arca, le echó siete can¬dados y la arrastró al fondo del mar, allí donde se combaten las olas. Pero no sa-bía que cuando desea alguna co¬sa una mujer no hay quien la ven¬za.” Ya lo dijo el poeta:

¡Amigo: no te fíes de la mujer; ríete de sus promesas! ¡Su buen o mal hu¬mor depende de sus capri-chos!
¡Prodigan amor falso cuando la per¬fidia-las llena y forma como la trama de sus vestidos!
¡Recuerda respetuosamente las pala¬bras de Yusuf! ¡Y no olvides que Eblis hizo que expulsaran a Adán por causa de la mujer!
¡No te confíes, amigo! ¡Es inútil! ¡Mañana, en aquella que creas más se¬gura, sucederá al amor pu-ro una pasión loca!
Y no digas: “¡Si me enamoro, evita¬ré las locuras de los enamorados!” ¡No lo digas! ¡Sería verdade-ramente un prodigio único ver salir a un hombre sano y salvo de la seducción de las mujeres!

Los dos hermanos; al oír estas palabras, se maravillaron hasta mas no poder, y se dijeron uno a otro: “Si éste es un efrit, y a pesar de su poderío le han ocurrido cosas más enormes que a noso-tros, esta aventu¬ra debe consolarnos.” Inmediatamen¬te se despidieron de la joven y re¬gresaron cada uno a su ciudad.
En cuanto el rey Schahriar entró en su palacio, mandó degollar a su esposa, así como a los escla-vos y esclavas. Después persuadido de que no existía mujer alguna de cuya fi¬delidad pudiese estar seguro, resol¬vió desposarse cada noche con una y hacerla degollar apenas alborease el día, siguien-te. Así estuvo haciendo durante tres años, y todo eran la¬mentos y voces de horror. Los hom¬bres huían con las hijas que les que¬daban.
En esta situación, el rey mandó al visir que, como de costumbre, le trajese una joven. El visir, por más que buscó, no pudo encontrar nin¬guna, y regresó muy triste a su casa, con el alma transida de miedo ante el furor del rey. Pero este visir tenía dos hijas de gran hermosura-, que poseían todos los encantos, todas las perfecciones y eran de una delica¬deza exquisita. La mayor se llama¬ba Schathrazada, y el nombre de la menor era Doniazada.
La mayor; Schaltrazada, había leí¬do los libros, los anales, las leyendas de los reyes antiguos y las histo¬rias de los pueblos pasados. Dicen que poseía también mil libros de cró¬nicas referentes a los pueblos de las edades remotas, a los reyes de la an¬tigüedad y sus poetas. Y era muy elocuente v daba gusto oírla.
Al ver a su padre, le habló así: “Por qué te veo tan cambiado, so¬portando un peso abrumador de pe¬sadumbres y aflicciones?... Sabe, padre, que el poeta dice: “¡Oh tú, que te apenas, consuélate! Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida.”
Cuando oyó estas palabras el visir; contó a su hija cuanto había ocurri¬do desde el principio al fin, concer¬niente al rey. Entonces le dijo Schah¬razada: “Por Alah, padre, cásame con el rey, porque si no me mata seré la causa del rescate de las hijas de los musulmanes y podré salvar¬las de entre las manos del rey.” En¬tonces el visir contestó: “¡Por Alah sobre ti! No te expongas nunca a tal peli-gro.” Pero Schahrazada repu¬so: “Es imprescindible que así lo haga.” Entonces le dijo su padre: “Cuidado no te ocurra lo que les ocurrió al asno y al buey con el la¬brador. Escucha su historia:

FÁBULA DEL ASNO, EL BUEY Y EL LABRADOR

“Has de saber, hija mía, que hubo un comerciante dueño de grandes riquezas y de mucho gana-do. Estaba casado y con hijos. Alah, el Altísimo, le dio igualmente el conocimiento de los lenguajes de los animales y el canto de los pájaros. . Habitaba este comerciante en un país fértil, a ori¬llas de un río. En su morada había un asno y un buey.
Cierto día llegó el buey al lugar ocupado por el asno y vio aquel sitio barrido y regado. En el pe-sebre ha¬bía cebada y paja bien cribadas, y el jumento estaba echado, descansando. Cuando el amo lo montaba, era sólo para algún trayecto corto y por asun¬to urgente, y el asno volvía pronto a descansar. Ese día el comerciante oyó que el buey decía al pollino: “Come a gusto y que te sea sano, de provecho y de buena digestión. ¡Yo estoy rendido y tú descansando, des¬pués de comer cebada bien cribada! Si el amo, te monta alguna que otra vez, pronto vuelve a traerte. En cam¬bio yo me reviento arando y con el trabajo del molino.” El asno le acon¬sejo: “Cuando salgas al campo y te echen el yugo, túmbate y no te menees aunque te den de palos. Y si te levantan, vuélvete a echar otra vez. Y si entonces te vuelven al esta¬blo y te ponen habas, no las comas, fíngete enfer-mo. Haz por no comer ni beber en unos días, y de ese modo descansarás de la fatiga del trabajo.”
Pero el comerciante seguía presen¬te, oyendo todo lo que hablaban.
Se acercó el mayoral al buey para darle forraje y le vio comer muy poca cosa. Por la mañana, al llevarlo al trabajo, lo encontró enfermo. En¬tonces el amo dijo al mayoral: “Coge al asno y que are todo el día en lu¬gar del buey.” Y el hombre unció al asno en vez del buey y le hizo arar todo el día.
Al anochecer, cuando el asno re¬gresó al establo, el buey le dio las gracias por sus bondades, que le habían proporcionado el descanso de todo el día; pero el asno no le contestó. Estaba muy arre-pentido.
Al otro día el asno estuvo arando también durante toda la jornada y regresó con el pescuezo desollado, rendido de fatiga. El buey, al verle en tal estado, le dio las gracias de nuevo y lo colmó de alabanzas. El asno le dijo: “Bien tranquilo estaba yo antes. Ya ves cómo me ha per¬judicado el hacer beneficio a los de¬más.” Y en seguida añadió: “Voy a darte un buen consejo de todos modos. He oído decir al amo que te entregarán al matarife si no te le¬vantas, y harán una cubierta para la mesa con tu piel. Te lo digo para que te salves, pues sentiría que te ocurriese algo.”
El buey, cuando oyó estas pala¬bras del asno, le dio las gracias nue¬vamente, y le dijo: “Mañana reanu¬daré mi trabajo.” Y se puso a comer, se tragó todo el forraje y hasta lamio el recipiente con su lengua.
Pero el amo les había oído hablar. En cuanto amaneció fue con su esposa hacia el establo de los bueyes y las vacas, y se sentaron a la puer¬ta.Vino el mayoral y sacó al buey, que en cuanto vio a su amo empezó a menear la cola, y a galopar en to¬das direcciones como si estuviese lo¬co. Entonces le entró tal risa al co¬merciante, que se cayó de espaldas. Su mujer le preguntó: “¿De qué te ríes?” Y él dijo: “De una cosa que he visto y oído; pero no la puedo descu¬brir porque me va en ello la vida.” La mujer insistió: “Pues has de contármela, aunque te cueste morir.” Y él dijo: “Me callo, porque temo a la muerte.” Ella repuso: “Entonces es que te ríes de mí.” Y desde aquel día no dejó de hos-tigarle tenazmente, hasta que le puso en una gran per¬plejidad. Entonces el comerciante mandó llamar a sus hijos, así como al kadí y a unos testigos. Quiso ha¬cer testamento antes de revelar el se¬creto a su mujer, pues amaba a su esposa entrañablemente porque era la hija de su tío paterno, madre de sus hijos, y había vivido con ella ciento veinte años de su edad. Hizo llamar también a todos los parientes de su esposa y a los habitantes del barrio y refirió a todos lo ocurrido, diciendo que moriría en cuanto reve¬lase el secreto. Entonces toda la gen¬te dijo a la mujer: “¡Por Alah sobre ti! No te ocupes más del asunto; pues va a perecer tu marido, el pa¬dre de tus hijos.” Pera ella re-plico: “Aunque le cueste la vida no le de¬jaré en paz hasta que me haya dicho su secreto.” Entonces ya no le roga¬ron más. El comerciante se apartó de ellos y se dirigió al estanque de la huerta para hacer sus abluciones y volver inmediatamente a revelar su secreto y morir.
Pero había allí un gallo lleno de vigor, capaz de dejar satisfechas a cincuenta gallinas, y junto a él hallá¬base un perro. Y el comerciante oyó que el perro increpaba al gallo de este modo: “ ¿No te avergüenza el es¬tar tan alegre cuando va a morir nuestro ama?” Y el gallo preguntó: “¿Por qué causa va a morir?”
Entonces el perro contó toda la historia, y el gallo repuso: “¡Por Alah! Poco talento tiene nuestro amo. Cincuenta esposas tengo yo, y a todas sé manejármelas perfecta¬mente, regañando a unas y contentando a otras. ¡En cambio, él sólo tiene una y no sabe entenderse. con ella! El medio es bien sencillo: basta¬ría con cortar unas cuantas varas de morera, entrar en el camarín de su esposa y dar-le hasta que sucumbie¬ra o se arrepintiese. No volvería a importunarle con preguntas.” Así dijo el gallo, y cuando el comerciante oyó sus palabras se iluminó su razón, y resolvió dar una paliza a su mujer.
El visir interrumpió aquí su relato para decir a su hija, Schahrazada: “Acaso el rey haga contigo lo que el comerciante con su mujer.” Y Schahrazada preguntó: “¿Pero qué hizo?” Entonces el visir prosiguió de este modo:
“Entró el comerciante llevando ocultas las varas de morera, que ocababa de cortar, y llamó aparte a su esposa: “Ven a nuestro, gabinete para que te diga mi secreto.” La mujer le siguió; el comerciante se encerró con ella y empezó a sacudirla varazos, hasta que ella acabó por decir: “¡Me arrepiento, me arrepiento!” Y besa¬ba las manos y los pies de su ma¬rido. Estaba arrepentida de ve-ras. Salieron entonces, y la concurrencia se alegró muchísimo, regocijándose también los parientes. Y todos vivie¬ron muy felices hasta la muerte.”
Dijo. Y cuando Schahrazada, hija del visir, hubo oído este relato, insis¬tió nuevamente en su rue-go: Padre, de todos modos quiero que hagas lo que te he pedido.” Entonces el visir, sin replicar nada, mandó que preparasen el ajuar de su hija, y mar¬chó a comunicar la nueva al rey Schahrían
Mientras tanto, Schahrazada decía a su hermana Doniazada: “Te man¬daré llamar cuando esté en el pala¬cio, y así que llegues y veas que el rey ha terminado de hablar conmigo, me dirás: “Herma-na, cuenta alguna historia maravillosa que nos haga pa¬sar la noche.” Entonces yo narraré cuentos que, si quiere Alah, serán la causa de la emancipación de las hijas de los musulmanes.”
Fue a buscarla después el visir, y se dirigió con ella hacia la morada del rey. El rey se alegró mu-chísimo al ver a Schahrazada, y preguntó a su padre: “¿Es ésta lo que yo nece¬sito?” Y el visir dijo respetuosamen¬te: “Sí, lo es.”
Pero cuando el rey quiso acercar¬se a la joven, ésta se echó a llorar. Y el rey le dijo: “¿Qué te pa-sa?” Y ella contestó: “¡Oh rey poderoso, tengo una hermanita, de la cual qui¬siera despedirme!” El rey mandó buscar-a la hermana, y vino Donia¬zada.
Después empezaron a conversar Doniazada dijo entonces a Schah¬razada: “¡Hermana, por Alah sobre ti! cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche.” Y Schahraza¬da contestó: “De buena gana, y como un debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras.” El rey, al oir estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado a escuchar la narración de Schahrazada.
Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la his¬toria que sigue:

PRIMERA NOCHE
HISTORIA DEI. MERCADER Y EL EFRIT

Schahrazada dijo:
“He llegado a saber, ¡oh rey, afor¬tunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países.
Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus negocios. Como el ca¬lor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dáti¬les, y cuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mer¬cader repuso: “Pero ¿cómo he mata¬do yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al arrojar los huesos, dieron en el pecho a mi hilo y lo mataron.” En¬tonces dijo el mercader: “Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Ten¬go muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permi¬teme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.”
El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.
Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que le correspondía. Después contó a su mujer y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo coa su familia hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió a partir, y toman¬do su sudario bajo el brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos y se fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando gran-des gritos de dolor.
En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que lle-gó era el primer día del año nuevo. Y mien¬tras estaba sentado, llorando su des¬gracia, he aquí que un jeique se diri¬gió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: “¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?”
Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse deteni-do en aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan pro¬digiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamen-te.” Después, sentándose a su lado, pro¬siguió: “¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y allí se que¬dó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pen-samientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar fre¬cuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jei¬que se dirigió hacia ellos, llevando una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla.
A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descar-gó una tor¬menta, se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al merca¬der: “Ven para que yo te mate como mataste a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi co-razón.” Entonces se echó a llorar el mercader, y los tres jeiques em¬pezaron también a llorar, a. gemir y a suspirar.
Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar áni¬mos, y besando la mano del efrit, le dijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mer¬cader?” Y el éfrit dijo: “Verdadera¬mente que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuen¬tro extraordinaria, te concederé el tercio de esa sangre.”

CUENTO DEL PRIMER JEIQUE

El primer jeique dijo:
“Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío, carne de nu carne y sangre de mi san-gre. Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos jun¬tos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé una concubina, qué, gra-cias a Alah, me dio un hijo varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magní¬ficos, sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco a poco; hasta llegar a los quin¬ce años. En aquella época tuve que marchar a una población lejana, don¬de reclamaba mi pre-sencia un gran negocio de comercio.
La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encanta¬mientos. Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él.” Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.
Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi bra¬zo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cu¬chillo en mano, cuando de pronta la vaca prorrumpió en lamentos y de¬rramaba lágrimas abundantes. En¬tonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le en-contró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya él arrepentimiento? Se la di al ma¬yoral, y le dije: “Tráeme un becerro bien gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.
Cuando el ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayo¬ral: “Tráe-me otra vaca, y deja con vida este ternero.”
En este punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprove¬charse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!” Schahrazada contestó: “Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conser¬varme.” Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.”
Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que lle¬vaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió adminis-trando justi¬cia, designando a unos para los em¬pleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.
Cuando hubo terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE

Doniazada dijo a su hermana Schahrazada:- “¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mer¬cader y el efrit “ Y Schahrazada res¬pondió: “De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.” Y el rey ordenó: “Puedes hablar.”
Ella dijo:
He llegado a saber, ¡oh rey afor¬tunado, dotado de ideas justas y rec¬tas! que cuando el mercader vio llo¬rar al ternero, se enterneció su cora¬zón, y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el gana-do.”
Y a todo esto, el efrit se asombra¬ba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:
“¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: “Debemos sacrifi¬car ese ternero tan gordo.” Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo:. “¡Oh amo mío! Voy a ente¬rarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una grati¬ficación.” Y yo le contesté: “Cuenta con ella.” Y me dijo: “¡Oh merca¬der ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y des-pués a reir. Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hom¬bres en mi apo-sento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes con¬tigo es hijo de nuestro amo el mer¬cader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el padre.” Estas palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la ma¬ñana para venir a enterarte de todo.”
Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creía¬me embriagado por el inmenso júbi¬lo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me de¬seó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revol¬cándose a mis pies. Pregunté enton¬ces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.” Y le supliqué: “¡Oh gentil y carita¬tiva joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas ten¬go al cuidado de tu padre.” Sonrió al oir estas palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera„ que me ca¬saré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.
Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: “Sea, y por añadi-dura tendrás las riquezas que tu padre me admi¬nistra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su san¬gre.”
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenán¬dola de agua y pronun-ciando sus con¬juros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo:' “Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.”
E inmediatamente el ternero em¬pezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana. Entonces, arro¬jándome en sus brazos, le besé. Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.” Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo mío! Alah, dueño de los destinos; reser¬vaba a alguien para salvarte y salvar tus dere-chos.”
Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija del mayo¬ral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontré¬me con estas buenas gentes, les pre¬gunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.”
Entonces exclamó el efrit: “Histo¬ria realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.”
En este momento se acercó el se¬gundo jeique, el de los lebreles ne¬gros, y dijo:

CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE

“Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son mis hermanos. mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante tam¬bién, se dedicó a viajar con las cara¬vanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?” Y echán-dose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora.” Le lleve conmigo a la tienda, lo acom¬pañé luego al hammam y le regalé un magnífico traje de la mejor clase.
Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuen¬ta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.” Y, efecti¬vamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares: En¬tonces di gracias a Alah, que es po¬deroso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.
Poco tiempo después quiso via¬jar también mi segundo hermano. Hicimos cuanto nos fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermano mayor.
Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su ausencia, abrió una tienda nueva continuó el ejercicio de su profesión.
Sin que les sirviese de escarmien¬to lo que les había sucedido, de nuevo mis hermanos desearon mar¬charse y pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les di¬je: “¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconven-ciones, pero sin nin¬gún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y, así pasaron seis años más. Al fin acabaron por conven¬cerme, y les dije: “Hermanos, conte¬mos el dinero que tene-mos.” Conta¬mos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: “En¬terremos la mitad para poderla utili¬zar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comer-ciar al por menor.” `Y contestaron: “¡Alah, favorezca la idea!” Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercade¬rías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efec-tos, y partimos. Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendi¬mos las mer-cancías con unta ganan¬cia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.
Al llegar a orillas del mar encon¬tramos a una mujer pobremente ves¬tida, con ropas viejas y raí-das. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecer-me? Yo, en cam¬bio, sabré agradecer tus bondades.” Y le dije: “Te socorreré, mas no te creas obli-gada a la gratitud.” Y ella me respondió: “Señor, entonces cá¬sate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficios No te avergüences de mi humilde condición.” Al decir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga me¬diante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitáala-ria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.
Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos, sintieron celos, además de envidiar¬me por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas mira-das sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y re¬partirse mi dinero, porque el Chei-tán sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.
Un día, cuándo estaba yo durmien¬do con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndo-se en efrita. Me tomó sobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció duran-te toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: “¿No recono¬ces. a tu esposa?” Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que yo soy una efrita. Y desde el instan-te en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyen-te de Alah y en su Profe¬ta, al cual Alah bendiga y persevere. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a ca¬sarte conmigo. Y yo, en justa grati¬tud, he impedido que perezcas aho¬gado. “En cuanto a tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”
Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: “No puedo consentir la per-dida de mis hermanos.” Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el prin¬cipio hasta el fin, y me dijo entonces: “Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.” Yo repliqué: “¡Por Alah sobre tal No hagas eso, recuer¬da que el Maestro de los Pro-verbios dice: “¡Oh tú, compasivo del delin¬cuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo cri¬men, y además, considera que son mis hermanos.” Pero ella insistió: :Tengo que matarlos sin remedio.” Y en vano imploré su indulgencia, Después se echó a volar llevándome en sus hom-bros, y me dejó en la azotea de mi casa.
Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y des-pués de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nue¬vos géneros.
Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones en¬contré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ro-pas. Entonces acu¬dió mi mujer, y me dijo: “Son tus hermanos. “Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó: “Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en ar-tes de encantamiento, que los pu¬siera en ese estado. Diez años per¬manecerán así”.
Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en basca de mi cuñada, a la que deseo supli-car los desencante, porque van ya transcu¬rridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.”
El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te con¬cedo otro tercio de la sangre desti¬nada a rescatar el crimen.”
Entonces se adelantó el tercer jei¬que, dueño de la mula, y dijo al efrit: “Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.” El efrit contestó: “Que así sea.”
Y el tercer jeique dijo:

CUENTO DEL TERCER JEIQUE

“¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi es¬posa. Una vez salí de viaje y estu-ve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré con un esclavo negro, esta¬ban conversando, y se besaban, ha¬ciéndose zalamerí-as. Al verme, ella se levantó, súbitamente y se aba¬lanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas pala¬bras luego, y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia forma y revis-te la de un perro!” Inmediata¬mente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve va¬gando, hasta llegar a una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al ver¬me el carnicero, me cogió y me llevó con él.
Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habita¬ción.” Y repuso el padre: “¿Pero dónde está ese hombre?” Ella contes¬tó: “Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! De¬vuélvele su forma, hija mía.” Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: “.¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!” , Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisie¬ra que encantases a mi mujer como ella me encantó.” Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras dormida a tu mujer, ro¬cíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.” Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se trans¬formó en una mu-la, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.”
El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula movió la cabeza como afirmando: “Sí, sí; todo es verdad.”
Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.
En aquel momento Schahrazada vio aparecer la mañana, y discreta¬mente dejó de hablar, sin aprove¬charse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, her¬mana mía! ¡Cuán dulces, cuán ama¬bles y cuán deliciosas son en su fres¬cura tus palabras!” Y Schahrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche pró¬xima, si vivo aún y el rey quiere con¬servarme.” Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.”
Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levan¬tó el diván y el rey volvió a palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE

Daniazada dijo: “Hermana mía, te suplico que termines tu relato.” Y Schahrazada contestó: “Con toda la generosidad y simpatía de mi cora¬zón.” Y prosiguió después:
He llegado a saber, ¡oh rey afor¬tunado! que, cuando el tercer jeique contó al efrit el más asom-broso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crí¬men, y dejo en libertad al merca¬der.”
Entonces el mercader, contentísi¬mo, salió al encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.
“Pero -añadió Schahrazada- es más asombrosa la historia del pes¬cador.”
Y el rey dijo a Schahrazada: “¿Qué historia del pescador es esa?”
Y Shahrazada dijo:

HISTORIA DEL PESCADOR Y DEL EFRIT

“He llegado a saber, ¡oh rey afor¬tunado! que había un pescador, hom¬bre de edad avanzada, ca-sado, con tres hijos y muy pobre.
Tenía por costumbre echar las re¬des sólo cuatro veces al día y nada más Un día entre los días, a las doce de la mañana, fue a orillas del mar, dejó en el suelo la cesta, echó la red, y estuvo espe-rando hasta que llegara al fondo. Entonces juntó las cuerdas y notó que la red pesaba mucho y no podía con ella. Llevó el cabo a tierra y lo ató a un poste. Después se desnudó y entró en el mar, maniobrando en torno de la red, y no paró hasta que la hubo sacado. Vistióse entonces muy ale¬gre y acercándose a la red, encontró un borrico muerto. Al verlo, excla¬mó desconsolado: “¡Todo el poder y la fuerza están en Alah, el Altísi¬mo y el Omnipotente!” Luego dijo: “En verdad que este donativo de Alah es asombroso.” Y recitó los si¬guientes versos:

¡Oh buzo, que -giras ciegamente en las tinieblas de la noche y de la per¬dición! -¡Abandona esos penosos tra¬bajos; la fortuna no gusta del movi¬miento!

Sacó la red, exprimiéndola el agua, y cuando hubo acabado de expri¬mirla, la tendió de nuevo. Después, internándose en el agua, exclamó: “¡En el nombre de Alah!” Y arrojó la red de nuevo, aguardando que lle¬gara al fondo. Quiso entonces sacar¬la, pero notó que pesaba mas que antes y que estaba más adherida, por lo, cual la creyó repleta de una buena pesca; y arrojándose otra vez al agua, la sacó al fin con gran trabajo, lle¬vándola a la orilla, y encontró una tinaja enorme, llena de arena y de barro. Al verla, se lamentó mucho y recitó estos versos:

¡Cesad, vicisitudes de la suerte, y apiadaos de los hombres!
¡Qué tristeza! ¡Sobre la tierra nin¬guna, recompensa es igual al mérito ni digna del esfuerzo realiza-do por alcan¬zarla!
¡Salgo de casa a veces para buscar candorosamente la fortuna; y me ente¬ran de que la fortuna hace mucho tiempo que murió!
¿Es así, ¡oh fortuna! como dejas, a los sabios en la sombra, para que los necios gobiernen el mun-do?

Y luego, arrojando la tinaja lejos de él, pidió perdón a Alah por su momento de rebeldía y lanzó la red por vez tercera, y al sacarla la en¬contró llena de trozos de cacharros y vidrios. Al ver esto, recitó todavía unos versos de un poeta:

¡Oh poeta! ¡Nunca soplará hacia ti el viento de la fortuna! ¿Ignoras, hom¬bre ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de la escritura han de enriquecerte jamas?

Y alzando la frente al cielo; ex¬clamó: “¡Alah! ¡Tú sabes que yo no echo la red mas que cuatro veces por día, y ya van tres!” Después invocó nuevamente el nombre de Alah y lanzó la red, aguardando que tocase el fondo. Esta vez, a pesar de todos sus esfuerzos, tampoco conse¬guía sa-carla, pues a cada tirón se en¬ganchaba más en las rocas del fondo. Entonces dijo: “¡No hay fuerza ni poder mas que en Alah!” Se desnu¬dó, metiéndose en el agua y manio¬brando alrededor de la red, hasta que la desprendió y la llevó a tierra. Al abrirla encontró un enorme ja¬rrón de cobre do-rado, lleno e intacto. La boca estaba cerrada con un plo¬mo que ostentaba el sello de nuestro Señor Soleimán, hijo de Daud. El pescador se puso muy alegre al verlo, y se dijo: “He aquí un objeto que venderé en el zoco de los caldereros, porque bien vale sus diez dinares de oro.” Intentó mover el jarrón, pero hallándolo muy pesado, se dijo para sí: “Tengo que abrirlo sin remedio; meteré en el saco lo que contenga y luego lo venderé en el zoco de los caldereros.” Sacó el cuchillo y em¬pezó a maniobrar, hasta que levantó el plomo. Entonces sacudió el jarrón, queriendo inclinarlo para ver-ter el contenido en el suelo. Pero nada sa¬lió del vaso, aparte de una humare¬da que subió hasta lo azul del cielo y se extendió por la superficie de la tierra. Y el pescador no volvía de su asombro. Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó a condensar¬se en torbellinos, y al fin se convir-tió en un efrit cuya frente llegaba a las nubes, mientras sus pies se hundían en el polvo. La cabeza del efrit era como una cúpula; sus manos seme¬jaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca, una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alca¬rraza; sus ojos, dos antorchas, y su cabellera aparecía revuelta y empol¬vada. Al ver a este efrit, el pescador quedó mudo de espanto, temblán¬dole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos se le cega¬ron a la luz.
Cuando vio al pescador, el efrit dijo: “¡No hay más Dios que Alah, y Soleimán es el profeta de Alah!” Y dirigiéndose hacia el pescador, prosiguió de este modo: “¡Oh tú, gran Soleimán, profeta de Alah, no me mates; te obedeceré siempre, y nunca me rebelaré contra tus mandatos.” Entonces exclamó el pes¬cador: “¡Oh gigante audaz y rebel¬de, tú te atreves a decir que Solei¬mán es el profeta de Alah! Soleimán murió hace mil ochocientos años; y nosotros estamos al fin de los tiempos. Pero ¿qué historia vienes a contarme? ¿Cuál es el motivo de que estuvieras en este jarrón?”
Entonces el efrit dijo: “No hay más Dios que Alah. Pero permite, ¡oh pescador! que te anuncie una buena noticia.” Y el pescador repu¬so: “¿Qué noticia es esa?” Y con¬testó el efrit: “Tu muerte. Vas a morir ahora mismo, y de la manera más terrible.” Y replicó el pesca¬dor: “¡Oh jefe de los efrits! ¡mere¬ces por esa noticia- que el cielo te retire su ayuda! ¡Pueda él alejarte de nosotros! Pero ¿por qué deseas mi muerte? ¿qué hice para mere¬cerla? Te he sacado de esa vasija, te he salvado de una larga perma¬nencia en el mar, y te he traído a la tierra.” Entonces el efrit dijo: “Piensa y elige la especie de muerte que prefieras; morirás del modo que gustes.” Y el pescador dijo: “¿Cuál es mi crimen para merecer tal cas¬tigo?” Y respondió el efrit: “Oye mi historia, pescador.” Y el pesca¬dor dijo: “Habla y abrevia tu relato, porque de impaciente que se halla mi alma se me está saliendo por el pie.” Y dijo el efrit:
“Sabe que yo soy un efrit rebelde. Me rebelé contra Soleimán, hijo de Daud. Mi nombre es Sakhr El¬Genni. Y Soleimán envió hacia mí a su visir Assef, hijo de Barkhia, que me cogió a pesar de mi resis¬tencia, y me llevó a manos de Solei¬mán. Y mi nariz en aquel momento se puso bien humilde. Al verme, Soleimán hizo su conjuro a Alah y me mandó que abrazase su religión y me sometiese a su obediencia. Pero yo me negué. Entonces mandó traer ese jarrón, me aprisionó en él y lo selló con plomo, imprimiendo el nombre del Altísimo. Después ordenó a los efrits fieles que me lleva-ran en hombros y me arrojasen en medio del mar. Permanecí cien años en el fondo del agua, y decía de todo corazón: “Enriqueceré eternamente al que logre libertarme.” Pero pasaron los cien años y nadie me libertó. Durante los otros cien años me decía: “Descubriré y daré los tesoros de la tierra a quien me, liberte.” Pero nadie me libró. Y pasaren. cuatrocientos años, y me dije: “Conce-deré tres cosas a quien me liberte.” Y nadie me libró tam¬poco. Entonces, terriblemente enco¬lerizado, dije con toda el alma: “Ahora mataré a quien me libre, pero le dejaré antes elegir, conce¬diéndole la clase de muerte que prefiera.” Entonces tú, ¡oh pesca¬dor! viniste a librarme, y por eso te permito que escojas la clase de muerte.”
El pescador, al oír estas palabras del efrit; dijo: “¡Por Alah que la oportunidad es prodigiosa! ¡Y había de ser yo quien te libertase! ¡Indúl¬tame, efrit, que Alah te recompen¬sará! En cambio, si me matas, buscará quien te haga perecer.” Entonces el efrit le dijo: “¡Pero si yo quiero matarte es pre-cisamente porque me has libertado!” Y el pes¬cador le contestó: “¡Oh jeique de los efrits, así es co-mo devuelves el mal por el bien! ¡A fe que no miente el proverbio!” Y recitó estos versos:

¿Quieres probar la amargura de las cosas? ¡Sé bueno y servicial!
¡Los malvadas desconocen la gra¬titud!
¡Pruébalo, si quieres, y tu suerte será la de la pobre Magir, madre de Amer!

Pero el efrit le dijo: “Ya hemos hablado bastante. Sabe que sin remedio te he de matar.” Enton-ces pensó el pescador: “Yo no soy mas que un hombre y él un efrit; pero Alah me ha dado una razón bien despierta. Acudiré a una astucia para perderlo. Veré hasta dónde llega su malicia.” Y entonces dijo al efrit: “¿Has decidido realmente mi muerte?” Y el efrit contestó: “No lo dudes.” Entonces dijo: “Por el nombre del Altísimo, que está grabado en el sello de Soleimán, te conjuro a que respondas con verdad a mi pregunta.” Cuando el efrit oyó el nombre del Altísimo, respondió muy conmovido: “Pregunta, que yo contestaré la verdad. Entonces dijo el pescador: “¿Cómo has podido entrar por entero en este jarrón donde apenas cabe tu pie o tu mano?” El efrit dijo: “¿Du-das acaso de ello?” El pescador respondió: “Efectivamente, no lo creeré jamás mientras no vea con mis propios ojos que te metes en él.”
En este momento de su narra¬ción, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ LA CUARTA NOCHE

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor¬tunado! que cuando el pescador dijo al efrit que no le creería como no lo viese con sus propios ojos, el efrit comenzó a agitarse; convirtiéndose nuevamente en humareda que subía hasta el firmamento. Después se condensó, y empezó a entrar en el jarrón poco a poco, hasta el fin. Entonces el pescador cogió rápida¬mente la tapadera de plomo, con el sello de Soleimán, y obstruyó la boca del jarrón. Después, llamando al efrit, le dijo: “Elige y piensa la clase de muerte que más te con¬venga; si no, te echaré al mar, y me haré una casa junto a la ori-lla, e impediré a todo el mundo que pes¬que, diciendo: “Allí hay un efrit, y si lo libran quiere matar a los que le liberten.” Luego enumeró todas las variedades de muertes para facilitar la elección. Al oirle, el efrit intentó salir, pero no pudo, y vio que estaba, encarcelado y tenía encima el sello de Soleimán, convenciéndose entonces de que el pescador le había encerrado en un calabozo contra el cual no pueden prevalecer ni los más débiles ni los más fuertes de los efrits. Y com¬prendiendo que el pescador le lleva¬ría hacia el mar, suplicó: “¡No me lleves! ¡no me lleves!” Y el pesca¬dor dijo: “No hay remedio.” Enton¬ces, dulcificando su lenguaje, excla¬mó el efrit: “¡Ah pescador! ¿Qué vas a hacer conmigo?” El otro dijo: “Echarte al mar, que si has estado en él mil ochocientos años, no sal¬drás esta vez hasta el día del Juicio. ¿No te rogué yo que me dejaras la vida para que Alah te la conservase a ti y no me mataras para que Alah no te matase? Obrando infamemente rechazaste mi plegaria. Por eso Alah te ha puesto en mis manos, y no me remuerde el haberte engañado.” En-tonces dijo el efrit: “Abreme el jarrón y te colmaré de beneficias.” El pescador respondió: “Mien-tes, ¡oh maldito! Entre tú y yo pasa exactamente lo, que ocurrió entre el visir del rey Yunán y el médico Ruyán.”
Y el efrit dijo: “¿Quiénes eran el visir del rey Yunán y el médico Ruyán?... ¿Qué historia es esa?”

HISTORIA DEL VISIR DEL REY YUNÁN Y DEL MEDICO RUYÁN

El pescador dijo:
“Sabrás, ¡oh efrit! que en la anti¬güedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo en la ciudad de Fars, en el país de los ruman, un rey llamado Yunán. Era rico y pode¬roso, señor de ejércitos, dueño de fuerzas considerables y de aliados de todas las especies de hombres. Pero su cuerpo pa-decía una lepra que desesperaba a los médicos y a los sabios. Ni drogas, ni píldoras, ni pomadas le hacían efecto algu¬no, y ningún sabio pudo encontrar un eficaz remedio para la espantosa dolencia. Pero cierto día llegó a la capital del rey Yunán un médico anciano de renombre, llamado Ru¬yan. Había estudiado los libros grie¬gos, persas, romanos, árabes y sirios, así como la medicina y la as-trono¬mía, cuyos principios y reglas no ignoraba, así como sus buenos y malos efectos. Conocía las virtudes de las plantas grasas y secas y tam¬bién sus buenos y, malos efectos. Por último, había pro-fundizado la filosofía y todas las ciencias médicas y otras muchas además. Cuando este médico lle-gó a la ciudad y perma¬neció en ella algunos días, supo la historia del rey y de la lepra que le marti-rizaba por la voluntad de Alah, enterándose del fracaso abso¬luto de todos los médicos y sabios. Al tener de ello noticia, pasó muy preocupado la noche. Pero no bien despertó por la mañana (al brillar la luz del día y saludar el sol al mundo, magnífica decora¬ción del Optimo) se puso su mejor traje y fue a ver al rey Yunán. Besó la tierra entre las manos del rey e hizo votos por la duración eterna de su. poderío y de las gracias de Alah y de todas las mejores cosas. Después le enteró de quien era, y le dijo: “He averiguado la enfer¬medad que atormenta tu cuerpo y he sabido que un gran número de médicos, no ha podido encontrar el medio de curarla. Voy, ¡oh rey! a aplicarte mi tratamiento, sin hacer¬te beber medicinas ni untarte con pomadas.” Al oírlo, el rey. Yunán se asom-bró mucho, y le dijo: “¡Por Alah! que si me curas te enrique¬cerá hasta los hijos de tus hijos, te con-cederé todos tus deseos y serás mi compañero y amigo” En seguida le dio un hermoso traje y otros pre¬sentes, y añadió: “¿Es cierto que me curarás de esta enfermedad sin medicamentos ni poma-das?” Y res¬pondió el otro: “Sí, ciertamente. Te curaré sin fatiga ni pena para tu cuerpo.” El rey le dijo, cada vez más asombrado: “¡Oh gran médico! ¿Qué día. y que momento verán realizarse lo que acabas de prome¬ter? Apresúrate a hacerlo, hijo mío.” Y el medico contestó:. “Escucho y obe-dezco.”
Entonces salió del palacio y alqui¬ló una casa, donde instaló sus libros, sus remedios y sus plantas aromáti¬cas. Después hizo extractos de sus medicamentos y de sus simples, y con estos extractos construyó un mazo corto y encorvado, cuyo man¬go horadó, y también hizo una pelota, todo esto lo mejor que pudo. Terminado completamente su traba¬jo, al segundo día fue a palacio, entró en la cámara del rey y besó la tierra entre sus manos. Después le prescribió que fuera a caballo al mei-dán y jugara con la bola y el mazo.
Acompañaron al rey sus emires, sus chambelanes, sus visires y los jefes del reinó. Apenas había llega¬do al meidán, se le acercó el médico y le entregó el mazo, diciéndole: “Empúñalo de este modo y da con toda tu fuerza en la pelota. Y haz de modo que llegues a sudar. De ese modo el remedio penetrará en la palma de la mano y circulará por todo tu cuerpo. Cuando transpires y el remedio haya tenido tiempo de obrar, regresa a tu palacio, ve en seguida a bañarte al hamman, y quedarás curado. Ahora, la paz sea contigo.”
El rey Yunán cogió el mazo que le alargaba el médico, empuñándolo con fuerza. Intrépidos jine-tes mon¬taron a caballo y le echaron la pelo¬ta. Entonces empezó a galopar de¬trás de ella para al-canzarla y gol¬pearla, siempre con el mazo bien cogido. Y no dejó de golpear hasta que transpiró bien por la palma de la mano y por todo el cuerpo, dando lugar a que la medicina obrase sobre el organismo. Cuando el mé¬dico Ruyán vio que el remedio había circulado suficientemente, mandó al rey que volviera a palacio para bañarse en el hammam. Y el rey marchó en seguida y dispuso que le prepararan el hammam. Se lo prepararon con gran prisa, y los esclavos apresuráronse tam-bién a disponerle la ropa. Entonces el rey entró en el hammam y tomó el baño, se vistió de nuevo y salió del hammam para montar a caballo, volver a palacio y echarse a dormir.
Y hasta aquí lo referente al rey Yunán. En cuanto al médico Ruyán, éste regresó a su casa, se acostó, y al despertar por la mañana fue a palacio, pidió permiso al rey para entrar, lo que éste le concedió, entró, besó la tierra entre sus manos y empezó por declamar gravemente algunas estro-fas:

¡Si la elocuencia te eligiese como padre, reflorecería! ¡Y no sabría elegir ya a otro más que a ti!
¡Oh rostro radiante, cuya claridad borraría la llama de un tizón encen¬dido!
¡Ojalá ese glorioso semblante siga con la luz de su frescura y alcance a ver cómo las arrugas sur-can la cara del Tiempo!
¡Me has cubierto con los beneficias de tu generosidad, como la nube bienhechora cubre la colina!
¡Tus altas hazañas te han hecho alcanzar las cimas de la gloria y eres el amado del Destino, que ya no puede negarte nada!

Recitados los versos, el rey sé puso de pie; y cordialmente tendió sus brazos al médico. Luego, le sen¬tó a su lado, y le regaló magníficos trajes de honor.
Porque, efectivamente, al salir del hammam el rey se había mirado el cuerpo, sin encontrar ras-tro de lepra, y vio su piel tan pura como la plata virgen. Entonces se dilató con gran júbilo su pe-cho. Y al otro día, al levantarse el rey por la mañana, entró en el diván; se sentó en el trono y comparecieron los chambelanes y grandes del reino, así como él médico Ruyán. Por esto, al verle, el rey se levantó apre¬suradamente y le hizo sentar a su lado. Sirvieron a ambos manjares y bebidas durante todo el día. Y al anochecer, el rey entregó al médico dos mil dinares, sin contar los trajes de honor y magníficos presentes, y le hizo montar su propio corcel. Y entonces el médico se despi-dió y regresó a su casa.
El rey no dejaba de admirar el arte del médico ni de decir: “Me ha curado por el exterior de mi cuerpo sin untarme con pomadas. ¡Oh Alah! ¡Qué ciencia tan subli¬me! Fuerza es colmar de benefi-cios a este hombre y tenerle para siem¬pre como compañero y amigo afec¬tuoso.” Y el rey Yunán se acostó, muy alegre de verse con el cuerpo sano y libre de su enfermedad.
Cuando al otro día se levantó el rey y se sentó en el trono, los jefes de la nación pusiéronse de pie, y los emires y visires se sentaron a su derecha y a su izquierda. Entonces mandó llamar al mé-dico Ruyán, que acudió y besó la tierra entre sus manos. El rey se levantó en honor suyo, le hizo sentar a su lado, comió en su compañía, le deseó larga vida y le dio magníficas telas y otros pre-sentes, sin dejar de conversar, con él hasta el anochecer, y mandó le entregaran a modo de remu-nera¬ción cinco trajes de honor y mil dinares. Y así regresó el médico a su casa, haciendo votos por el rey.
Al levantarse por la mañana, salió el rey y entró en el diván, donde le rodearon los emires, los visires y los chambelanes. Y entre los visires había uno de cara sinies¬tra, repulsiva, terrible, sórdi-damente avaro, envidioso y saturado de celos y de odio. Cuando este visir vio que el rey colocaba a su lado al médico Ruyán y le otorgaba tantos beneficios, le tuvo envidia y resol¬vio secretamente perderlo. El pro¬verbio lo dice: “El envidioso ataca a todo el mundo. En el corazón del envidioso está emboscada la perse¬cución, y la desarrolla si dispone de fuerza o la conserva latente la debili-dad,” El visir se acercó al rey Yunán, besó la tierra entre sus, ma¬nos, y dijo: “¡Oh rey del siglo y del tiempo, que envuelves a los hombres en tus beneficios! Tengo para ti un consejo de gran impor¬tancia, que no podría ocultarte sin ser un mal hijo. Si me mandas que te lo revele, yo te lo revela-ré.” Tur¬bado entonces el rey por las pala¬bras del visir, le dijo: “¿Qué consejo es el tuyo? El otro respondió: “¡Oh rey glorioso! los antiguos han dicho: “Quien no mire el fin y las consecuencias no tendrá a la Fortu¬na por amiga”, y justamente acaba de ver al rey obrar con poco juicio otorgando sus bondades a su enemi¬go, al que desea el aniquilamiento de su reino, colmándole de favores, abrumándole con generosidades. Y yo, por esta causa, siento grandes temores por el rey.” Al oir esto, el rey se turbó extremadamente, cam¬bió de color; y dijo: “¿Quién es el que supones enemigo mío y colma¬do por mí de favores?” Y el visir respondió: “¡Oh rey! Si estás dor¬mido, despierta, porque aludo al médico Ruyán.” El rey dijo: “Ese es buen amigo mío, y para mí el más querido de los hombres, pues me ha curado con una cosa que yo he tenido en la mano y me ha librado de mi enfermedad, que había desesperado a los médicos. Cierta¬mente que no hay otro como él en este siglo, en el mundo entero, lo mismo en Occidente que en Orien¬te. ¿Cómo, te atreves a hablarme así de él? Desde ahora le voy a señalar un sueldo de mil dinares al mes. Y aunque le diera la mitad de mi reino, poco seria para lo que merece. Creo que me dices todo eso por envidia, como se cuenta en la historia, que he sabido; del rey Sindabad.”
En aquel momento la aurora sor¬prendió a Schahrazada, que inte¬rrumpió su narración.
Entonces Doniazada le dijo: “¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras, cuán deliciosas son tus pala¬bras!” Y Schahrazada dijo: “¿Qué es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien con¬servarme?” Entonces el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la