KAKO2006

jueves, 18 de mayo de 2006

$>LA CASA DE LOS ESPIRITUS

Isabel Allende
La Casa de los espíritus
Isabel Allende nació en Lima en 1942, estudió Periodismo en
Chile y tuvo que exiliarse a Venezuela tras el golpe militar contra
su tío Salvador Allende. Desde la publicación en 1982 de La casa
de los espíritus, sus novelas y cuentos han alcanzado gran éxito de
ventas, trascendiendo las fronteras del ámbito de la lengua
castellana. Entre su obra narrativa destacan Eva Luna, Paula y El
plan infinito. Su última novela publicada es Retrato en sepia
(2000).
Con La casa de los espíritus comienza el empeño de Isabel Allende por
rescatar la memoria del pasado, mediante la historia de tres generaciones de
chilenos desde comienzos del siglo XX hasta la década de los setenta. El eje de la
saga lo constituye Esteban Txueba, un humilde minero que logra prosperar a
base de tenacidad y se convierte en uno de los más poderosos terratenientes. Tras
su matrimonio frustrado con Rosa, que muere envenenada por error, se casa con
otra hermana, Clara, incompetente para las cosas de orden doméstico pero
dotada de una extraña clarividencia: es capaz de interpretar los sueños y de
predecir el futuro con sorprendente exactitud. La brutalidad de Esteban, hombre
lujurioso y de mal carácter, irá minando un matrimonio difícilmente conciliable y
los conflictos se extenderán también a sus hijos y nietos.
La novela recorre, con el paso de los años, la evolución de los cambios sociales e
ideológicos del país, sin perder de vista las peripecias personales -a menudo misteriosas- de la saga familiar.
Entrarán en escena los avances tecnológicos, la mudanza en las costumbres, las «nuevas ideas» socialistas y
de emancipación de la mujer, el espiritismo y los fantasmas comunistas, hasta desembocar en el triunfo
socialista y el posterior golpe militar. Estas convulsiones afectarán a la familia de Esteban Trueba -cuyos
miembros poseen siempre algún rasgo extravagante y desmedido- con distintos matices de dramatismo y
violencia. EL viejo terrateniente envejece y, con él, una forma de ver el mundo basada en el dominio, el código
de honor y la venganza. La casa de los espíritus fue llevada al cine por Bille August en 1993. Antonio
Banderas, Meryl Streep, Glenn Close, Winona Ryder y Jeremy Irons encarnaron a los personajes principales.
PROLOGO
Zoé Valdés
Demoré varios años después de su publicación antes de iniciar la lectura de la
novela que consagró definitivamente a Isabel Allende. Es algo que hago siempre con
los libros o películas que intuyo tendrán un valor importante para mí, pocas veces
asista a un estreno sólo porque la crítica me obligue, y prefiero guardar un libro
hasta tres meses o algunos años más tarde de la edición para sumergirme en su
lectura. Salvo, por supuesto, cuando debo hacerlo por inminentes razones
profesionales. La casa de los espíritus la leí después que había pasado incluso el éxito
de la película. La película aún no la he visto, aunque me apetece verla no sólo por la
pléyade de actrices y actores que hicieron la novela aún más célebre, sobre todo
porque resulta inevitable que nos pique la curiosidad de comprobar si la historia
magistralmente narrada por su autora no ha sido traicionada en la gran pantalla,
siendo la propia historia fruto creador de una protagonista directa, además de que
la densidad filosófica y la belleza literaria son insuperables en el texto, y
constituyen claves esenciales que seducirán, bordando delicadas y perdurables
emociones en la sensibilidad y en el pensamiento del lector.
Isabel Allende nos cuenta una gran saga familiar, la existencia de cuatro
generaciones en la familia Trueba, deteniéndose con preferencia en los personajes
femeninos: Nívea, Rosa y Clara, Blanca, y por último Alba; aunque a todo lo largo
de la novela quien habla en los momentos trascendentales es el senador Trueba, eje
central del cuerpo sustancial histórico-político en el aspecto cronológico, salvo en el
final, que quien toma la palabra es Alba, en una suerte de relevo espiritual y social.
Esteban Trueba, el patrón, representa el autoritarismo de las clases altas de ese
país, que no es otro que Chile. Sin embargo, si bien el senador Trueba es el hilo
conductor de varias generaciones; Clara, su mujer, es la sonoridad telúrica de la
cultura, de la imaginación, la resonancia lírica de esas mismas-generaciones, en su
diversidad mestiza.
Insisto en hacer hincapié en el lenguaje, escrita con una limpieza excepcional,
incorporando localismos que gracias a la nitidez con que la escritora asumió el tejido
apretado de la obra se convierten de inmediato en universales. Creo que La casa de
los espíritus es la novela por excelencia de la más reciente historia latinoamericana,
donde se reflejan sin ambigüedades las hondas contradicciones entre el campo y la
ciudad, la lucha de clases, las confusiones o certezas ideológicas, las diferencias.
Aceptar las exageradas propuestas de esta multiplicidad de realidades en una
novela es un riesgo que no cualquier escritor está dispuesto a asumir. Porque Isabel
Allende expone los horrores de la junta militar, pero también los peligros no menos
siniestros de una dictadura marxista; los personajes jamás deambularán con pasos
extremistas y dislocados de un discurso a otro, viajarán por dentro de ellos con
desplazamientos excesivos, eso sí, chocando con sus negaciones, trastabillando de
un estado de ánimo a otro, acertando, equivocándose, viviendo el laberinto
indisoluble de la duda o la verdad de los seres humanos. Así Pedro Tercero García,
el cantautor con ideas izquierdistas irá aparar a un oscuro despacho totalitario
donde para nada le valdrá la guitarra que siempre le acompañó y que le dio la
celebridad en el corazón del pueblo, sin renunciar a su pasado terminará en el
exilio. Miguel, el revolucionario, será el eterno esperado por Alba, quien a su vez
significa el sacrificio, encarcelada por los militares, torturada en campos de
concentración; pero lo más importante es que Albaes la redención a través de la
escritura, de la palabra, es salvada por su abuelo, el anciano y desvalido senador
Trueba, un lejano aunque sólido indicio de la fundación de la tierra, en combinación
con Tránsito Soto, la antigua prostituta devenida nueva rica. Pero el personaje que
sostiene de una punta a la otra el equilibrio de la fábula se llama Clara,
clarividencia constante, horizonte latente, viva y extraordinariamente fantasmal,
referencia indiscutible al realismo mágico.
La casa de los espíritus es una de las grandes novelas del siglo veinte, por su
sinceridad al traducir la complejidad de la vida en literatura, asociando
espiritualidad y filosofía, realidad política y poética.
A mi madre, mi abuela y las otras extraordinarias
mujeres de esta historia.
I. A.
¿Cuánto vive el hombre, por fin?
¿Vive mil años o uno solo?
¿Vive una semana o varios siglos?
¿Por cuánto tiempo muere el hombre?
¿Qué quiere decir para siempre?
PABLO NERUDA
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Rosa, la bella
Capítulo I
Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada
caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde,
cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta
años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para
sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era jueves Santo. Venía en
una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada
extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba -por el porte real de
su cabeza y el tamaño de su esqueleto- el gigante legendario que llegó a ser. Aquél
era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña
escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la
parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los
santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban
anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial
parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o
los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían
amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus
rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de
muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de
nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san
Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su
cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas,
chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas,
milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de
asco a Clara.
Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se
tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible,
la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del
demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en
suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes
quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor,
cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de
excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a
desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para
apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los
sentimientos.
-¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! -gritaba desde el púlpito señalando
a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara-.
¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! -y acusaba a doña Ester Trueba,
inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos
sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los
muelles-. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro
Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!
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Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para
no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores
eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la
flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina
de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de
parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en
el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos
eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que
se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en
cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en
sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este
mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos.
Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse
el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que
todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios,
tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo,
el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones
parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella
podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus
numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había
llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea
empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los
lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los
cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba
acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía
que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su
malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a
los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil,
desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la
misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese
aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera
hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano
con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los
pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar
aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas
que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante
imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La
temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el
incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la
ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el
corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los
días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de
domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de
sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad
perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al
de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera,
porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al
verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el
cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la
tierra desde los tiempos del pecado original,, como dijo la comadrona santiguándose.
Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la
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virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al
sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y
de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos.
Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la
voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del
crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por
el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido
granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves
reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter
silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una
cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en
un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la
joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo
cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza
y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil.
Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo
ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad
y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para
bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes
y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las
leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban
Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque
dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del
Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos
copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa
correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del
oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas,
pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un
maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar para
llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo,
como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por
casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y
tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las
novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas
de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de
tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea
tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las
piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de
peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios,
escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en
la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo.
Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su
labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante
los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija
se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos
oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa
inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues
presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo
en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos dé bordar y
no objetaba aquel zoológico de pesadilla.
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Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas.
Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje
demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se
soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le
acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas
sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran
las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar
medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para
hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la
moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba
en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un
silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos
momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija
Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el
cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se
atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo.
Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas.
Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad
y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara.
-¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos
todos...
El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios,
quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los
que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en
reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a
agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa
colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a
Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros
hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el
sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el
umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido.
-¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada!
Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la
gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a
menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a
anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron
ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la
soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la
maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían
puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con
influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera
lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a
nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de
poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la
comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en
estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se
desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de
energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y
con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera
la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se
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habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca
detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los
extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo
sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor.
Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy
conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla
y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis
años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y
desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna
izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se
fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad
diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños
y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia.
-Ninguno llega a grande en ese estado -explicó-. Espere que a la niña le venga la
demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y
anunciando desgracias.
Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que
comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del
vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó
desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al
borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas
veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que
ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes
aguardentosos del doctor Cuevas.
Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que
su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre
Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la
ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente
desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era
que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a
indagar, todo el mundo iba a enterarse.
-Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno -dijo Nívea.
-Y el Partido Liberal se irá al carajo -agregó Severo, que veía el daño que podía
hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia.
En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de
enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a
un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer
patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un
torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que
hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su
equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y
un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las
circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó
sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea
gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado
enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco
esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la
casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando
con lamentos de duelo.
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Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien.
Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba
consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en
una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de
un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la
Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles
pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido
por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de
filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía
imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio.
En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios
meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta
en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles,
animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente
andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que
habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba
implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran
los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos
incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a
perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía
experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y
arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo.
Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores,
ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a
un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una
hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un
taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque
Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba
perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío
Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a
quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de
señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los
apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de
ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió
a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso,
alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón
roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa
chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una
marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro,
que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía
a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una
caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules eran
tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además
de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y
polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes
afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado
recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más
convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía
permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó
debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento
en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida
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hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la
ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron
de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente
empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al
cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un
loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores
familias había buenas razones para avergonzarse. Ante el bochorno familiar, Marcos
tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos para atraer a la
prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito,
porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años
mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero
que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al
recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y
su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales
anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo
a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó
secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía
soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos
para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia.
Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas
que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta
que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los
Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los
militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los
prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y
tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las
instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un
pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de
dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte
delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la
oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada.
La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de
chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo
comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se
despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cordillera. La noticia se
regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La
máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto
de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse
en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho
menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos
acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y
posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto
a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia
para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien
Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo
presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines
comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso
un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció
su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo
hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero
había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó
La casa de los espíritus
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puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises
nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó
en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna
concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el
primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el
sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se
vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada,
los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana
que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando
flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que
se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo
pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería
tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con
lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde
estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de
automovilista y su cucalón de explorador. Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un
catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado
basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos australes de los
incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y
hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su
motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de
aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de
agua bendita. En tierra quedó el comentario de la maravillada concurrencia y de los
hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara
siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó
divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres
días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y
nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las
alturas.
A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta
perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que
llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su
cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca
sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio,
patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas
misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver
a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico
de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la
Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días.
Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron
incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos
los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la
familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Enterraron al
intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su
nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma
muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló
frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Clara, que siguió
escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio,
apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío
Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata.
Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo
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admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor.
A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el
aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía
intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la familia
por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también
intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un
cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio
de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante
de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena.
Este hecho manchó el prestigio, hasta entonces impoluto, de los exploradores y los
andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que
malhechores.
La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto
del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un
tiempo, su nombre se reivindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos
meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus
armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron
aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada,
que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que
entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y
estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus
habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser
una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia
clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres
humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era
sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que,
según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que
era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y
anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la
calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las
sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su
patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se
encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola
en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de
leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y
señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes,
procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba
en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el
día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia
empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce
de membrillo. Marcos arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez
pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en
polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas
«del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó
las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar
blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un
amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba
más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre
todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno
quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e
improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los
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que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los
enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón
indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras
del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre
atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En
esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa
empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos
podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se
atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo
de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la
única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana.
De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés
para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias
palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la
forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las
orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas
y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la
quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las
patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las
cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su
búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas
o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa
de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los
arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo
eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos
minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus
impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y
hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al
fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron para poblar los sueños de sus
descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una
pira infame.
De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa
peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse
enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su
hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no
resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió
consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El
capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar
envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a
tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio,
que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las
verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico,
hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un
féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese
pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo
descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a
reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo
en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus
telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció
un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del
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asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a
la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana.
Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si
Barrabás no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la
perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón
donde habían tirado la jaula. Adentro estaba Barrabás. Era un montón de huesitos
cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo
cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería.
A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo.
-¡Un perrito! -chilló.
Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados
de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había
preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los
ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el
equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el
capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas
las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado
como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie
le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde,
una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío
Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos.
-¿Qué es eso? -preguntó.
-Barrabás-dijo Clara.
-Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna
enfermedad -ordenó Severo.
Pero Clara lo había adoptado.
-Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero.
Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos
de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con
gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza
cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que
pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma
y nadie volvió a mencionar el asunto. Barrabás se quedó con la cola entera y con el
tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos
incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de
raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la
calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias
aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que
provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran
recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis
meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La
familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de
que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico
cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su
estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes
afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle
la cabeza a un adulto de un tarascón y con mayor razón a cualquiera de sus niños.
Pero Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los
retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el
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almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después,
cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de
caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y
silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez
que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una
vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin
que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su
mansedumbre de doncella, Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían
precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia
provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la
leche, espantando al percherón de tiro, que salió dispararlo en medio de un estropicio
de cubos de leche desparramados en el empedrado. Severo tuvo que pagar todos los
destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de
sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la
ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a Barrabás características mitológicas.
Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la
brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo
creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un
aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable
mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía
en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la
sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató; sino que le provocó una
cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que
limpiar.
Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me
parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la
posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a
descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo
momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía
en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con
la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis
pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso
del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo
mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una
máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula
a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos
y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el
fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la
incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi
niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí
durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos,
una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para
aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba
la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a
máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las
pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los
mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa,
porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al
hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la
corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano,
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hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con
facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y nunca lo he olvidado. Una vez me
preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo
sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy
una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche,
por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En
aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar
de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza
fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de
una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy
tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No
estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía
controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba
acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía
posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres
decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No
había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía
peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme
a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo
he sufrido más que otros.
Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el
momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que
al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna
hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque
no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una
capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro. Habitualmente no ando
pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición
que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo
ver que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte hada y esa
manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y
penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle,
estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con
su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el
único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban
por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el
pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de
ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba
deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi
esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta
a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de
su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos
verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba
como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus
sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un
poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve
que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la
calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se
esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la
cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación
a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se
compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las
La casa de los espíritus
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incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le
enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio
para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia
prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia
Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la
oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día
que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle.
Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres,
que conocían esos síntomas, m