miércoles, 24 de mayo de 2006
Capítulo 1: El Otro Ministro
Era cerca de medianoche y el Primer Ministro estaba sentado solo en su oficina, leyendo un memorando largo que resbalaba por su cerebro sin dejar el más mínimo rastro de significado. Estaba esperando una llamada del Presidente de un país lejano, y mientras se preguntaba cuándo llamaría el desgraciado, trataba de suprimir recuerdos desagradables de lo que había sido una semana muy difícil, larga y agotadora, no había espacio en su cabeza para nada más. Cuanto más trataba de concentrarse en la página que tenía ante él, mas claramente veía la cara burlona de uno de sus oponentes políticos. Este oponente en particular había aparecido en las noticias ese mismo día, no sólo para enumerar todas las cosas terribles que habían ocurrido la semana pasada (como si alguien necesitase que se lo recordaran) sino también para explicar el por qué cada una de ellas era culpa del Gobierno.
El pulso del Primer Ministro se aceleró con sólo pensar en estas acusaciones, pues no eran ni verdaderas ni justas. ¿Cómo diablos se suponía que su gobierno iba a parar el colapso de ese puente? Era ofensivo que alguien sugiriera que no estaban gastando lo suficiente en puentes. El puente tenia menos de diez años, y los mejores expertos estuvieron desconcertados al tratar de explicar porqué se partió claramente en dos, enviando una docena de autos a las aguas profundas del río que estaba debajo. ¿Y cómo se atreve alguien a sugerir que fue falta de policías lo que condujo a esos dos asesinatos horripilantes y tan bien publicitados? ¿O que el gobierno debió haber previsto de alguna forma el huracán tan absurdo que golpeó al oeste del país, y causó tanto daño a la gente y a sus propiedades? ¿Y era su culpa que uno de sus Ministros subordinados, Herbert Chorley, haya elegido esta semana para actuar tan peculiarmente que ahora iba pasar mucho más tiempo con su familia?
-Un humor sombrío se ha apoderado de la ciudad- concluyó el oponente, apenas escondiendo su amplia sonrisa.
Y desafortunadamente, era perfectamente cierto. El Primer Ministro lo sentía en sí mismo, la gente realmente se veía mas desgraciada que lo habitual. Hasta el tiempo estaba deprimente, toda esa niebla helada a mediados de Julio... No estaba bien, no era normal.
Volvió la segunda página del memorando, miró cuan largo era, y lo abandonó como si fuera un trabajo tedioso. Estirando sus brazos por sobre su cabeza echó un vistazo a su oficina desoladamente. Era una linda habitación, con una fina chimenea de mármol en frente de las largas ventanas, firmemente cerradas ante la niebla fuera de estación. Con un pequeño escalofrío, el Primer Ministro se levantó y fue hasta la ventana, mirando el vapor fino que se apretaba contra el vidrio. Fue entonces, cuando estaba de espaldas a la habitación, que oyó una tos suave detrás de él.
Se congeló, nariz a nariz con su propio reflejo asustado en el vidrio oscuro. Conocía esa tos. La había escuchado antes. Se volvió lentamente para enfrentar la habitación vacía.
-¿Hola?- dijo, tratando de sonar más valiente de lo que se sentía.
Por un momento breve, se permitió la esperanza imposible de que nadie le contestara. Sin embargo, una voz respondió de inmediato, una voz dura, decisiva, que sonaba como si estuviera leyendo un anuncio preparado. Provenía – como el Primer Ministro supo desde la primera tos – del hombrecito de aspecto de rana que usaba una peluca larga plateada, quien estaba pintado en un óleo pequeño y sucio en un rincón alejado de la habitación.
-Al Primer Ministro de los Muggles. Nos reunimos urgentemente. Sea tan amable de responder de inmediato. Sinceramente, Fudge.
El hombre en la pintura miraba inquisitivamente al Primer Ministro.
- Ehh.. - dijo el Primer Ministro - Escuche... No es un buen momento para mí... Estoy esperando una llamada telefónica, como verá... del Presidente de...
-Eso puede arreglarse –dijo el retrato de inmediato. El corazón del Primer Ministro se hundió. Había temido eso.
-Pero realmente esperaba hablar...
-Nos encargaremos que el Presidente se olvide de llamar. Sin embargo, lo llamará mañana a la noche- dijo el hombrecito- Sea tan amable de responder inmediatamente al Sr. Fudge.
-Yo... eh... muy bien- dijo el Primer Ministro débilmente -Si, veré a Fudge.
Volvió deprisa a su escritorio, enderezándose su corbata. Cuando apenas había llegado a su asiento, y adoptado una expresión que esperaba que fuera relajada y despreocupada, llamas verdes cobraron vida en la chimenea vacía bajo su estante de mármol. Observó, tratando de no delatar un destello de sorpresa o alarma, al tiempo que aparecía un hombre corpulento girando tan rápido de las llamas como un trompo. Segundos después, salía a una fina alfombra antigua, sacudiéndose las cenizas de los puños de su capa larga rayada con su sombrero en forma de hongo color verde lima en su mano.
-Ah... Primer Ministro, -dijo Cornelius Fudge, avanzando hacia él con su mano extendida. -Es un placer verlo de nuevo.
El Primer Ministro no podía devolverle el cumplido honestamente, así que no dijo nada. No estaba ni remotamente contento de ver a Fudge, cuyas apariciones ocasionales, aparte de ser totalmente alarmantes en si mismas, generalmente significaban que estaba a punto de oír noticias muy malas. Además, Fudge se veía claramente preocupado. Estaba más flaco, más calvo y grisáceo, y su cara tenía un aspecto demacrado. El Primer Ministro había visto esa clase de aspecto en políticos anteriormente, y nunca auguraba nada bueno.
-¿En que puedo ayudarlo? –dijo, estrechando muy brevemente la mano de Fudge y yendo hacia la mas dura de las sillas delante del escritorio.
-Es difícil saber por donde empezar, -dijo Fudge en voz baja, corriendo la silla, sentándose, y poniendo su sombrero de hongo verde en sus rodillas -. Qué semana... qué semana...
-También tuvo una muy mala, ¿verdad? –preguntó el Primer Ministro con dificultad, esperando sugerir con eso que tuvo suficiente sin ninguna ayuda extra de Fudge.
-Si, por supuesto -dijo Fudge, frotándose sus ojos cansinamente y mirando irritado al Primer Ministro. –Tuve la misma semana que usted tuvo, Primer Ministro. El puente Brockdale... Los asesinatos de Bones y Vance... sin mencionar la conmoción en el oeste del país.
-Usted... ehh... su... Lo que quiero decir, su gente estuvo…. Estuvo involucrada en esas….en esas cosas…. ¿No es cierto?
Fudge miro muy severamente al Primer Ministro.
-Claro que estuvo involucrada- dijo- Seguramente se habrá dado cuenta de lo que esta pasando.
-Yo... -balbuceó el Primer Ministro.
Era precisamente esta clase de comportamiento la que hacia que le desagradaran tanto las visitas de Fudge. Después de todo, él era el Primer Ministro y no le gustaba que lo hicieran sentir como un escolar ignorante. Pero, por supuesto, había sido así desde su primera reunión con Fudge en su primer día de Primer Ministro. La recordaba como si fuese ayer y sabía que el recuerdo lo perseguiría hasta el día en que muriera.
Estaba parado solo en su oficina, saboreando el triunfo que había logrado tras muchos años de soñar y planear, cuando oyó una tos detrás de él, como esta noche, y se volvió para encontrarse con ese retrato horrible que le hablaba, anunciándole que el Ministro de la Magia iba a llegar para presentarse.
Naturalmente, supuso que la campaña larga y la tensión nerviosa de las elecciones lo habían vuelto loco. Estaba completamente aterrorizado al ver que un retrato le hablaba, pero eso no fue nada con respecto a cómo se sintió cuando un hombre que se auto proclamó mago saltó de la chimenea y estrechó su mano. Había quedado sin habla durante la explicación amable de Fudge acerca de que había brujas y magos que aun vivían en secreto por todo el mundo y sus garantías de que no debía hacerse problema por ellos mientras el Ministro de la Magia asumiera toda la responsabilidad por la Comunidad Mágica y previniera a la población no-mágica de averiguar sobre ellos. Era, dijo Fudge, un trabajo difícil que comprendía todo desde regulaciones para el uso responsable de las escobas, hasta mantener la población de dragones bajo control (en este punto el Primer Ministro recuerda haberse agarrado del escritorio para no caerse). Fudge le había dado unas palmaditas en el hombro en forma paternal al anonadado Primer Ministro.
-No hay que preocuparse –había dicho- Es probable que nunca me vea de nuevo. Sólo lo molestaré si pasa algo realmente serio, algo que pueda afectar a los Muggles... la población no-mágica, debo decir. De todas formas, es vivir y dejar vivir. Y debo decir que se lo está tomando mucho mejor que su antecesor. Trató de tirarme por la ventana, pensando que era una broma planeada por la oposición.
Ante esto, el Primer Ministro por fin encontró su voz.
-¿No es... no es una broma, entonces?
Había sido su última esperanza desesperada.
-No -dijo Fudge gentilmente. -No, me temo que no. Mire.
Y transformó la taza de té del Primer Ministro en un jerbo.
-Pero, -dijo el Primer Ministro sin aliento, mirando su taza de té masticando la esquina de su próximo discurso- ¿por qué, por qué nadie me dijo?
-El ministro de la magia solo se revela al actual Primer Ministro Muggle -dijo Fudge, jugueteando con su varita en su chaqueta- Encontraremos la mejor manera de mantenerlo en secreto.
-Pero entonces –se quejó el Primer Ministro, -¿Por qué ningún Primer Ministro anterior me ha advertido...?
Ante esto, Fudge había soltado una carcajada.
-Mi querido Primer Ministro, ¿alguna vez le va a decir a alguien?
Todavía riéndose, Fudge había tirado un poco de polvo en el hogar, había entrado en las llamas color esmeralda y había desaparecido con un siseo. El Primer Ministro se había quedado parado ahí, sin poder moverse y se había dado cuenta que nunca, en toda su vida, se hubiera atrevido a contarle ese encuentro a ningún alma viviente, ¿Quién diablos iba a creerle?
El shock tardo un momento en disiparse. Por un tiempo, trató de convencerse que Fudge había sido una alucinación producida por la falta de sueño durante la ardua campaña electoral. En vano trató de borrar todos los recuerdos de ese encuentro tan incómodo, le dio el jerbo a su encantadora sobrina y le dio instrucciones a su secretaria privada de que quitara el retrato del desagradable hombrecito que había anunciado la llegada de Fudge. Sin embargo, para desencanto del Primer Ministro, el retrato fue imposible de sacar. Cuando varios carpinteros, uno o dos constructores, un historiador de arte, y el Canciller del Fisco trataron sin éxito de sacarlo de la pared, el Primer Ministro abandonó todo intento y resolvió simplemente esperar que la cosa permaneciera sin moverse y silenciosa en la oficina por el resto de su gestión.
Ocasionalmente podría haber jurado que de reojo veía que el ocupante del retrato bostezaba, o se rascaba la nariz; o sino una o dos veces simplemente se iba del marco y dejando el retrato vacío, solo con un lienzo marrón y enmohecido de fondo. Sin embargo, se había acostumbrado a no mirar mucho el retrato, y siempre se decía firmemente que sus ojos le jugaban trucos cuando algo de esto pasaba.
Después, tres años atrás, en una noche como la de hoy, el Primer Ministro estaba solo en su oficina cuando el retrato de nuevo anunciaba la llegada inminente de Fudge, quien salió de repente fuera del hogar, todo mojado y en un estado considerable de pánico. Antes de que el Primer Ministro pudiera preguntarle por qué estaba chorreando el Axmister, Fudge empezó a hablar muy enojado de una prisión de la que el Primer Ministro nunca oyó hablar, de un hombre llamado “Serious” Black, de algo que sonaba como a “Hogwarts” y de un niño llamado Harry Potter, nada de lo cual tenía el mas mínimo sentido para el Primer Ministro.
-Recién vengo de Azkaban- resopló Fudge tirando una gran cantidad de agua del extremo de su sombrero de hongo en su bolsillo- En el medio del Mar del Norte, usted sabe, un vuelo terrible... los Dementores están muy alborotados –tembló- Nunca tuvieron una fuga de un recluso. De todas formas, he venido a usted, Primer Ministro. Black es un reconocido asesino de Muggles y tal vez esté planeando reunirse con Usted Sabe Quien... ¡Pero por supuesto, usted ni siquiera sabe quien es Usted Sabe Quien! – Miró desesperadamente por un momento al Primer Ministro, luego dijo- Bueno, siéntese, siéntese, mejor lo pongo al día... Tómese un whisky…
El Primer Ministro hubiera preferido que no le digan que se siente en su propia oficina, que no le ofrecieran su propio whisky, pero de todas formas se sentó. Fudge sacó su varita, hizo aparecer dos vasos llenos de líquido color ámbar, puso uno en la mano del Primer Ministro y acercó una silla.
Fudge habló por más de una hora. En cierto punto, rehusó mencionar cierto nombre en voz alta y en vez de eso lo escribió en un pedazo de pergamino, que puso en la mano que tenia libre el Primer Ministro. Finalmente cuando Fudge se paró para irse, el Primer Ministro se paró también.
-Entonces usted piensa que…-escrutó el nombre que tenia en su mano izquierda-. Lord Vol…
¡El Innombrable! – tembló Fudge.
-Lo siento… ¿Entonces usted cree que el Innombrable aún esta vivo?
-Bueno, Dumbledore dice que lo está –dijo Fudge, al tiempo que abotonaba la capa rayada bajo su barbilla- Pero nunca lo encontramos. Para mi no es peligroso a menos que tenga apoyo, así que es por Black que deberíamos preocuparnos. ¿Pondrá ese aviso, verdad? Excelente. Bueno, ¡Espero que no nos veamos de nuevo, Primer Ministro! Buenas noches.
Pero si se vieron de nuevo. Menos de un año después un Fudge muy preocupado apareció de la nada de un armario para informarle al Primer Ministro que habían ocurrido terribles incidentes en el Campeonato Mundial de Cuiditch (o algo por el estilo) y que había varios Muggles involucrados, pero que el Primer Ministro no se tenía que preocupar, el hecho de que la Marca Tenebrosa del Innombrable haya sido vista de nuevo no significaba nada, Fudge estaba seguro de que era un incidente aislado, y mientras ellos hablaban, la Oficina de Enlace Muggle se estaba encargando de sus memorias.
-¡Ah! Y casi me olvido –agregó Fudge- Estamos por traer tres dragones extranjeros y una esfinge para el Torneo de los Tres Magos, solo una rutina, pero el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas me dice que está escrito en el reglamento que debemos notificar si traemos criaturas altamente peligrosas al país.
-Yo... ¿Qué?... ¿Dragones? –dijo excitadamente el Primer Ministro.
-Si, tres –dijo Fudge- Y una esfinge. Bueno, que tenga un buen día.
El Primer Ministro había deseado con toda esperanza que los dragones y esfinges sean lo peor de todo, pero no. Menos de dos años después Fudge apareció de nuevo del fuego, esta vez con la noticia de que había habido una fuga en masa de Azkaban.
-¿Una fuga en masa?-repitió roncamente el Primer Ministro.
-¡No hay que preocuparse! ¡No hay que preocuparse! –Gritó Fudge, con un pie en las llamas- ¡Los atraparemos pronto, solo pensé que debía saber!
Y antes de que el Primer Ministro pudiera gritar ¡No, espere un momento! Fudge había desaparecido en una lluvia de llamas verdes.
Sea lo que sea que la prensa y la oposición pudieran decir, el Primer Ministro no era un hombre tonto. No se le había escapado que, a pesar de las garantías de Fudge en su primera reunión, estaban viendo mucho uno del otro ahora, y notaba que Fudge se volvía más nervioso con cada visita. Aunque le gustaba un poco pensar en el Ministro de la Magia (o, como siempre lo llamaba en su cabeza, el Otro Ministro), el Primer Ministro temía que la próxima vez que Fudge apareciera sería con noticias más graves. La visión de Fudge saliendo nuevamente de la chimenea, luciendo desgreñado, preocupado y severamente sorprendido que el Primer Ministro no supiera por qué exactamente él estaba ahí, fue casi una de las peores cosas que podría haber ocurrido en esta semana extremadamente deprimente.
-¿Cómo sabría lo que esta ocurriendo en… ehhhh… la Comunidad Mágica?.-espetó el Primer Ministro en esta ocasión- Tengo una ciudad que dirigir y muchas preocupaciones sin que...
-Tenemos las mismas preocupaciones –interrumpió Fudge- El puente Brockdale no colapsó. Lo que pasó al oeste del país no fue un huracán realmente. Esos asesinatos no fueron cometidos por Muggles. Y la familia de Herbert Choey estará más segura sin él. Estamos haciendo arreglos para que lo trasfieran al Hospital San Mungo de Heridas y Lesiones Mágicas. El traslado será realizado está noche.
-¿Qué es lo que…? Me temo... ¿Qué? – protestó el Primer Ministro.
Fudge dio un suspiro hondo y largo y dijo:
-Primer Ministro, siento mucho tener que decirle que ha vuelto. El Innombrable ha vuelto.
-¿Ha vuelto? Cuando dice “ha vuelto”... ¿Está vivo? Quiero decir...
El Primer Ministro escrutó en su memoria los detalles de la conversación horrible que tuvieron tres años atrás, cuando Fudge le había contado acerca del mago más temible de todos, el mago que había cometido cientos de crímenes antes de su misteriosa desaparición quince años atrás.
-Sí, vivo –dijo Fudge – Eso es... no sé... ¿Un hombre está vivo si no puede quitársele la vida? No lo entiendo realmente y Dumbledore no me lo explicó bien, pero, de todas formas, ciertamente tiene un cuerpo, y está caminando, hablando y matando, por lo que supongo, para el propósito de nuestra discusión, que está vivo.
El Primer Ministro no sabia qué decir ante esto, pero el hábito persistente de aparentar estar bien informado en cualquier tema que surgiera lo hizo escudriñar detalles de en lo que podía acordarse de sus conversaciones anteriores.
- ¿Está Serious Black… eh…con el Innombrable?
-¿Black? ¿Black? -dijo Fudge distraídamente, haciendo girar rápidamente su sombrero de hongo en sus dedos - ¿Se refiere a Sirius Black? Por las barbas de Merlín, no. Black está muerto. Resultó ser que... eh... estábamos equivocados acerca de Black. Era inocente después de todo. Y tampoco estaba en contacto con el Innombrable. Quiero decir…-agregó defensivamente, haciendo girar más rápido el sombrero de hongo – toda la evidencia presentada… tuvimos más de cincuenta testigos… pero de todas formas, como dije, de hecho está muerto. En el edificio del Ministerio de la Magia. Va a realizarse una investigación…
Para su gran sorpresa el Primer Ministro sintió un poco de lástima por Fudge. Sin embargo, fue eclipsado casi inmediatamente por un rapto de arrogancia al pensar que, a pesar de que no servia para materializarse fuera de las chimeneas, por lo menos nunca había habido un asesinato en ningún edificio del gobierno bajo su cargo... no todavía, por lo menos.
Fudge continuó, mientras el Primer Ministro tocaba supersticiosamente la madera de su escritorio.
- Pero Black ya es historia. El punto es que estamos en guerra, Primer Ministro, y hay que tomar medidas.
-¿En guerra?–repitió nerviosamente el Primer Ministro- Seguramente eso es un poco exagerado.
-El Innombrable se ha unido con los seguidores que se escaparon en enero de Azkaban –dijo Fudge, hablando más y más rápido y girando su sombrero de hongo tan rápido que era un destello verde lima- Han estado creando problemas desde que se escaparon. El puente Brockdale… él lo hizo, Primer Ministro, amenazó con hacer una matanza masiva de Muggles a menos que yo me pusiera de su lado y....
-¡Cielo Santo! Entonces es su culpa que murieran esas personas y yo voy a tener que responder preguntas acerca de soportes y uniones oxidadas y qué sé yo qué más! –dijo el Primer Ministro furiosamente.
-¡¿Mi culpa?! –Dijo Fudge poniéndose colorado- ¿Me esta diciendo que debería de haber aceptado semejante chantaje?
-Quizás no –dijo el Primer Ministro parándose y cruzando la habitación- ¡Pero hubiera puesto todos mis esfuerzos en atrapar al chantajista antes de que cometiera semejante atrocidad!
-¿Realmente piensa que no estaba haciendo ningún esfuerzo?-le espetó Fudge acaloradamente- Cada Auror del Ministerio estaba... y está... tratando de encontrarlo y atrapar a sus seguidores, ¡pero estamos hablando del mago más poderoso de los últimos tiempos, un mago que ha logrado escaparse de ser capturado por casi tres décadas!
-Entonces supongo que me va a decir también que fue él quien causó el huracán en el oeste del país ¿Verdad?-dijo el Primer Ministro, con su ira incrementándose rápidamente. Era irritante descubrir la causa de todos esos desastres terribles y no poder decirle a la gente, casi peor de que después de todo hubiera sido culpa del gobierno.
-Eso no fue un huracán –dijo Fudge miserablemente.
-¡Discúlpeme! –explotó el Primer Ministro, ahora definitivamente encolerizado caminando enérgicamente de un lado a otro- Árboles arrancados de raíz, techos arrancados, postes de luz doblados, heridas horribles...
-Fueron los Mortífagos –dijo Fudge - Los seguidores del Innombrable. Y... y sospechamos que han incluido algún gigante.
El Primer Ministro paró de caminar de repente como si hubiera una pared invisible.
-¿Qué han incluido?
Fudge frunció el ceño.
-Usó gigantes la última vez, cuando quiso apostar por un efecto mayor –dijo- La Oficina de Desinformación ha estado trabajando en el reloj, tenemos fuera grupos de Obliviators tratando de modificar la memoria de todos los muggles que vieron lo que pasó realmente, tenemos la mayoría de los del Departamento de Cuidado y Control de las Criaturas Mágicas corriendo por Somerset, pero no podemos encontrar al gigante. Ha sido un desastre.
-¡No me diga! –dijo furiosamente el Primer Ministro.
-No le voy a negar que la moral esta bastante baja en el Ministerio –dijo Fudge- Con todo eso, y luego perdimos a Amelia Bones.
-¿Perdimos a quién?
-Amelia Bones. Jefa del Departamento de Seguridad Mágica. Creemos que el Innombrable la puede haber asesinado en persona, porque era una bruja muy buena y... toda la evidencia indica que opuso una verdadera resistencia.
Fudge se aclaró la garganta y al parecer, con esfuerzo, dejo de girar su sombrero de hongo.
-Pero ese asesinato estaba en los periódicos –dijo el Primer Ministro, momentáneamente apartado de su ira- Nuestros periódicos. Amelia Bones... solo decía que era una mujer de mediana edad que vivía sola. Fue una… una muerte horrible ¿verdad? Tuvo mucha publicidad. Como verá, la policía está perpleja.
Fudge suspiró.
-Claro que lo están –dijo- Asesinada en un cuarto que estaba cerrado desde adentro, ¿No es cierto? Por otro lado, nosotros sabemos exactamente quién lo hizo, aunque eso no nos acerca en nada para atraparlo. Y también estaba Emmeline Vance, probablemente no oyó acerca de ese…
- ¡Oh, si escuche! –Dijo el Primer Ministro- De hecho, sucedió aquí a la vuelta. Los periódicos tuvieron un portentoso día con eso “Quiebre del orden y la ley en el patio de atrás del Primer Ministro...”
-Y como si fuera poco –dijo Fudge, apenas escuchando al Primer Ministro- tenemos Dementores por todo el lugar, atacando gente a la derecha, a la izquierda y centro...
Érase una vez un tiempo feliz en el que esta frase hubiera sido inteligible para el Primer Ministro, pero ahora era más sabio.
-Pensé que los Dementores cuidaban a los prisioneros de Azkaban –dijo cautelosamente.
-Lo hacían –dijo Fudge débilmente- Pero ya no. Abandonaron la prisión y se unieron al Innombrable. No pretenderé que eso no fue explosivo.
-Pero –dijo el Primer Ministro con un sentimiento creciente de horror- ¿No me había dicho que eran las criaturas que sorbían la esperanza y la alegría de las personas?
-Eso es correcto. Y están aspirando. Eso es lo que causa toda esta niebla.
El Primer Ministro se hundió en la silla más cercana, con las rodillas flojas. La idea de criaturas invisibles aspirando por las ciudades y el campo, esparciendo en sus votantes desolación y desesperación, lo hicieron sentir muy débil.
-¿No ve, Fudge? ¡Tiene que hacer algo! ¡Es su responsabilidad como Ministro de Magia!
-Mi querido Primer Ministro, ¿Realmente piensa que todavía sigo siendo Ministro de Magia después de esto? ¡Fui despedido hace tres días! Toda la comunidad Mágica ha estado reclamando por mi renuncia durante una quincena. ¡Nunca los vi tan unidos en todo mi mandato! –dijo Fudge con un breve atisbo de sonrisa.
El Primer Ministro se había quedado momentáneamente sin palabras. En vez de indignarse ante la posición en la que lo habían puesto, todavía sentía pena por el hombre encogido que estaba delante de él.
-Lo siento mucho –dijo finalmente- Si hay algo que puedo hacer...
-Es muy amable de su parte, Primer Ministro, pero no. Fui enviado aquí está noche para ponerlo al día de los eventos recientes y para presentarle a mi sucesor. Pensé que estaría aquí ahora, pero por supuesto, está muy ocupado en este momento, con todo esto que está pasando.
Fudge miró el retrato del horrible hombrecito que tenia la peluca larga y enrulada de color plateado, que estaba escarbando su oreja con una pluma. Viendo que Fudge lo miraba, el retrato dijo,
-Estará aquí en un momento, está terminando una carta para Dumbledore.
-Le deseo suerte –dijo Fudge, con voz amarga por primera vez- Estuve escribiendo a Dumbledore dos veces por día durante las últimas dos semanas, pero nada. Si ha estado preparado para persuadir al chico, podría ser... Bueno, tal vez Scrimgeour tenga más éxito.
Fudge se hundió en lo que era claramente un silencio molesto, pero fue roto casi inmediatamente por el retrato, que habló de repente con su voz dura y fría.
-Al Primer Ministro de los muggles. Se requiere una reunión. Urgente. Sea tan amable de responder de inmediato. Rufus Scrimgeour, Ministro de la Magia.
-Si, si, está bien –dijo el Primer Ministro distraídamente y apenas se movió mientras las llamas se tornaron verde esmeralda de nuevo, crecieron y revelaron un segundo mago que giraba en su centro, depositándolo luego en la antigua alfombra.
Fudge se paró y el Primer Ministro hizo lo mismo luego de un momento de vacilación, mirando al recién llegado que se enderezaba, limpiaba su capa negra larga y miraba alrededor.
El primer pensamiento tonto del Primer Ministro fue que Rufus Scrimgeour se parecía a un viejo león. Había líneas grises en sus rizos color ocre y sus tupidas cejas, tenía ojos amarillentos y una mirada intensa tras sus gafas de armazón metálico, era muy alto y se movía con gracia a pesar de que caminaba con una leve cojera. Daba una impresión inmediata de astucia y dureza, y el Primer Ministro pensó que comprendía porque la Comunidad Mágica prefería a Scrimgeour en vez de Fudge como un líder en estos tiempos peligrosos.
-¿Cómo está usted? –dijo el Primer Ministro educadamente estirando su mano.
Scrimgeour la estrechó brevemente, con sus ojos escrutando la habitación, luego sacó la varita de su capa.
-¿Fudge le dijo todo? –preguntó caminando hacia la puerta y golpeando la cerradura con su varita. El Primer Ministro oyó la traba.
-Eh... si –dijo el Primer Ministro. –Y si no le importa preferiría que esa puerta quedase sin llave.
-Y yo preferiría no ser interrumpido –le espetó Scrimgeour -o espiado -agregó apuntando con su varita a las ventanas, de modo que las cortinas se corrieron- Bien, soy un hombre ocupado, así que vayamos al grano. Primero que nada, tenemos que discutir su seguridad.
El Primer Ministro se irguió y replicó:
- Estoy perfectamente bien con la seguridad que tengo, muchas...
-Bueno, pero nosotros no -le cortó Scrimgeour– Seria un peligro para los Muggles si su Primer Ministro cae bajo el maleficio Imperius. El nuevo secretario en la oficina de afuera...
-¡No voy a deshacerme de Kingsley Shacklebolt, si eso es lo que está sugiriendo! –Dijo el Primer Ministro acaloradamente- Es altamente eficiente, hace el doble de trabajo que el resto...
-Eso porque es un mago –dijo Scrimgeour, sin un atisbo de sonrisa -Un Auror altamente entrenado, que le ha sido asignado para su protección.
-¡No, espere un momento! – Declaró el Primer Ministro- No pueden poner gente en mi oficina, yo decido quien trabaja para mí.....
-Pensé que estaba contento con Shacklebolt –dijo Scrimgeour fríamente.
-Lo estoy… es decir… lo estaba.
-Entonces no hay problema, ¿o sí? -dijo Scrimgeour.
-Yo… bueno mientras el trabajo de Shacklebolt siga siendo excelente –dijo el Primer Ministro, pero Scrimgeour apenas parecía escucharlo.
-Ahora, acerca de Herbert Chorley, su Ministro subordinado, -continuó. –El que ha estado entreteniendo al publico por imitar a un pato.
-¿Qué pasa con él? –pregunto el Primer Ministro.
-Claramente es la reacción a un maleficio Imperius muy mal hecho. –Dijo Scrimgeour.- Alteró su cerebro, podría ser peligroso...
-¡Solo hace cuac! –Dijo el Primer Ministro débilmente – Seguramente con un poco de descanso... Con un poco de cuidado con la bebida...
-En este momento, un grupo de Sanadores del Hospital San Mungo de Heridas y Lesiones Mágicas lo están examinando. Hasta ahora, solo ha tratado de estrangular a tres de ellos. –Dijo Scrimgeour- Creo que lo mejor será que lo apartemos de la sociedad muggle por un tiempo.
-Yo... bueno… estará bien ¿verdad?-dijo el Primer Ministro ansiosamente.
Scrimgeour se limito a asentir, yendo hacia la chimenea.
-Bueno, eso es todo lo que tenía para decir. Lo mantendré informado de algún avance, Primer Ministro, o por lo menos si estoy muy ocupado para venir personalmente, le enviaré a Fudge. Ha accedido a quedarse como consejero.
Fudge intento sonreír pero sin éxito, dando la impresión de que simplemente tenía un dolor de muelas. Scrimgeour ya estaba revolviendo en su bolsillo en busca del polvo misterioso que trasformaba verde al fuego. El Primer Ministro los miró esperanzado por un momento, luego las palabras que había luchado para reprimir brotaron de repente:
-¡Pero por todos los cielos… ¡son magos! ¡Pueden hacer magia! ¡Seguramente pueden conjurar... bueno... ¡cualquier cosa!
Scrimgeour se volvió lentamente e intercambió una mirada de incredulidad con Fudge, quien pudo manejar su sonrisa esta vez al tiempo que decía amablemente:
-El problema es que el otro lado también puede hacer magia, Primer Ministro.
Y con eso, los dos magos caminaron uno detrás del otro hacia las llamas verdes brillantes y desaparecieron.
Capítulo 2: Spinner's End
A muchas millas de distancia, la fresca neblina que presionaba contra la ventana del Primer Ministro vagaba sobre un sucio río que se metía entre las orillas plagadas de vegetación y de basura. Una inmensa chimenea, reliquia de un molino en desuso, se encontraba detrás, sombría y siniestra. No se escuchaba nada aparte de un escuálido zorro que se había acercado hasta la orilla para olfatear esperanzadamente un viejo envoltorio de pescado y papas, en el alto pastizal.
Pero luego, con un muy imperceptible 'pop', una delgada y encapuchada figura se apareció de la nada, en la orilla del río. El zorro quedó inmovilizado, sus precavidos ojos voltearon hacia ese extraño fenómeno. La figura pareció estar orientándose, luego se alejó con zancadas rápidas y ligeras, con su capa crujiendo contra el pasto.
Con un segundo y más fuerte 'pop', otra nueva figura encapuchada se materializó.
-¡Espera!
Su chillido sobresaltó al zorro, que estaba agachado, al ras del suelo, entre la hierba. Saltó de su escondite hacia la orilla. Hubo un destello de luz verde, un aullido, y el zorro cayó muerto en la maleza.
La segunda figura dio vuelta al animal con su pie.
-Sólo era un zorro,- dijo una voz femenina con desprecio desde su capucha. -Pensé que podría ser un Auror - ¡Cissy, espera!
Pero la primera figura, que se había detenido y observado el rayo de luz, caminaba ya hacia la orilla del río por la que el zorro había caído.
- Cissy! ... Narcissa! – escúchame.
La segunda mujer llegó hasta la primera y agarró su brazo, pero la otra se soltó.
-¡Regrésate, Bella!
-¡Debes escucharme!
-Ya he escuchado. Tomé mi decisión. ¡Déjame sola!
La mujer llamada Narcissa alcanzó el final de la orilla, donde varias vías viejas separaban el río de una calle estrecha y adoquinada. La otra mujer, Bella, la siguió. Una al lado de la otra, permanecieron mirando a lo largo de la calle por las hileras e hileras de casas lapidadas hechas de ladrillo, sus ventanas grises y poco visibles en la oscuridad.
-¿Aquí vive?- preguntó Bella con voz despreciable. -¿Aquí? ¿En este chiquero Muggle? Debemos ser los primeros de nuestra clase que lo pisamos
Pero Narcissa no estaba oyéndola; se había deslizado en un espacio entre vías oxidadas y se apresuró a cruzar el camino.
-Cissy, ¡espera!
Bella la siguió, su capa arrastrándose, y vio a Narcissa precipitándose hacia un callejón que había entre las casas, hacia una segunda calle idéntica. Algunas de las lámparas de la calle estaban descompuestas; las dos mujeres caminaban entre espacios de luz y profunda oscuridad. La perseguidora alcanzó a su presa tan pronto dio vuelta a otra esquina, esta vez consiguió tomar su brazo y la volteó para que pudieran verse cara a cara.
-Cissy, no debes hacer esto, no puedes confiar en él.
-El Señor Oscuro confía en él, ¿o no?
-El Señor Oscuro está ... creo ... equivocado,- jadeó Bella, y sus ojos brillaron momentáneamente bajo su capucha mientras miraba alrededor para verificar que estuviesen efectivamente solas. -De todos modos, nos dijeron que no hablemos del plan con nadie. Es una traición al Señor Oscuro.
-¡Vamos, Bella!- gruñó Narcissa, y retiró su varita de debajo de su capa, sosteniéndola amenazadoramente en la cara de la otra. Bella simplemente se río.
-Cissy, ¿a tu propia hermana? No lo harías.
-¡Ya no hay nada que no haría!- Narcisa respiró profundamente, un signo de histeria en su voz, y mientras bajaba su varita como si fuese una navaja, hubo otro destello de luz. Bella soltó el brazo de su hermana como si se quemara.
-¡Narcissa!
Pero Narcissa se adelantó rápidamente. Frotando su brazo, la otra la siguió, tomando distancia ahora, mientras se movían intensamente en el laberinto desierto de casas de ladrillo. Por fin, Narcissa se apresuró en una calle llamada ‘Spinner's End’, en la cual la chimenea de molino altísima pareció cernirse como un dedo gigantesco. Sus pasos resonaron sobre los adoquines, mientras pasaba cerca de ventanas tapizadas y rotas, hasta que llegó a la última casa, donde una luz titilante brillaba tenuemente a través de las cortinas en el cuarto de abajo.
Llamó a la puerta antes que Bella, quien maldecía en voz baja, hubiera llegado. Juntas aguardaron ahí de pie, jadeando ligeramente, aspirando el olor del río sucio que les llegó sobre la brisa de la noche. Después de unos segundos, oyeron el movimiento detrás de la puerta y se abrió una grieta. Se podía ver la sombra de un hombre que las miraba, un hombre con el pelo largo negro que caía como en cortinas alrededor de una cara cetrina y ojos negros.
Narcissa se quitó su capucha. Era tan pálida que pareció brillar en la oscuridad; el pelo largo rubio fluyendo en su espalda, le dio el aspecto de un ahogado.
-¡Narcissa!- dijo el hombre, abriendo la puerta un poco más, de modo que la luz cayó sobre ella y sobre su hermana también. -¡Qué sorpresa tan agradable!
-Severus,- dijo ella en un susurro cansado. -¿Puedo hablarle? Es urgente.
-Pero desde luego.
Él se apartó para permitirle que pasara a la casa. Su hermana todavía encapuchada entró sin la invitación.
-Snape,- dijo ella de manera cortante al pasarlo.
-Bellatrix,- contestó él, en su boca delgada se dibujó una risa ligeramente burlona, y cerró la puerta con un chasquido detrás de ellas.
Estaban avanzando directamente a una sala diminuta, que tenía el aspecto de una celda oscura, acolchada. Las paredes estaban completamente cubiertas de libros, la mayor parte de ellos cubiertos con un viejo cuero negro o marrón; un sofá gastado, un viejo sillón, y una mesa desvencijada estaban de pie agrupados juntos bajo la luz débil arrojada por una lámpara con velas que colgaba del techo. El lugar tenía un aire de abandono, como si no estuviera habitado por lo general.
Snape le señaló el sofá a Narcissa. Ella dejó su capa, se corrió a un lado, y se sentó, contemplando sus manos blancas y temblorosas en su regazo. Bellatrix bajó su capucha más despacio. Morena en contraste con su hermana que era blanca, con párpados caídos y una mandíbula fuerte, no percibió la mirada fija de Snape y se movió para estar de pie detrás de Narcissa.
-¿Pues de modo que, qué puedo hacer por ustedes?- preguntó Snape, sentándose en el sillón frente a las dos hermanas.
-¿Estamos... solos, verdad?- preguntó Narcissa en voz baja.
-Sí, desde luego. Bueno Colagusano está aquí, pero no contamos a los roedores, ¿Verdad?- Señaló con su varita a la pared de libros detrás de él y con un golpe, una puerta escondida se abrió, revelando una escalera estrecha sobre la cual un pequeño hombre estaba de pie, congelado.
-Como te habrás dado cuenta, Colagusano, tenemos invitadas,- dijo Snape perezosamente.
El hombre se arrastró, se agachó bajando los últimos escalones y entró al cuarto. Tenía ojos pequeños, acuosos, una nariz puntiaguda, y una desagradable sonrisa tonta. Su mano izquierda sobaba su derecha, que parecía encerrada en un guante brillante de plata.
- ¡Narcissa!- dijo él, con una voz chirriante. -¡Y Bellatrix!- Cuánto gusto.
- Colagusano nos traerá bebidas, si lo desean,- dijo Snape. - Y luego volverá a su dormitorio.
Colagusano se estremeció como si Snape le hubiera lanzado algo.
- ¡No soy tu criado!- chilló, evitando la mirada de Snape.
- ¿De verdad? Tenía la impresión de que el Señor Oscuro te colocó aquí para ayudarme.
- ¡Ayudar, sí ... pero no hacer bebidas y ... y limpiar tu casa!
- No tenía idea, Colagusano, que ansiabas misiones más peligrosas,- dijo Snape suavemente. -Eso puede arreglarse fácilmente, hablaré con el Señor Oscuro.
-¡Puedo hablarle yo mismo si quiero!
- Desde luego que puedes,- dijo Snape, riendo. -Pero mientras tanto, tráenos bebidas. Un poco de Vino Elfo será suficiente.
Colagusano vaciló durante un momento, mirando como si quisiera discutir, pero entonces se dio vuelta y entró a una segunda puerta escondida. Oyeron golpes y un tintineo de vasos. Unos segundos después estuvo de vuelta, llevando una botella polvorienta y tres vasos sobre una bandeja. Los puso sobre la mesa desvencijada y se apresuró a salir de su presencia, cerrando de golpe la puerta cubierta de libros.
Snape sirvió tres vasos del vino rojo sangre y dio dos de ellos a las hermanas. Narcissa murmuró una palabra de agradecimiento, mientras que Bellatrix no dijo nada, pero siguió frunciendo el ceño en Snape. Esto no pareció enojarlo; al contrario, pareció más bien divertirlo.
- Por el Señor Oscuro,- dijo, levantando su vaso y tomándoselo todo.
Las hermanas lo imitaron. Snape volvió a llenar su vaso. Cuando Narcissa tomó su segunda bebida, dijo de prisa: -Severus, siento venir aquí de esta forma, pero tenía que verte. Pienso que eres el único que puede ayudarme.
Snape levantó una mano para callarla, luego señaló con su varita otra vez en la puerta oculta de la escalera. Hubo un golpe ruidoso y un chillido, seguido del ruido que produjo Colagusano al apresurarse hacia arriba.
-Mis disculpas,- dijo Snape. -Ha estado últimamente escuchando tras las puertas, no sé lo que pretende con ello... ¿Decías, Narcissa?
Ella respiró profundamente, se estremeció y comenzó otra vez.
-Severus, sé que no debería estar aquí, me han dicho que no debo decir nada a nadie, pero ...
-¡Entonces deberías cerrar la boca! - gruñó Bellatrix. -¡En particular con la presente compañía!
-¿Presente compañía?- repitió Snape sarcásticamente. -¿Y qué se puede entender por eso, Bellatrix?
-¡Que yo no confío en tí Snape, como muy bien sabes!
Narcissa hizo un ruido que podría haber sido un sollozo seco y cubrió su cara con sus manos. Snape dejó su vaso sobre la mesa y se sentó otra vez, puso sus manos sobre el mango de su silla, sonriendo con el ceño fruncido a Bellatrix.
-Narcissa, pienso que deberíamos oír lo que Bellatrix tiene que decir; esto evitará interrupciones aburridas. Bien, continua Bellatrix - dijo Snape. -¿A qué se debe que no confías en mí?
-¡Por cientos de motivos!- dijo ella en voz alta, andando a zancadas por detrás del sofá para poner de golpe su vaso sobre la mesa. -¡Por dónde comenzar! ¿Dónde estabas cuando el Señor Oscuro cayó? ¿Por qué nunca tuviste ninguna intención de encontrarlo cuándo desapareció? ¿Qué has estado haciendo todos estos años que has vivido en el bolsillo de Dumbledore? ¿Por qué le impediste al Señor Oscuro que consiguiera la Piedra Filosofal? ¿Por qué no volviste inmediatamente cuándo el Señor Oscuro renació? ¿Dónde estabas hace unas semanas cuando luchamos para recuperar la profecía para el Señor Oscuro? ¿Y por qué, Snape, Harry Potter está todavía vivo, cuándo lo has tenido a tu disposición durante cinco años?’
Hizo una pausa, su pecho se desinfló rápidamente, sus mejillas sonrojadas. Detrás de ella, Narcissa se sentó inmóvil, con su cara todavía escondida en sus manos.
Snape sonrió.
-¡Antes de que yo te responda… oh por supuesto que voy a responderte Bellatrix! ¡Puedes llevar mis palabras a los demás, quienes susurran detrás de mis espaldas y llevan cuentos falsos de mi traición al Señor Oscuro! Antes de que yo te conteste, haré yo una pregunta ahora. ¿Piensas realmente que el Señor Oscuro no me ha preguntado todas y cada una de esas preguntas? ¿Y piensas realmente que, si no hubiese sido capaz yo de dar respuestas satisfactorias, estaría aquí dirigiéndome a ustedes?
Ella vaciló.
-Sé que él te cree, pero...
-¿Piensas que él está confundido? ¿O que lo he engañado de alguna manera? ¿Engañado al Señor Oscuro, el mejor mago, el indudablemente más dotado que el Mundo ha conocido?
Bellatrix no dijo nada, pero se vio, por primera vez, un poco dubitativa. Snape no ejerció presión en ese punto. Recogió su bebida otra vez, lo bebió a sorbos, y siguió, -Preguntas dónde estaba yo cuando el Señor Oscuro cayó. Estaba donde él me había ordenado estar, en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería, porque deseaba que yo espiara a Albus Dumbledore. ¿Sabes, supongo, que esto fue así por órdenes del Señor Oscuro?
Ella asintió con la cabeza casi imperceptiblemente y luego abrió su boca, pero Snape la previno.
-Preguntas por qué no intenté encontrarlo cuando desapareció. Por la misma razón que Avery, Yaxley, los Carrows, Greyback, Lucius- — inclinó su cabeza ligeramente a Narcissa — y muchos otros que no intentaron encontrarlo. Lo creí acabado. No estoy orgulloso de ello, me equivoqué, pero aquí está. Si él no nos hubiera perdonado a nosotros que perdimos la fe en ese entonces, ya tendría a muy pocos seguidores.
-¡Él me tendría!- dijo Bellatrix apasionadamente. -¡Yo, que permanecí tantos años en Azkaban por él!
-Sí, en efecto, muy admirable,- dijo Snape con voz aburrida. -De acuerdo, no eras de mucho uso para él en la prisión, pero el gesto fue indudablemente fino.
-¡¿Gesto?!- chilló la mujer; en su furia parecía ligeramente loca. -¡Mientras soporté a los Dementores, tú permaneciste en Hogwarts, cómodamente jugando a ser la mascota de Dumbledore!
-No exactamente,- dijo Snape tranquilamente. -Él no me daría el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras, lo sabes. Parecía creer que esto podría causar, ah, una recaída… tentarme con mis viejas costumbres.
-¿Este era tu sacrificio para el Señor Oscuro, no enseñar tu asignatura favorita?- se mofó. -¿Por qué te quedaste allí todo aquel tiempo, Snape? ¿Todavía espiando a Dumbledore para un maestro que creíste muerto?
-Casi- dijo Snape, -aunque el Señor Oscuro está contento porque nunca abandoné mi puesto, yo tenía dieciséis años de información sobre Dumbledore para darle cuando él volvió, un regalo de bienvenida más útil, que reminiscencias interminables de cuán desagradable es Azkaban.
-Pero tú te quedaste.
-Sí, Bellatrix, me quedé - dijo Snape, mostrando un toque de impaciencia por primera vez. -Yo tenía un trabajo cómodo que preferí, a un período en Azkaban. Ellos acorralaban a los Mortífagos, tu sabes. La protección de Dumbledore me protegió de la cárcel; era lo más conveniente y lo usé. Repito: el Señor Oscuro no se queja que me haya quedado, entonces no veo por qué tu lo tengas que hacer.
-Creo que también quieres saber - siguió él con la voz un poco más alta, ya que Bellatrix mostró signos de querer interrumpir -por qué me interpuse entre el Señor Oscuro y la Piedra Filosofal. Esto es contestado fácilmente. Él no sabía si podría confiar en mí. Pensó, como tu, que yo me había convertido de fiel Mortífago en títere de Dumbledore. Estaba en una condición lastimosa, muy débil, compartiendo el cuerpo de un mago mediocre. No se atrevió a revelarse a un antiguo aliado por si aquel aliado pudiera entregarlo a Dumbledore o el Ministerio. Profundamente lamento que él no confiara en mí. Habría vuelto tres años más pronto. Lo que vi, fue a Quirrell que sólo era avaro e indigno para intentar robar la Piedra y, confieso, hice todo lo que pude para frustrarlo.
La boca de Bellatrix se retorció como si hubiera tomado una dosis desagradable de medicina.
-Pero no volviste cuando él volvió, no volviste inmediatamente cuando sentiste la quemadura de la Marca Tenebrosa.
-Correcto. Volví dos horas más tarde. Volví bajo las órdenes de Dumbledore.
-¿Bajo las órdenes de Dumbledore—? comenzó ella, en tono de ultraje.
-¡Piensa!- dijo Snape, impaciente otra vez. -¡Piensa! ¡Esperando dos horas, solamente dos horas, aseguré mi permanencia en Hogwarts como un espía! ¡Al permitir que Dumbledore pensara que yo volvía al lado del Señor Oscuro sólo porque me lo ordenó, he sido capaz de pasar la información sobre Dumbledore y la Orden del Fénix desde entonces! Considera esto Bellatrix: la Marca Tenebrosa había estado poniéndose más nítida durante meses. ¡Yo sabía que él estaba a punto de volver, todos los Mortífagos lo sabían! ¿Tenía mucho tiempo para pensar en qué hacer, planear mi siguiente movimiento, evitarlo como Karkaroff, verdad?
El disgusto inicial del Señor Oscuro en mi retraso desapareció completamente, les aseguro, cuando expliqué que permanecí fiel, aunque Dumbledore pensara que yo era su hombre. Sí, el Señor Oscuro siempre pensó que yo lo había abandonado, pero se equivocó.
-¿Pero de qué nos has servido?- se burló Bellatrix. -¿Qué información útil hemos obtenido de ti?
-Mi información ha sido comunicada directamente al Señor Oscuro - dijo Snape. -Si él decide no compartirla contigo…
-¡Él comparte todo conmigo!- dijo Bellatrix, exasperándose inmediatamente -Él me llama su más leal, su más fiel…
-¿Él?- dijo Snape, su voz delicadamente conjugada para sugerir su incredulidad. -¿Él? ¿Después del fiasco en el Ministerio?
-¡No fue mi culpa!- dijo Bellatrix, acalorada. -El Señor Oscuro, en el pasado, me ha confiado su más preciado tesoro ... si Lucius no hubiera ...
-¡No te atrevas!... ¡No te atrevas a culpar a mi marido!- dijo Narcissa, con una voz baja y mortal, alzando la vista hacia su hermana.
-No hay ninguna razón para inculpar - dijo Snape suavemente. -Lo que está hecho, hecho está.
-¡Pero no por ti!- dijo Bellatrix furiosamente. -¿No estabas otra vez ausente mientras el resto de nosotros corrió peligros, Snape?
-Mis órdenes eran permanecer detrás - dijo Snape. -¿Quizá no estás de acuerdo con el Señor Oscuro, y piensas que Dumbledore no se habría dado cuenta si yo hubiera unido fuerzas con los Mortífagos para luchar contra la Orden del Fénix? Y — me perdonarás — hablas de peligros... ¿te enfrentaste a seis adolescentes, o no?
-¡A ellos se les unieron, como muy bien sabes, la mitad de la Orden, después de un rato!- gruñó Bellatrix. -¿Y, mientras hablamos sobre el tema de la Orden, todavía insistes en que no puedes revelar el paradero de su cuartel central, verdad?
-No soy el Guardián Secreto; no puedo decir el nombre del lugar. ¿Creo que entiendes cómo funciona el encantamiento, cierto? El Señor Oscuro está satisfecho por la información que le he pasado sobre la Orden. Eso condujo, como quizás has adivinado, a la reciente captura y asesinato de Emmeline Vance, y ciertamente ayudó a eliminar a Sirius Black, aunque te doy el crédito completo de terminar con él.
Inclinó su cabeza. Su expresión, no se ablandó.
-Evitas mi última pregunta, Snape. Harry Potter.... podrías haberlo matado en cualquier momento en estos cinco años. No lo has hecho. ¿Por qué?
-¿Has hablado de este tema con el Señor Oscuro?- preguntó a Snape.
-Él... últimamente, nosotros... ¡Te pregunto a ti Snape!
-Si yo hubiera asesinado a Harry Potter, el Señor Oscuro no podía haber usado su sangre para regenerarse, haciéndolo invencible…
-¡Reclamas que previste el uso del muchacho!- se mofó ella.
-No lo reprocho; no tuve ni idea de sus proyectos; ya lo he admitido, imaginé al Señor Oscuro muerto. Trato simplemente de explicar por qué el Señor Oscuro está agradecido de que Harry Potter haya sobrevivido, al menos hasta hace un año...
-¿Pero por qué lo mantuviste vivo?
-¿No me has entendido? ¡Era sólo la protección de Dumbledore la que me salvaba de Azkaban! ¿Discrepas que asesinando a su estudiante favorito significaría ponerlo en mi contra? Pero había más en todo esto. Debería recordarte que cuando Potter llegó a Hogwarts por primera vez, había todavía muchas historias que circulaban sobre él, rumores acerca de que él mismo era un gran Mago Oscuro, y que era así como había sobrevivido al ataque del Señor Oscuro. Ciertamente, muchos de los seguidores del Señor Oscuro pensaron que Potter podría ser un estándar al cual seguiríamos una vez más. Fui curioso, lo admito, y después de todo no me incliné a matarlo en el momento en que puso un pie en el castillo.
-Por supuesto, rápidamente se hizo aparente que no tenía ningún talento extraordinario después de todo. Luchó escapando de un montón de aprietos con la simple combinación de pura suerte con más talento de parte de sus amigos. Fue un mediocre total, tan detestable y autosatisfecho como lo fue su padre con anterioridad. He hecho todo lo imposible por expulsarlo de Hogwarts, a donde creo que apenas pertenece, pero ¿matarlo, o permitir que lo maten en frente de mí? Hubiera sido un tonto al arriesgarme con Dumbledore tan cerca.
-Y después de todo esto, supongo que tendremos que creer que Dumbledore nunca sospechó de ti?- preguntó Bellatrix. -Él no tiene idea de tu verdadera lealtad, ¿confía en ti implícitamente?
-He jugado mi papel muy bien - dijo Snape. -Y pasas por alto la más grande debilidad que tiene Dumbledore: tiene que creer en la parte buena de la gente. Le conté una historia con el más profundo remordimiento cuando me uní a su grupo, justo en mis días de Mortífago, y él me recibió con los brazos abiertos. Pero, como digo, nunca me dejó estar cerca de las Artes Oscuras. Dumbledore ha sido un gran mago – oh sí, lo ha sido - (Bellatrix dio un feroz chillido) -el Señor Oscuro lo reconoce. Estoy agradecido de decir, sin embargo, que Dumbledore está envejeciendo. El duelo con el Señor Oscuro el mes pasado lo sacudió. Desde entonces, ha tenido una grave herida ya que sus reacciones son más lentas de lo que fueron alguna vez. Pero durante todos estos años, nunca a dejado de confiar en Severus Snape, y allí descansa mi gran valor hacia el Señor Oscuro.
Bellatrix todavía se veía un poco descontenta, como si pareciera insegura de cómo atacar mejor a Snape. Tomando ventaja de su silencio, Snape se dirigió a su hermana.
-Entonces... ¿veniste a pedir ayuda, Narcissa?
Narcissa lo miró, con cara de elocuente desesperación.
-Sí, Severus. Yo ... pienso que eres el único que puede ayudarme, no tengo a nadie más que me ayude. Lucius está preso y...
Cerró sus ojos y dos grandes lágrimas se escaparon de sus ojos.
-El Señor Oscuro me ha prohibido hablar de esto - continuó Narcissa, con sus ojos todavía cerrados. -Desea que nadie sepa del plan. Es... muy secreto. Pero ...
-Si te lo prohibió, no me lo debes decir - dijo Snape al instante. -La palabra del Señor Oscuro es ley.
Narcissa largó un grito ahogado como si Snape la hubiese bañado con agua helada. Bellatrix lo miró satisfecha por primera vez desde que entraron en la casa.
-¡Ves!- dijo ella triunfantemente a su hermana. -Hasta Snape lo dice: no debes hablar, ¡entonces quédate en silencio!
Pero Snape se puso de pie y se acercó a zancadas hasta la pequeña ventana, forzando su mirada entre las cortina hacia la calle desierta, luego las cerró nuevamente de un tirón. Se dio vuelta para mirar a Narcissa con el ceño fruncido.
-Sucede que sé del plan,- dijo en voz baja. -Soy uno de los pocos a los que el Señor Oscuro le ha contado. De todos modos, yo lo he guardado en secreto, Narcissa, debes ser prudente de no traicionar al Señor Oscuro.
-¡Sabía que lo deberías saber!- dijo Narcissa, respirando mejor. -Él confía en ti, Severus...
-¿Sabes del plan?- dijo Bellatrix, con una expresión de fugaz satisfacción reemplazado por una mirada atroz. -¿Lo sabes?
-Efectivamente - dijo Snape. -¿Pero qué tipo de ayuda necesitas, Narcissa? Si estás imaginando de que puedo convencer al Señor Oscuro que cambie sus planes, me temo que no hay esperanza, ninguna.
-Severus,- susurró ella, con lágrimas cayendo por sus pálidas mejillas. -Mi hijo ... mi único hijo...
-Draco debería estar orgulloso - dijo Bellatrix indiferentemente. -El Señor Oscuro le está concediendo un gran honor. Y diré esto por Draco: no se escapa de su tarea, se lo ve contento, por esta oportunidad de probarse a sí mismo, encantado ante la posibilidad.
Narcissa comenzó a llorar sin consuelo, mirando todo el tiempo fijamente y en forma de súplica a Snape.
-¡Y es porque tiene dieciséis años y no tiene idea de lo que se oculta detrás de esto! ¿Por qué, Severus? ¿Por qué mi hijo? ¡Es muy peligroso! ¡Esto es una venganza por el error de Lucius, lo sé!
Snape no dijo nada. Apartó su vista de la mirada llorosa de Narcissa como si fuera indecente, pero no pudo evitar tener que oírla.
-¿Es por eso que escogió a Draco, no?- insistió ella. -¿Para castigar a Lucius?
-Si Draco tiene éxito,- dijo Snape, todavía sin mirarla, -será homenajeado por encima de todos los otros.
-¡Pero no tendrá éxito!- sollozó Narcissa. -¿Cómo podrá tenerlo?, cuando el mismo Señor Oscuro no ...
Bellatrix ahogó un grito; Narcissa pareció haberse descontrolado.
-Solo me refiero... a que nadie ha tenido éxito aún... Severus... por favor... tú eres, tú has sido siempre, el maestro favorito de Draco... eres el viejo amigo de Lucius... te lo suplico... eres el consejero favorito en el que más confía el Señor Oscuro... ¿Hablarás con él, lo convencerás ?
-El Señor Oscuro no será persuadido, y no soy tan estúpido como para intentarlo - dijo Snape encogiéndose. -No puedo pretender que el Señor Oscuro no esté enojado con Lucius. Lucius estaba a cargo. Lo capturaron, con muchos otros, y fallaron al intentar recuperar la profecía. Sí, el Señor Oscuro está enojado, Narcissa, muy enojado, en efecto.
-¡Tengo razón, ha escogido a Draco para vengarse!- se atragantó Narcissa. -Eso no significa que tendrá éxito, ¡quiere que lo maten!
Como Snape no dijo nada, Narcissa pareció perder el auto-control que poseía. Poniéndose de pié, caminó tambaleándose hacia Snape y se colgó de su ropa. Se puso cara a cara con él, con lágrimas cayendo por sus mejillas, y ahogó un grito, -Puedes hacerlo. Puedes hacerlo en lugar de Draco, Severus. Vas a tener éxito, por supuesto que lo tendrás, y él te recompensará en frente de todos nosotros.
Snape la tomó de las muñecas y sacó sus manos. Mirando hacia abajo, a la cara cubierta de lágrimas dijo lentamente, -Él pretende que lo haga al final, supongo. Pero determinó que Draco lo haga primero. Ya ves, en el raro caso de que Draco tenga éxito, podré permanecer en Hogwarts un poco más, cumpliendo mi útil papel de espía.
-En otras palabras, ¡eso no significa que Draco no sea asesinado!- -El Señor oscuro está muy enojado - repitió Snape tranquilamente. -No pudo escuchar la profecía. Tú sabes, Narcissa, tan bien como yo, que él no perdona tan fácilmente.
Ella se desplomó a sus pies, sollozando y gimiendo en el piso.
-Mi único hijo... mi único hijo...-
-¡Deberías estar orgullosa!- dijo Bellatrix despiadadamente. -Si tuviera hijos, ¡estaría orgullosa de darlos para el servicio del Señor Oscuro!
Narcissa dio un pequeño grito de desesperación y jaló su larga cabellera rubia. Snape se detuvo, la tomó de los brazos, la levantó, y la condujo hasta el sofá. Luego le sirvió más vino y puso el vaso en su mano.
-Narcissa, es suficiente. Bebe esto. Escúchame.
Narcissa se quedó quieta por un momento; tomó un tembloroso sorbo de vino.
-Podría ser posible... que ayude a Draco.
Ella se levantó, con su cara blanca como el papel, y sus ojos enormes.
-Severus – oh, Severus - ¿Lo ayudarás? ¿Lo protegerás de que nadie lo lastime?
-Podría intentarlo.
Narcissa arrojó su vaso; éste se deslizó por la mesa, mientras ella se levantó del sofá y se puso de rodillas a los pies de Snape, tomó sus manos, y las besó.
-Si estarás allí para protegerlo... ¿Severus, me lo juras? ¿Harás la Promesa Inquebrantable?
-¿La Promesa Inquebrantable?
La expresión de Snape se tornó pálida, vacía. Bellatrix, sin embargo, dejó crepitar una risa burlona.
-¿Estás escuchando, Narcissa? Oh, lo intentará, estoy segura... Las palabras vacías usuales, los usuales deslices en acción... oh, por las órdenes del Señor Oscuro, ¡por supuesto!- dijo burlonamente Bellatrix.
Snape no miró a Bellatrix. Sus ojos negros estaban clavados en las lágrimas de los ojos azules de la mujer que le agarraba sus manos.
-Ciertamente, Narcissa, debo hacer la Promesa Inquebrantable - dijo Snape tranquilamente. -Quizás tu hermana consienta en ser Testigo.
La boca de Bellatrix se abrió. Snape se bajó por lo que quedó de rodillas frente a Narcissa. Bajo la mirada asombrada de Bellatrix, se tomaron de ambas manos.
-Necesitarás tu varita, Bellatrix, dijo Snape fríamente.
Ella la sacó, mirando todavía consternada.
-Y necesitarás moverte más cerca - dijo él.
Ella se paró adelante por lo que estaba por arriba de ellos, y puso la punta de su varita sobre sus dos manos unidas.
Narcissa habló.
-Severus, ¿Vas a vigilar a mi hijo, Draco, mientras está cumpliendo los deseos del Señor Oscuro?
-Lo haré - dijo Snape.
Una fina lengua de llama brillante salió de la varita y ató alrededor de sus manos una especie de cuerda roja caliente.
-¿Y vas a protegerlo del dolor, con tu mejor destreza?
-Lo haré,- dijo Snape.
Una segunda lengua de llamas se disparó de la varita y entrecruzó con la primera, haciendo una cuerda más brillante.
-Y, si necesariamente... si Draco fallase...- susurró Narcissa (la mano de Snape se movió ligeramente dentro de la de ella, pero no se separó) -¿Llevarías a cabo la acción que el Señor Oscuro le ordenó a Draco que realizara?
Hubo un momento de silencio. Bellatrix miró su varita sobre sus manos, con sus ojos muy abiertos.
-Lo haré - dijo Snape.
La cara pasmada de Bellatrix brilló con color rojizo ante una tercera llama, que salió disparada de la varita, y se unió con las otras, y se ligó compactadamente en las manos entrelazadas, como una cuerda, como una serpiente ardiente.
Capítulo 3: Lo Hará y No lo Hará
Harry Potter roncaba sonoramente. Había estado sentado en la silla cercana a la ventana de su habitación por casi cuatro horas mirando hacia la oscura calle, y finalmente había caído dormido con uno de los lados de su cara presionando contra el frío cristal, las gafas chuecas y la boca medio abierta. El vaho que su respiración había dejado en la ventana relucía a la luz naranja de la farola de la calle, y la luz artificial dejaba su rostro carente de color, de manera que lucía fantasmagórico debajo de su singular y rebelde cabello oscuro.
La habitación estaba desordenada con varias cosas y una buena cantidad de basura. Plumas de lechuza, corazones de manzana y envoltorios de dulces cubrían el suelo, algunos libros de encantamientos se hallaban semi abiertos y enterrados entre las sábanas de su cama, y un desorden de periódicos estaban puestos en un montón a la luz del escritorio. El encabezado de uno de ellos mostraba:
HARRY POTTER: ¿EL ELEGIDO?
Los rumores continúan volando acerca del misterioso y reciente disturbio ocurrido en el Ministerio de Magia, durante el cual El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado fue visto una vez más.
No estamos autorizados a hablar de esto, no me pregunten nada dijo un agitado Auror, quien se negó a dar su nombre y dejo el Ministerio la noche pasada.
Sin embargo, fuentes confiables dentro del Ministerio han confirmado que los sucesos se centraron en la Sala de Profecías.
Aunque los voceros del Ministerio hasta ahora se niegan a confirmar la existencia de dicho lugar, un gran número de la comunidad Mágica cree que los Mortífagos, quienes cumplían sus sentencias en Azkaban por ataques e intentos de saqueo, trataron de robar una profecía. La naturaleza de dicha profecía es desconocida, aunque las especulaciones dicen que concierne a Harry Potter, la única persona conocida que ha sobrevivido al Hechizo Mortal, y quien se asegura estuvo en el Ministerio la noche en cuestión. Algunos han ido más lejos como para llamar a Potter ‘El elegido’, creyendo que la profecía lo nombra como el único capaz de enfrentar a El-Que–No-Debe-Ser-Nombrado.
El contenido actual de la profecía, si existe, es desconocido, aunque... (Continúa página 2, columna 5).
Un segundo periódico se encontraba junto al primero. Éste llevaba el encabezado:
SCRIMGEOUR REEMPLAZA A FUDGE
La mayor parte de la página principal estaba ocupada por una enorme fotografía de un hombre con una melena de león, de cabellos delgados y un fiero rostro. La figura se movía… el hombre saludaba hacia el techo.
Rufus Scrimgeour, el Jefe previo de la oficina de Aurores en el Departamento de Refuerzo de la Ley Mágica, ha reemplazado a Cornelius Fudge como Ministro de Magia. El encuentro ha sido aceptado con entusiasmo por la Comunidad Mágica, a pesar de los rumores de un intercambio entre el nuevo Ministro y Albus Dumbledore, nuevamente fue reinstalado el Jefe Warlock del Wizengamot después de algunas horas de que Scrimgeour tomara posesión.
Los representantes de Scrimgeour han admitido que este tuvo un encuentro con Dumbledore luego de tomar posesión del alto cargo, pero se negaron a comentar el asunto de dicha reunión. Albus Dumbledore es conocido por... (Continúa página 3, columna 2).
A la izquierda de este periódico se encontraba otro, el cual se hallaba doblado de tal manera que mostraba una historia referente a que el Ministro garantizaba la protección a los estudiantes.
El recién elegido Ministro de Magia Rufus Scrimgeour, habló hoy de las nuevas medidas tomadas por el Ministerio para asegurar el bienestar de los estudiantes que regresarán al Colegio Hogwarts de Magia y Hech